Sencillamente, Aurora Vargas

Quienes conocemos bien a Aurora Vargas y la hemos escuchado tantas veces como pestañas tiene, que ya son veces, sabemos bien a lo que vamos. No vamos a que nos dé una lección de cante, porque no es una maestra en el sentido de la docencia, aunque derroche maestría en algunas cosas, desde luego, sin pontificar. No vamos a que nos explique en qué compás entraba Tomás Pavón cuando hacía los cantes de la Serneta por soleá. Tampoco a que nos sorprenda con una afinación como la de Chacón ni a que, cuando baila, realice los escorzos como la Campanera. Vamos solo a que nos cante a su manera, como lo viene haciendo desde que era una adolescente, sin querer vendernos la moto que no tiene, derrochando siempre naturalidad y frescura gitanas. Porque Aurora, que es gitana de verdad, cuando canta a gusto –la noche del jueves tardó en estarlo en el escenario–, es de las que lo hace con una gitanería única. Brava como la Andonda y María Borrico, que dicen que lo eran, y elegante como Pastora la de los Peines, cuando baila. Y siempre, siempre, siendo ella. Si te gusta, disfrutas. Si no te gusta, no disfrutas. Últimamente no canta mucho y el escenario suele ser duro cuando no lo pisas con la debida frecuencia. La cantaora macarena salió algo tensa, de negro y tan guapa como siempre, porque la Naturaleza ha sido generosa con ella en algo más que en el don del arte, que lo tiene. Salió con su guitarrista, el jerezano Diego Amaya, que le va muy bien porque no busca nunca el lucimiento personal, sino hacer bien su trabajo, y el trabajo de un guitarrista de acompañamiento es ese, acompañar, dar la nota precisa y el compás perfecto en cada momento, mirar a la cantaora siempre, jalearla lo justo, llevarla como la seda. Aurora cantó lo de siempre, su repertorio clásico, que es ya un patrimonio de los aficionados más cabales. Se templó por alegrías y cantiñas, para luego fajarse con las soleares de la Serneta, más tarde con los tientos-tangos, luego con las seguiriyas –aquí echó el resto, pero no es su cante–, para levantarse de la silla “de Ikea” y llevarnos al cielo por bulerías, su palo, adornado siempre con una manera de bailar que ella aprendió cuando aprendía a andar y a hablar, de ahí su soltura y una naturalidad que no podrían enseñarte jamás en una de esas escuelas tan de moda últimamente donde los profesores, más que enseñar, aprenden cobrando, y no me digan que eso no es tener arte. Mientras haya cantaoras como Aurora Vargas, aunque cante casi siempre lo mismo, seguirá existiendo el flamenco de emoción, el de pellizco, ese al que llamamos jondo. Y siempre podremos decir, cuando salgamos del teatro, que la música nos ha partido el alma. Que nos es poco.

Sala Chicarreros. Jueves Flamencos de Cajasol. Artista invitada: Aurora Vargas. Guitarra: Diego Amaya. Palmas: El Chícharo y Rafita. Entrada: casi lleno. Sevilla, 12 de febrero de 2015.

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2 Comentarios

  • Alfonso Escrito el 13 febrero, 2015 19:01

    Manuel, crónica (me gusta más que crítica) muy acertada. Independientemente de la actuación concreta de ayer, creo que has clavado la enjundia y personalidad de Aurora.
    Por otra parte, no entiendo otra reseña leída que define su arte como flamenco africano; es que vamos añadir más confusión en los conceptos de la música flamenca?. Todo el elenco de ayer era gitano (término que no aparece en la citada reseña) y ahora resulta que su expresión hay que definirla como africana. Hubiera entendido connotaciones indues, pero con lo de África… Hay que ver lo grande que es el flamenco y lo que da de si. Vámonos que nos vamos.
    Gracias Manuel por tu entrega. Ya sé que te cuesta jirones y has sacrificado mucho. Espero que la Historia de este arte te lo tenga en cuenta.
    Saludos

    • lagazapera Escrito el 14 febrero, 2015 10:39

      A Alfonso: Lo de crónica está mejor, sí, en eso estamos de acuerdo, Alfonso. Te agradezco mucho tu comentario, un abrazo.

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