Para que veas que no te engaño

Uno de los inconvenientes de vivir en un pueblo es que la mayoría de tus convecinos están al corriente de los asuntos de tu vida. Te guste o no te guste es así y si quieres vivir una vida tranquila tienes que aprender a convivir con esto. A pesar de todo me gusta vivir como vivo, estar cerca de los olivos y hacer la compra en esas tiendas pequeñas donde te atienden siempre con tanta amabilidad. En la pescadería, por ejemplo, el pescadero se pasa ya de amable, pero es bonito. El pasado martes acudí a una del pueblo donde vivo y al pedirle medio kilo de acedías me contó la vida de todos y cada uno de los animalitos. “Estas acedías están muy frescas, anoche aún estaban vivas y estuvieron de charla con Manolo Sanlúcar en Bajo Guía. Esta, por ejemplo, te la puedes comer cruda porque no ha tenido ninguna enfermedad rara y tuvo una muerte dulce, que se nota por la expresión de su cara”. Y te preguntas: ¿dulce, en agua salada? ¿Las acedías también tienen el rigor mortis? Las almejas nunca sueltan arena porque las entrenan desde pequeñas para que la escupan antes de ser capturadas. Y los chocos de Huelva tienen esa cara de felicidad porque para ellos es un honor acabar en una freidora, mucho mejor que morir de viejos en el mar. Como los toros de lidia, que prefieren morir en la plaza, en la flor de la vida, pegando cornadas, que acabar sus días en la dehesa con artrosis y osteoporosis o exigiendo beneficiarse de la ley de dependencia.

Los carniceros de los pueblos suelen ser un poco sádicos, pero también son muy amables. Les pides un pollo entero y casi nunca te lo llevas entero para hacerlo al horno. “Mejor se lo parto un poco”, zas, zas, zas. Y al final lo tienes que freir o guisarlo a la Pantoja, con ajo y vino peleón. Y si ve que pones cara como de que el pollo no te parece fresco te lo acerca a la nariz para que lo huelas. “Para que veas que no te engaño, este pollo cantó esta misma mañana una seguiriya del Fillo”, que en Mairena del Alcor se sabe de cante. La ternera es siempre de Ávila y el cordero, cómo no, de Arévalo y lechal, aunque sea de Burguillo y tenga más años que Matusalén. Y no te importa porque te atienden con un arte increíble que nada tiene que ver con Mercadona, donde te venden el pollo metido en una urna, que vaya usted a saber el tiempo que lleva en ella el pobre plumífero.

Si te vas a vivir a un pueblo que no es el tuyo y no compras el pan en una de sus panaderías artesanales jamás te aceptarán como a uno de los suyos. Procura que no te vean salir un día de una tienda de Polvillo porque lo considerarán una ofensa y tienen su propia idea de lo que es el libre mercado. Al enemigo, ni agua. Vas a una panadería y la dependienta te pone el mollete en un cachete para que veas lo calentito que está. A veces lo está tanto que tienes que ponerte una pomada cuando llegas a casa. Y siempre te dicen eso de “para que veas que no te engaño”, como si tú dieras por hecho que te va a engañar. En los pueblos son tan honrados que necesitan demostrar que lo son, asegurarse de que te vas convencido que su tienda es de ley.

No hace muchos días le pregunté a un vecino que dónde podía encontrar a un cerrajero y me indicó la calle donde vivía, el número y hasta la fecha de nacimiento de su abuelo. “Ese es muy bueno, su abuelo estuvo en la Guerra de Cuba y vino con una enfermedad muy rara, que bebía agua y se emborrachaba”. Y te preguntas que qué tendrá que ver eso con que sea o no buen cerrajero. Cuando le dije que iba a ir a buscarlo me espetó: “Espera, que te llevo yo, para que veas que no te engaño”. Y cruzó todo el pueblo conmigo contándome toda la vida del hombre. Cuando llegué a su casa, claro, le tenía ya tanto cariño al cerrajero que acabé invitándolo a un mosto en la taberna de su calle y en prueba de agradecimiento me contó también su triste vida y las duquelas que pasó su abuelo en Cuba. Y yo con la puerta de la casa sin la tranca puesta.

De izquierda a derecha, José Manuel Peña, Ricardo Sánchez Antúnez, Manuel Bohórquez, Quico Pérez-Ventana, Carmen Arjona y Juani de la Algaba.

De izquierda a derecha, José Manuel Peña, Ricardo Sánchez Antúnez, Manuel Bohórquez, Quico Pérez-Ventana, Carmen Arjona y Juani de la Algaba.

En esta época del año hay personas en los pueblos que venden higos chumbos cogidos por ellos mismos al estilo tradicional, con una caña larga y cuando no sopla el viento. Quien me abastece de estos manjares, como sabe que soy proclive al atasco intestinal -no sé por qué, pero lo sabe-, siempre me dice que sus higos chumbos están tratados por él con una fórmula mágica para que no atasquen. “Para que veas que no te engaño. ¡Niña! -llama a su mujer-, dile al vecino que nuestros higos no atascan. Y al final se entera medio pueblo de que eres estreñido, porque la señora hablaba al cinco por medio, que es donde El Cascabel ponía la cejilla para cantar los fandangos del Niño Gloria.

Mairena del Alcor es un pueblo tranquilo, de gente educada y amable, sin héroes. Sabréis lo que dijo Bertol Brecht, que desgraciados aquellos pueblos que necesiten héroes. Aquí los únicos héroes son los pescaderos, los carniceros, los panaderos y los taberneros, que son quienes mantienen el carácter de pueblo de esta localidad cantaora de cante jondo, de hombres que pasean a sus galgos por las calles y los caminos, que aún beben palomitas de aguardiente en el bar de Miguel Palmicha, que celebran con malditos cohetes todo lo que se encarte y que aún dan los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches cuando te ven andar por sus calles.

En las mañanas claras se ve Arahal desde la cornisa de la Vega y si afinas la vista podrías ver hasta el piquito de la Giralda. Por las noches puedes adivinar en el sepulcral silencio de la madrugada a Curro Mairena crujiendo por seguiriyas de Francisco la Perla y a su hermano  Antonio emular a Juan el Pelao en la fragua de su padre, el gitano Rafael. Huele todo el año a saetas de Hornerito y cuando se mueve el aire te llega el aroma de las soleares de Alcalá, las de Joaquín el de la Paula y sus sobrinos, Juan Talega y Manolito. Y hasta las de su hijo, el Enriquillo. Es una delicia ver andar a Morillito y comtemplar a los mayores por la mañana temprano o a la caída de la tarde, cuando el sol se pierde por el Gandul, cómo toman el fresco en la Plaza de las Flores.

Para que veáis que no os engaño, venid a descubrirlo, aunque nada más entrar en el pueblo ya sabrán si os estriñen o no los chumbos. Y no os preguntéis por qué lo saben.

 

 

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1 Comentario

  • Carmen Arjona Escrito el 9 agosto, 2014 16:16

    Así son los pueblos. Tienen un sistema de comunicación “innato” que ni el Mosad ha conseguido aún descubrir la intricada complejidad de su sistema. En el mío, antes de que llegues ya saben que has llegado ¿No es fantástico? Te bajas del coche y te sueltan un cariñoso “yo ya sabía que andabas por aquí? ¡Pero si acabo de llegar!
    ¡Qué buen recuerdo me trae esa foto y que día más “güeno” echamos!
    Gracias, Manuel.
    Saludos, Gazaperos.

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