Siempre hubo barros y barros

Siempre hubo barros y barros

Cuando era un niño de no más de nueve o diez años no era consciente de lo que significaba la pobreza, pero ahora sé que era pobre de solemnidad. Veía cosas que me hacían intuir que en el pueblo había lo que hoy se llama diferencia de clases sociales, aunque Palomares del Río no era un pueblo de señoritos, solo había cuatro hacendados que en ocasiones iban montados en un tractor y usaban una cuerda para sujetarse los pantalones, en vez de una correa. Llegaban a la Caja Rural de esa guisa y siempre salía el amable director a recibirlos porque seguramente eran los dueños del único dinero que había en la entidad bancaria. Entraban incluso con las botas llenas de barro y el director les decía que no se preocuparan, que para eso estaba la limpiadora. Era un niño y me chocaba el trato discriminatorio con respecto a mi abuelo, que era solo un jornalero al que obligaban a sacudirse bien las botas en la puerta cuando iba a cobrar su mísera pensión. “El barro, Manuel”, le decían. En cambio, cuando entraba alguno de los dueños de las cuatro haciendas que había y hacía el intento de sacudirse las botas, siempre le decía algún empleado: “No se preocupe, don Antonio, que hay barros y barros”. Y era el mismo, aquel barro colorado de las huertas o el blanquecino de los matos del Cucadero. Nunca supe en el pueblo lo que significaban las palabras solidaridad y justicia, aunque sí lo que era la caridad, que son cosas distintas. Una o dos veces al mes tenía que ir a Mairena del Aljarafe a pedirle al cura, don Amadeo, una lata de aceite o de manteca, y ropa usada que le daban los ricos de Sevilla para aliviar nuestras necesidades, las de los pobres. Era un sacerdote humano, como casi todos, que siempre me atendía. Recuerdo que una vez don Amadeo programó un viaje a Carmona con su propio microbús y cuando me apuntó en la lista le tuve que decir que no, que no tenía ropa adecuada para aquel viaje. Y era cierto. Me dijo que me pasara por Mairena para ver si podía solucionarme el problema y cuando llegué me tenía preparadas varias prendas. Elegí algunas y me las probé en casa, pero mi madre me dijo que no me servía ninguna y que me olvidara del viaje porque iba a hacer el ridículo. Había entre las prendas una chaqueta blanca, como la de Bogart en Casablanca, que me gustó, aunque las mangas me llegaran a las rodillas y las hombreras a los codos. “Me la arregla usté y ya está”, le dije a mi madre, pero doña Pepa se negó en rotundo y vi cómo de sus ojos salían unas lágrimas que seguramente venían del lejano lagrimal de una infancia que fue mucho más dura que la mía. Y me quedé sin ver las ruinas romanas de Carmona, sin mi primer acercamiento a la Cultura.

El hambre de cultura era aún peor que la otra, pero entonces no tenía ni idea de qué era la cultura. En Palomares nunca estuvo, al menos, y si pasó alguna vez por el pueblo sería de noche y no la vimos. Había un colegio, sí, y no sé si una buena biblioteca en el Ayuntamiento, algo que he sabido recientemente. No había cine y jamás vi una exposición de nada. Tampoco había instalaciones deportivas y la feria se solventaba con una cucaña, dos puestos de turrón y unas cunitas que ponían en la Plazoleta. El futbolín del bar de Ricardo y un patatal que hacía las veces de campo de fútbol en el Cerro del Nono eran los únicos alicientes del pueblo para los jóvenes. Era cuando había que dar una peseta para ver Bonanza sentados en un costero, en el bar de Ricardo también. O para ver jugar al Real Madrid de Gento y Amancio o al Barcelona de Rifé y Benítez.

