Siempre he vivido en las nubes

Las puestas de sol en el Espigón de Huelva son espectaculares. Fotografía: Bohórquez.

Cuando era un niño de no más de 6 o 7 años y vivía en Palomares del Río, en Cuatrovientos, era tan grande mi deseo de salir de allí que solía tenderme en la hierba a mirar las nubes. Un día, viendo que iban y venían ayudadas por el viento, se me ocurrió que si pudiera alcanzar una de ellas podría ser un buen medio para viajar, para salir del pueblo y ver otros pueblos. Otras veces me subía al pino de Mampela y desde él veía el campo como un hermoso tapiz natural de mil colores, el verde de las huertas, el rojo de las amapolas, el amarillo de los jaramagos y de los girasoles… No me extraña que el día que vi por primera vez un cuadro de Van Gogh me resultara tan familiar y me emocionara tanto. Estando una mañana en el pino de Mampela se me acercó tanto una nube que casi podía tocarla con mis manos. Con la ayuda de dos milanos y tres cernícalos conseguí subirme a ella y por fin pude viajar, salir del pueblo, ver desde el cielo la Giralda, la Torre del Oro, el Puente de Triana, el Arco de la Macarena, el Parque de María Luisa, la Alfalfa y la Campana. Descubrí por fin Sevilla, donde años más tarde acabé viviendo. Hoy llueve en Sevilla y hay nubes. No sé por qué, como me ocurrió hace casi cincuenta años, he sentido la necesidad de buscar un pino de Mairena y, con la complicidad de milanos y cernícalos, subirme a una y volver a escaparme, ahora no para descubrir Sevilla, que ya lo hice y me encantó, sino otras tierras más lejanas, quizás allende los mares, lejos de tanta gente queriéndose matar. Siempre he vivido en las nubes, y me gusta.

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