Un matrimonio mal avenido

Un baile en Triana

En la Feria de Abril sevillana hay quienes todavía organizan fiestas flamencas en sus casetas, pero cada vez menos. El flamenco y la Feria no combinan muy bien. Aunque en otros tiempos, cuando estaba en el Prado de San Sebastián, eran famosas las fiestas de toreros y señoritos a las que solían ir Manuel Torre, La Macarrona, Tomás Pavón o Juan Mojama. Tomás, el hermano pequeño de la Niña de los Peines,  sufría mucho cada vez que era invitado a cantar en un caseta porque nadie escuchaba en silencio, como se solía hacer en un cuarto de La Vinícola o La Europa. Alguna vez se negó, pero al día siguiente no podía poner la olla y no tuvo más remedio que cantar muchas veces para sobrevivir. Tal y como está concebida hoy la Feria, es imposible organizar una buena fiesta de cante jondo. La Feria es para otra cosa, para beber, comer y bailar sevillanas, y no para escuchar cantar una buena seguiriya o una soleá. Lo digo porque alguna llamada he recibido de amistades de fuera que querían venir a vivir el flamenco en su salsa, en el ambiente adecuado. Les he recomendado que vengan a la Bienal o a alguno de los festivales de verano. Ahí sí puede disfrutarse de un arte que, como dijo alguien que sabía mucho de esto, es más de iglesia que de bautizo.

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