Cuando escucho hablar hoy de que en los pueblos de Andalucía hemos regresado cuarenta años atrás con lo de la crisis les aseguro que me dan ganas de llorar. Qué pronto borramos el disco duro de la memoria en Andalucía. Y lo digo porque vivo todavía en un pueblo y el acceso a la cultura es indiscutible. Y aunque hay necesidades y mucha gente pasa apuros, se mueren las gallinas de morriña y nadie se entera. Digo esto porque he visto a la gente en los años sesenta desenterrar gallinas del estiércol, de las que morían de morriña, para comérselas, y a las mujeres correr con cubos de lata y mohosas navajas barberas cuando se enteraban de que se había muerto un mulo en el campo, de lo que fuera, para dejarlo en los huesos. No estoy contando terribles historias de mi abuelo, de cuando la posguerra, sino de hace solo cuatro décadas. El cambio en los pueblos ha sido espectacular, se quiera o no reconocer, porque hay quienes andan diciendo que peligran de nuevo los gatos callejeros, como en la posguerra, que acababan desollados, colgados al relente durante una noche y, luego, en la olla. Hay paro y muchas carencias, pero no creo que sea recomendable decir tanto en los medios de comunicación que hemos vuelto cuarenta años atrás, sencillamente porque es mentira y, además, porque  hay centenares de miles de personas en los pueblos andaluces que no quieren oír hablar de eso. Mi madre es una de ellas. Tenía 9 años cuando estalló la Guerra Civil española y dos años más tarde perdió a la suya de un mal parto. Se casó con 28 y a los cinco de casada enviudó y tuvo que sacar sola adelante a tres niños, el mayor con 4 años. Entonces no había la política social de hoy y tenía que ir a limpiar las casas de los señoritos por una pringá y un vaso de leche si quería evitar que sus vástagos se murieran de hambre. Y se supone que entonces no estábamos en crisis, sino recuperándonos de una guerra y una posguerra horribles, de lo que tampoco quiere oír hablar y, como ve la televisión, se entera de todo y se entristece. No hay derecho. Andalucía tiene un grave problema de paro, con una vergonzosa cuota de desempleo juvenil y una corrupción que afecta a partidos políticos, empresarios y sindicatos, pero en esta tierra siempre hemos estado acostumbrados a buscarnos la vida. Mi madre lo hacía hace sesenta años y ahora lo hacen mis sobrinos, que son jóvenes y están parados.

No estoy animando al conformismo, que hay mucho aún por lo que pelear y de eso también sabemos en esta tierra. Solo intento reflexionar en voz alta sobre el alarmismo, del que hay quienes sacan tajada política y económica. Y sobre la necesidad de que no perdamos la esperanza en una tierra, Andalucía, donde a pesar de todo hay una calidad de vida que nunca hemos conocido quienes peinamos ya algunas canas. No hablo ahora de mi madre, que siempre estuvo en crisis y ahora tiene una vida tranquila, aunque con sus achaques. Hablo también de mí, que a los veinte años era analfabeto y ahora escribo libros y columnas de opinión en este gran diario. También Andalucía es una tierra de oportunidades. Pero no se consiguen arrojando la toalla.

 

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6 Comentarios

  • José Luis Escrito el 23 febrero, 2014 11:47

    El barro honrado de mi padre, que trabajaba en la Cartuja con catorce años –por cierto, aquellas cotizaciones jamás aparecieron-, o el barro infamante que a su paso iba dejando el señorito por Sierpes, camino del Labradores, o borracho en la Feria sobre su caballo, calzado con aquellos botos de buen cuero hechos a medida, mientras que mi bato iba con un canasto pregonando almendras con unas alpargatas de esparto que se iban abriendo por las suelas con la humedad. Tampoco eso ha cambiado tanto. Esos nos siguen mirando con sus caras de chulo desde la grada inmoral de sus jacas, mientras nosotros llevamos pegado a las suelas, antes de que nos quedemos sin ellas, esos otros barros de los recortes, la injusticia social, el paro, la corrupción…Un abrazo, Manuel.

  • Pilar Azcárate Escrito el 1 marzo, 2014 09:27

    Me gusta pensar que cada cual puede quitarse el barro de sus botas –también el que viene de cuna– con su inteligencia y, sobre todo, su esfuerzo. El autor de esta estremecedora reflexión es vivo ejemplo de ello.

  • Juan Fernandez Escrito el 4 marzo, 2014 13:43

    Quizás el autor se esta reflexión nos quiere llevar otra vez a Don Amadeo, no hombre no,
    Que los trabajadores no perdamos lo conseguido y continuemos avanzando en pro de la igualdad entre todos los seres humanos en todos los sentidos. que todos podamos entrar con barro en la Caja Rural.

    • lagazapera Escrito el 4 marzo, 2014 13:48

      A Juan Fernández: Qué barbaridad, ¿cómo has leído el artículo? Será que no he sabido explicarlo, que suele pasar. Los tiempos de don Amadeo, que en paz descanse, es difícil que vuelvan. Precisamente digo que me niego a creer que hemos vuelto cuarenta años atrás, que es mentira, aunque vayamos camino de ello en algunas cosas.
      Gracias.

  • Álvaro Vega Escrito el 5 marzo, 2014 20:01

    Fíjese si se explicó bien, don Manuel, que el mismísimo Manolo García podría haber modelado sus famosos Pájaros de Barro con el de las botas de su padre.

    Lo que pasa es que hay gente obsesionada que es incapaz de leer con atención. O incapaz de leer, simplemente. Y eso nada tiene que ver con su capacidad para expresarse, que ha quedado bien clara en éste y algún otro texto suyo que he podido disfrutar.

    Un saludo.

    • lagazapera Escrito el 8 marzo, 2014 11:06

      A Álvaro Vega: Gracias, Álvaro, un abrazo.

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