Y se hizo la luz en Cuatrovientos

Recuerdo cuando en Cuatrovientos -la aldea de Palomares en la que crecí- nos alumbrábamos en casa con un humilde perico porque aún no había llegado la luz eléctrica. Una mañana de niebla aparecieron los empleados de Sevillana de Electricidad con un camión de palos de la luz, cables y herramientas, y aquello fue la repera. Los niños ayudamos a abrir los agujeros para los postes y a extender el cableado. Y cuando el encargado le dio a la palanca y se hizo la luz en las humildes casas con techo de canales y gallineros, mi abuelo Manuel dijo: “Este es un pequeño paso para Sevillana pero un gran salto para Cuatrovientos”. Al poco tiempo, el 21 de julio de 1969, el astronauta estadounidense Neil Armstrong dijo algo parecido cuando puso sus pies en la luna. Cuando vi el gran acontecimiento en el Bar Ricardo, en la Plazoleta, recuerdo que dije: “Por una vez, alguien de Arahal se ha adelantado a un maldito americano”.

Una vez que teníamos luz eléctrica ya hicimos la instalación en la casa y descubrimos la bombilla. El electricista del pueblo nos sentó a todos en la salita y cuando le dio a la perilla y se alumbró todo se nos saltaron las lágrimas de la emoción. Tanta luz llegó de golpe que descubrimos telarañas en el techo que no habíamos visto jamás y las salamanquesas bailaron verdiales de los montes de Málaga. Recuerdo que los primeros días hacíamos cola para apretar la perilla. Y mi madre, cuando necesitaba que alguno de nosotros fuera a por un cubo de agua a la fuente o por arenques al Molino, nos decía: “El que vaya antes le dejo que encienda esta noche la perilla”.

BotonesLa luz nos trajo la radio, una de aquellas de pasta dura, de color blanco con adornos en negro, que daban a plazos en Coria de Río. Fue mi madre quien hizo los honores y lo primero que oímos fueron unas sevillanas de los Hermanos Reyes: “Un halcón y una paloma, uno tras otro volaban”. Como yo era el payaso de la casa me puse a bailar y en una de las vueltas me caí de culo en la escupidera. Y mi abuelo Manuel exclamó: “¡Y eso que aún no se ven los muñecos!”, como adivinando lo que le esperaba. Se refería a que aún no teníamos televisor.

No tardaría en llegar. Mi madre sufría mucho cuando nos íbamos a la casa de algún vecino a ver aquella serie que tanto me marcó, El túnel del tiempo. Los vecinos que tenían televisión eran muy amables, pero algunas noches, en lo mejor de la serie, nos decían que se iban a acostar ya. Apagaban el televisor y nos íbamos a dormir. Y ya en la cama, escuchábamos la inolvidable sintonía del final de aquella serie que venía de la casa del vecino. Una noche, como ya teníamos luz encendí la perilla y descubrí unas lágrimas en las mejillas de mi madre. Al día siguiente, cuando se levantó para ir al almacén de aceitunas en el que trabajaba, El Pollo -había que tener malas asaduras para ponerle ese nombre a un almacén de aceitunas, en aquellos años de tanta hambre-, en Coria del Río, nos dijo que por la tarde nos iba a dar una agradable sorpresa. Pensamos que a lo mejor nos traería un pionono con la patas verdes o un cuarto y mitad de salchichón. Pero a la caída de la tarde, casi al anochecer, se presentó con un televisor que había comprado a plazos en Coria. Un Ínter de doble pantalla, con botoncitos y todo, que casi no cabía en la salita. Tuvieron que meterlo a hombros cuatro fornidos costaleros de los que sacaban en procesión a la Virgen de la Estrella.

Mi abuelo quería que el técnico lo colocara pegado al techo, en una repisa de rinconera, como estaba en el Bar de Ricardo, pero al final se puso encima de una mesa. El experto del pueblo sintonizó los canales -o sea, Televisión Española-, ajustó los colores -el blanco y negro, sobre todo- y nos dio las buenas tardes aquel delfín tan simpático, Flipper, al que tantas ganas tenía de ver en casa. Mi abuelo le preguntó al técnico que si en ese aparato se podrían ver también los toros, y le respondió que sí. Y mi hermano Antonio miró por detrás a ver si veía correr a Gento y a Amancio por alguna de las bandas del Santiago Bernabeu. Por fin empezó a reinar la alegría en el número 5 de la calle Cuatrovientos, en la casa de Pepa la Viuda.

MI madre no recuerda ya nada de aquello, con casi noventa años de edad. Recuerda de una manera fotográfica su infancia en Arahal, los horrores de la Guerra Civil española, sus largas caminatas para ir a la huerta de Antonio Reina, que regentaba su abuelo Fernando, o por las calles del pueblo vendiendo altramuces y suspiros de canela, con apenas cinco años. Le pregunto que cómo es posible que haya olvidado aquellos episodios tan importantes en nuestras vidas y me responde que no son de su vida, sino de la nuestra, los de sus hijos. Que ella tiene sus propios episodios, los recuerdos de una infancia dura, cruel a veces, que sin embargo se niega a olvidar. No sabe quiénes fueron Gento o Amancio, pero sí quiénes eran el Niño de Marchena o la Niña de la Puebla porque cuando iban al teatro de Arahal, los hombres y las mujeres no acudían al verdeo y en las tabernas se acababa el vino.

Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces, como nos dejó dicho Marcial. No el futbolista sino el filósofo y poeta latino. Como es imposible recordarlo todo, solemos seleccionar los recuerdos y no me sorprende nada que mi madre decidiera quedarse con los suyos, aunque sean amargos y tristes, para dejarnos a nosotros los bonitos, aquellos de una infancia que nos permitió descubrir muchas cosas, la luz, la radio, la televisión, los coches o el jamón de pata negra.

Solo la generosidad de una madre puede hacer algo así. A la mía se le están yendo los recuerdos, los episodios de su vida, sobre todo los felices, que han sido los menos. Por eso cuando cuido de ella por la noche le cuento lo felices que éramos en aquella casita de Cuatrovientos tan alejada del mundo, en la que siempre ardía el anafe y hervía la olla del puchero, pitaba la cafetera y entraban los rayos del sol por las grietas de la puerta. Y por eso lo cuento aquí, aun a sabiendas de que no todos los lectores alcanzarán a comprender lo que supuso la llegada de la luz eléctrica a Cuatrovientos. A una aldea en la que se veía demasiada oscuridad y en la que cada amanecer era un descubrimiento.

 

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1 Comentario

  • Juan Carlos Jiménez Escrito el 29 septiembre, 2014 01:45

    Es bonito leer cosas como ésta.
    Yo, debido a mi juventud no viví aquella época. Lo bueno es que al ser ciego, la imaginación vuela en el tiempo y me evoca mi propia infancia, que anque distinta tampoco fue sencilla.
    Muchas gracias, y siga así con todo lo que escribe

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