¿Se fue ya el Homo bohórquetus?

A mí me crió una mujer machista, mi madre, aunque ella no ha sabido nunca lo que es en realidad un machista. A pesar de la influencia que mi madre siempre ha ejercido en mí he procurado no serlo, corregir de alguna manera aquella errónea educación. Creo que lo he conseguido, aunque no puedo asegurar que haya eliminado al Homo bohórquetus que llevo dentro. De hecho, confieso que hace unos cuantos años tuve un ataque de machismo del que luego me avergoncé como no podrían imaginarse. Estuve tres días sin dormir y me sentí durante bastante tiempo como un ser absolutamente repulsivo que merecía el peor castigo que hubiéramos inventado los malditos hombres. Iba una mañana muy luminosa por la avenida de Eduardo Dato, casi dormido aún, con el sol cegándome por completo y cuando me vine a dar cuenta había invadido un carril bici. Venía del pueblo, de andar entre los olivos, de pisar terrones, y estos carriles para ciclistas se habían abierto hacía solo unos meses, luego era algo nuevo para mí. Sentí un timbre que sonaba como desesperado, pero no adiviné que se trataba de una ciclista que venía a gran velocidad y que me avisaba de un más que inminente atropello, como así fue. Sin ver venir el peligro sentí un tremendo golpe en la espalda y comencé a dar vueltas por el suelo, acabando en un arriate con media cuarta de agua. No sabía qué había pasado, estaba aturdido, como atontado por el golpe y con barro hasta en las pestañas. Me quité el fango de los ojos y vi venir hacia mí a la dueña de la bicicleta, una mujer joven, como de unos treinta años, que me insultaba: “¡Eres un maldito cabrón! ¿No te has dado cuenta de que ibas por un carril bici, paleto?”.  A todo esto, la mujer no se había caído siquiera de la bicicleta, menos mal. Le pedí disculpas mientras me seguía quitando barro de encima, pero la mujer continuaba insultándome, como fuera de sí. Como no había manera de razonar con ella, me salió el Homo bohórquetus y la mandé a fregar platos. Reconozco que la envié a la puta cocina, que fue la única manera que encontré de hacerle daño, por no decir de defenderme, aunque sería lo más sincero porque me sentí débil ante aquella furibunda ciclista.

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El machismo es como las hemorroides: todos las llevamos dentro y cuando menos lo esperamos salen fuera. Es lo que le pasó hace unos días al señor Arias Cañete, que le salió el machismo, el Homo cañetus que llevaba dentro. Se equivocó, tardó en pedir perdón y le han dado para el pelo. Él se lo buscó. Y la candidata socialista aprovechó para pedir que fuera quemado en la hoguera, como si en España no hubiera problemas más importantes que cazar a un machista, aunque sea un raro ejemplar de macho ibérico albino. O no tan raro, porque hay miles todavía en este nuestro santo país, algunos de ellos en los dos partidos que nos gobiernan. ¿Se acuerdan cuando desde el Partido Socialista mandaron a Fátima Báñez a hacer punto de cruz? No es comparable, desde luego, porque Cañete va a ser probablemente el máximo representante de la política española en Europa y es inadmisible que ese cargo lo vaya a ostentar un machista, suponiendo que en realidad lo sea, que tiene toda la pinta. Lo único que le faltaba a esta impresentable campaña electoral es un debate que no viene a cuento, el del machismo, en un país donde casi nadie habla ya de eso, aunque aún haya que reclamar muchos derechos para la mujer, como el de la igualdad de salario respecto al del hombre, y seguir denunciando otros muchos aspectos lamentables, claramente discriminatorios. Por otra parte, el susodicho debate sería interminable porque puestos a sacar brotes machistas del cubo de la basura habría mucho trabajo por hacer e inevitablemente saldrían casos como el de Diego Valderas, el actual vicepresidente de la Junta de Andalucía, destacando las “tetas gordas” de una contrincante política, o el famoso tuit de Elena Valenciano resaltando la fealdad del futbolista francés Ribery, al que un accidente le deformó la cara. Por eso resulta grotesco que se haya liado la que se ha liado estos días y que el tema del machismo haya salido a la palestra por las desafortunadas declaraciones del señor Arias Cañete y no porque lo pusieran sobre la mesa todos los partidos para acabar con la tremenda desigualdad que hay aún entre el hombre y la mujer.

A quienes los educaron en el machismo les ha costado mucho liberarse de aquella pesada losa. Unos lo han conseguido y otros lo disimulan muy bien. Si se pudiera saber quién es y quién no es machista con un simple análisis de sangre, ¿cuantos españoles tomaríamos la decisión de hacernos la prueba? Seguramente muy pocos, porque eso es algo que se sabe. Todos sabemos si somos o no somos machistas, pero no todos somos capaces de salir del armario. Y algunos tendrían que salir por lo menos de Merkamueble. Estoy convencido de que a nadie le importa un pimiento si soy o no machista, porque no soy político, sino un humilde crítico de flamenco con menos fuerza que el puchero de un vegetariano y menos papeles que una liebre. A pesar de todo, de que soy consciente que a nadie le importa, creo que es honrado aceptar por mi parte la posibilidad de que pudiera serlo para a partir de ahí intentar corregir ese sentimiento heredado o adquirido. El del machismo y, por ejemplo, el del racismo, que resulta que en España no lo hay hasta que alguien no le tira un plátano a un famoso futbolista de color en un campo de fútbol. A todos nos iría mejor si aceptáramos que no somos perfectos, que hemos tenido la educación que hemos tenido, que podemos ser mejores personas, más solidarios, menos soberbios y más humanos. No está bien eso de ensañarse con alguien a quien en un momento dado le ha salido un sentimiento de las tripas, sea o no político. Y mucho menos juzgar a todo un país por lo que diga o haga una sola persona. Tan importante no es Cañete para que a partir de su zafias declaraciones el mundo entero nos tilde de país machista. Si lo somos ya lo éramos antes de esto, ¿no creen?. Los habrá como en los demás países. Hay que tenerlos bien puestos para decir “soy machista y quiero que me ayuden a dejar de serlo”. Confesar hoy aquello que me ocurrió con la ciclista me ha aliviado bastante. Pero yo no aspiro a ser comisario europeo. Ni siquiera un político.

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