Si yo fuera el Rey de España

mosto2010-21No sé qué es peor, si el discurso de cada Navidad del Rey o el análisis posterior que hacen los de siempre como si fuera lo más trascendental del año. Es cierto que este año había un morbo especial por ser el primer discurso navideño del nuevo Rey, quien como ya dejé dicho aquí este mismo año tiene tanto carisma y es tan apreciado por los españoles –y parte de los andorranos– que ya no se habla para nada del regreso de la República, ese sistema de gobierno que arregla todos los problemas y alegra todas las tristezas. En este estudio que se hace cada año de la perorata real se analizan hasta los más insignificantes detalles, esos que pasan inadvertidos para el resto de los mortales, listos o lerdos, pero que ven quienes viven por y para eso, que para eso estudian. Esa ventanita de la salita por la que se podía ver un árbol de Navidad lleno de misterio. Ese sofá corriente y moliente, rojo chillón, a juego con una flor de Pascua más tiesa que un ajoporro. Ese Rey con las piernas cruzadas, campechano, de atendida barba, luciendo los calcetines como cualquier mortal. Y esa corbata humilde, normal, como estudiado complemento de un traje gris marengo claro, de aquellos de Pedro Roldán que todos hemos lucido alguna vez en bodorrios o cenas de empresa. Los analistas cuentan hasta las palabras que se dicen en el discurso, porque, claro, no es lo mismo una más que una menos. Tienen que ser las justas. Y hasta se preocupan en clasificarlas: corrupción, paro, unidad, España, trabajo, entendimiento, paz, solidaridad. Un trabajo, oiga. Luego están los gestos, el movimiento de las manos, la mirada, que tiene que ser siempre fija y a ser posible dulce y algodonosa. ¿De verdad que esas cosas están estudiadas al milímetro? Pues sí, eso parece. Mantener la Monarquía no es solo una cuestión de presupuesto, sino de gestos, de discursos. Imagínense que al Rey se le escapa una palabra inapropiada y se va todo al garete.

Si yo fuera el Rey de España escribiría mis propios discursos navideños –como creo que ha hecho Felipe VI, aunque le haya asesorado uno de esos expertos en cómo camelar al pueblo–, elegiría qué ponerme y daría el discurso en directo desde alguna bodega del Aljarafe, la de El Caimán o la de Pepe Girón, por ejemplo. En vez de ponerme de espaldas a una ventana, unos barriles de mosto y en la mesa, papeles de estraza llenos de tocino ibérico muy bien cortado y morcilla de hígado de Montellano o de Arahal. Contrataría un buen cuadro de flamenco –con un palmero por cada región de España, para evitar problemas, que ya los hay hasta en Galicia–, haría traer un carro de chocos de Isla Cristina y pondría a Juan y Medio como director de un coro de niños cantarines. Tras el discurso, que lógicamente lo daría por soleá y a compás, un buen fin de fiesta con Luis el Zambo, El Chícharo, El Bo, El Bobote, Paco Vega y Remedios Amaya. Y para rematar el cuadro celebraría al final un debate sobre la Monarquía con Cayo Lara, Paco Marhuenda, Julio Anguita, el Pequeño Nicolás, Diego Cañamero y Esperanza Aguirre. Todos mollatosos, claro, porque frescos no tendría gracia, que para eso ya está el debate de los sábados en La Sexta.

Felipe

Uno de los problemas de España es que queremos hacerlo todo muy serio, con gran solemnidad, como para dar buena imagen de cara al resto del mundo. Y no tiene por qué ser así. Ya tenemos bastante con el presidente del Gobierno, don Mariano, que parece que va o que viene siempre de un velorio. En este sentido ha mejorado a José María Aznar, que ya era difícil, pero da siempre una imagen aburrida, de país centroeuropeo, cuando España es una tierra en la que más cachondos hay por metro cuadrado. En este sentido, Andalucía es un ejemplo. Es una región machacada por el desempleo y a la cabeza de casi todo lo malo, pero Susana Díaz, la presidenta, siempre que es entrevistada da una visión paradisíaca del sur de España. A mí que me registren, parece decir. En eso se parece bastante a quienes organizan cada año el especial de Nochebuena de Canal Sur Televisión. En la tierra del arte, el compás y el arza y toma, se apañan con niños que cantan destemplados y a los que visten como si fueran a ir a un entierro. Qué más da, si los andaluces ya no tenemos criterio y hace siglos que perdimos la virginidad del buen gusto. Y eso mismo habrá pensado el rey a la hora de redactar su discurso navideño: que los españoles ya no tenemos criterio. Que un día nos levantamos republicanos y al otro monárquicos. Que aunque parezca todo lo contrario, solo nos repatea la corrupción de los gobernantes cuando estamos más tiesos que un bacalao. Que estamos más preocupados por quién va a ganar el Balón de Oro, que por quienes se han quedado sin sus casas por no poder hacer frente a las hipotecas contratadas con bancos pringados de roña hasta las orejas. En suma, que nos importa un pito si el pito pita o no pita.

El Monarca y su pataíta por bulerías.

El ex Monarca y su pataíta por bulerías.

Este ha sido un año de grandes gestos por parte de quienes gobiernan el mundo. El Papa Francisco podría crear ya un club de fans en el Vaticano y Barak Obama, otro en La Habana, después de propiciar el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, gesto que han aplaudido la mayoría de los líderes del mundo. El Rey Juan Carlos se fue antes de que lo echaran de una patada republicana y Pablo Iglesias, el líder de Podemos, se aleja de los debates televisivos para meditar sobre qué hacer con su coleta. No hay que olvidar el gran gesto de Pitingo, que ha anunciado su marcha a Miami porque no soporta que haya en España críticos de flamenco más famosos que él. Sin compás, además. Lo extraño es que aún no haya habido ninguna manifestación de pitinguitos y pitingueros para hacerle cambiar de idea, con lo que nos gusta una romería. Ni otro gran gesto, el de Esperanza Aguirre, que cuando ya llorábamos por los rincones su marcha de la política de cargos relevantes, anuncia ahora que está ahí para lo que Rajoy le mande.

Ha sido un año duro para los españoles. Como les estará pareciendo raro que no haya hablado aún de mí –ya saben que prefiero desvariar sobre mí antes que sobre los demás mortales–, este ha sido también un año duro, de soledad deseada, pero también de creación porque he editado dos nuevos libros que apenas me dan para pagar la hipoteca. Sigo escribiendo de opinión en este diario, desvariando cada sábado sobre esto y lo otro, y he criado a mano un pichón de palomo común que ya vuela y que ahora no sé qué hacer con él. La Nochebuena la pasé con mi santa madre viendo Canal Sur –su televisor sigue con fenómenos paranormales: se le van todos los canales menos el nuestro–, y la Nochevieja parece que también me tocará velar. El Rey de España dando discursos diplomáticos para sujetar al rebaño, el Papa Francisco intentando poner orden en el mundo, y este plumilla de Arahal criando palomos y desvariando al tres por cuatro.

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