Sevilla vista desde el Empire State

Sevilla

La hermosa ciudad de Sevilla fue la primera de nuestro país que tuvo un reloj público, según he podido saber estos días. ¿No les parece extraño en una tierra en la que nadie tiene nunca prisa, donde se camina por las calles con una pachorra extraordinaria, con la misma lentitud con la que Tomás Pavón cantaba por soleá o con la que Juan Belmonte toreaba al natural? También hicimos un estadio olímpico, cuando aquí el deporte preferido es la siesta, que no tiene nada de olímpica, aunque todo se andará. No es que seamos unos holgazanes, como creen algunos líderes políticos catalanes: es que sabemos dormirla con los dos ojos bien cerrados, de una manera profunda, con pijama y orinal, que diría don Camilo José Cela. En cambio, en otras ciudades la duermen con un ojo abierto por si baja la prima de riesgo y les coge babeando en la almohada. El excelente poeta sevillano Rafael Montesinos lo explicó muy bien en una copla de solo tres versos, que es como aquí sabemos exponer las cosas, despacito y a compás y de una manera muy resumida: “Déjame dormir la siesta/ contigo, niña, en tu cama,/ contigo aunque no la duerma”. Ni siquiera la inminente muerte nos desasosiega nunca: “Cada vez que considero/ que me tengo que morir/ tiendo una manta en el suelo/ y me harto de dormir”. Por eso, cuando a Manolo Caracol le preguntaron sobre su muerte, sobre qué pasaría ese día, el genio del cante de la Alameda solo supo decir: “¡Ozú, qué lío!”

Empire State

Hace algún tiempo iba andando por la calle Amor de Dios de Sevilla y delante de mí caminaba con parsimoniosa lentitud hispalense una señora que parecía sacada de un óleo del pintor colombiano Botero, con hermosos y rosados mofletes y un moño donde podría haber anidado una colonia de cigüeñas. Me resultaba imposible adelantarla sin jugarme la vida abandonando la acera. “Señora, que es para hoy”, le decía cada diez segundos a la buena mujer, porque llevaba prisa. Ni puñetero caso. La musa de Botero seguía caminando como si estuviera subiendo a la Alcazaba de Almería, en una calle donde no rodaría ni una canica. Para colmo de mis desdichas, cada diez pasos se paraba a charlar con sus vecinas. “¡Qué caló va a hacer mañana!, ¿verdad, niña?”, les preguntaba, como si necesitara que alguien se lo confirmara. Y es que es eso, por si no lo han pensado nunca. Los sevillanos necesitamos que alguien nos confirme que hace calor o que hace frío. “¿Hace calor o es que lo tengo yo?”, me han preguntado alguna vez. En agosto, además, lo que no deja de ser sumamente curioso. Incluso cuando hace un día luminoso, lo que llamamos aquí un buen día, la gente suele buscar a alguien que se lo corrobore: “Qué buen día hace, ¿verdad?”. Esto es algo que también me sorprende de Sevilla: lo que sabemos de meteorología. Sobre todo del calor, como si no lo hubiéramos inventado nosotros. Ya mismo no hay otro tema de conversación que el calor. Coges un taxi y lo primero que te dice el taxista es el calor que está haciendo, como si tú no lo supieras. Le recuerdas que es agosto y que son las tres de la tarde, pero le da igual. Desde el Duque hasta la Gran Plaza puede subir la temperatura por lo menos diez grados en tan corto recorrido. Cuando vivía en la Gran Plaza y cogía un taxi desde el centro, en ocasiones le pedía al conductor que parara antes en la heladería de Nervión Plaza, porque me ardía la ropa de tanto escuchar al taxista hablar de “la caló”. Suele ocurrir igual con el frío. Cuánto sabemos del frío en Sevilla. Al cantaor José el de la Tomasa le preguntaron un día en Radio Sevilla, en julio, que si se consideraba un cantaor frío. Con esa gracia natural que tiene el niño de la Tomasa y Pies de Plomo, le respondió: “Sí, claro, yo es que soy de Pescanova”. Estos días el frío es también el tema de conversación. Imagínense un esquimal diciéndole a otro: “¡Qué rasca ha hecho esta noche, cagondiez! Tengo los pies como dos caballas frescas”. Y al vecino respondiéndole: “Pues mañana no va a estar el día para pelar rábanos”.

botero

Cuando el capricho onírico de Botero llegó a la Alameda de Hércules, la persona con la que me había citado ya se había ido a su casa cansada de esperarme. No era de Sevilla, claro está, porque entonces hubiera tenido que esperarla yo. Por eso me extraña mucho que fuéramos la primera ciudad de España que tuvo un reloj público. ¿Para qué cojones queremos un reloj público en cada edificio de la ciudad si aquí no hay sentido del tiempo?  Sevilla es una de las ciudades más hermosas del mundo, que tiene entre sus más fervientes admiradores a los propios sevillanos, de ahí que nos llamen chauvinistas. Cuando los sevillanos paseamos por las calles de la capital andaluza lo hacemos despacio, sin prisas, parándonos a charlar sobre el tiempo con los convecinos. Si Andalucía, para el poeta sevillano Luis Cernuda, era el sueño que todos llevamos dentro, Sevilla es para los sevillanos como una amante a la que, aunque les esté matando de celos o a disgustos, son incapaces de abandonar. Puedes irte al fin del mundo, pero siempre serás sevillano. La única vez que fui a Nueva York conocí a un macareno de noventa años que llevaba setenta sin ver Sevilla. Me dijo que estuvo años subiendo al Empire State y que en las mañanas claras veía el piquito de la Giralda. Y yo me lo creí.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

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6 Comentarios

  • José Luis Escrito el 2 marzo, 2013 17:30

    Inmejorable el estilo, brillante. Un abrazo.

  • Curro Canela Escrito el 3 marzo, 2013 13:23

    Pura idiosincrasia de Sevilla Manuel! Me encanta este tipo de artículos, ayudan a evadirte y distraer un poco la mente de tanta mala noticia. Te sigo leyendo.

  • Joaquín Piñero Escrito el 4 marzo, 2013 06:55

    Me refresca este desvario. En Sevilla del “calo”, en Cádiz se habla del viento.
    Un abrazo.

  • Paco de Cái Escrito el 4 marzo, 2013 12:46

    Señor Manuel te voy a dar la razón de que Sevilla es preciosa, la ciudad, las mujeres también se puede decir que son bonita, pero picha los sevillanos tienen, como dicen en Murcia, muy mala follar, hombre hay como en todos los sitios, graciosos, simpaticos, cultos, que hay un montón, pero en general son como el tiempo unas veces calurosos y otras frios, lo que si me he fijado que en Sevilla hay pocas relojerias, creo que la han cambiando por bares de tapas, pero cualquiera se come un plato de menudo al final de julio a las tres de la tarde. Manuel que esto no va por ti, un abrazo Paco

  • Reyes una sevillana Escrito el 5 marzo, 2013 18:07

    Muy buen gusto si señor, me ha gustado mucho todo lo que he leido, cuando lees algo sobre Sevilla, es como si recibieras una gran dosis de aire fresco, por lo tanto voy ha seguir leyendo todo cuanto escribas, me ha encantado, solo que he hechado de menos el gaspachito. FELICIDADES.

    • lagazapera Escrito el 7 marzo, 2013 08:43

      Reyes una sevillana: Gracias, amiga. Lo del gazpachito, cuando se vaya el frío, ¿vale? Muchas gracias, un abrazo.

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