Una piruleta de amor

Buenos días, familia. Parece que el artículo de anoche, ‘La otra soledad’, encontró a muchas personas que se sintieron identificadas con su contenido, lo mismo aquí que en La Gazapera. Cuando escribo así, sobre mis cosas, no lo hago por capricho, sino porque me gusta que los lectores reflexionen, que piensen, que analicen lo que leen. Si escribo de la soledad no es porque me sienta solo en el mundo, que no es así, sino por acercarme a las personas que de verdad sienten esa terrible soledad. Afortunadamente tengo familia y amigos que están ahí para lo bueno y para lo malo. Es verdad que estos días echo de menos a algunos, pero así de perra es la vida. Y que paso demasiadas horas solo en mi despacho, escribiendo, leyendo o escuchando música. Pero el que siembra acaba recogiendo la cosecha y yo he ido sembrado siempre la semilla de la amistad. A mi manera, claro, porque también tengo mis rarezas. Por cómo escribo a veces, sobre todo las críticas a los artistas, puedo parecer un sieso manido, pero les aseguro que no me como a nadie y que aún lloro desconsoladamente viendo los dibujos animados. Soy un niño de 55 años que a veces necesita una caricia en el pelo, una carantoña, una piruleta de amor. Nada más. Que pasen un buen domingo y muchas gracias a todos los que anoche me mandaron un abrazo. A quienes lo hicieron públicamente y a los que prefirieron mandármelo a través de un mensaje privado. Lo necesitaba. Hoy almorzaré en Arahal y veré una feria medieval en la que dicen que hay cachorros de felinos. Si me dejan abrazarlos, lo haré. Y si me dejan revolcarme con ellos en el suelo, lo haré también. Piruletas de amor para todos, hasta luego.

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