Operación pelota de goma roja

Botones

De niño, cuando vivía en Palomares del Río, la pobreza no se televisaba. Es que ni siquiera había televisores en el pueblo y teníamos que ver Bonanza o los partidos del Real Madrid en bares como los de Pepe el Juez o el de Ricardo. Tengo poco más de medio siglo pero he visto a la gente desenterrar las gallinas muertas de morriña para comérselas y correr con cubos y navajas barberas para dejar en los huesos a un mulo que murió de un infarto en el campo. Pero aquella era una pobreza que se quedaba entre nosotros. Mi madre jamás se quejó de ser pobre, quizás porque no había conocido otra cosa que la necesidad. Iba a los comedores sociales a por comida para alimentar a sus niños y a la iglesia a pedir ropa usada. Limpiaba suelos durante horas y muchas veces le pagaban con un bote de leche y una pringá. Cuando no tenía para comprarnos dulces cogía huevos del gallinero y con las claras hacía un merengue exquisito. Y cuando llegaba el de los helados, que la mayoría de las veces pasaba de largo, sacaba una sandía de las del rebusco, de debajo de la cama, y nos poníamos morados. Me he preguntado muchas veces qué hubiera hecho mi madre de haber existido en la televisión de aquella época un programa como Entre todos, el de la sanluqueña Toñi Moreno, quien si alguna vez fue pobre ahora ya no lo es porque cobra más de mil euros por cada programa, por llorar en público la pobreza de España y airear nuestras miserias en la televisión pública. Así aprende a llorar cualquiera. Por mil y pico de euros diarios habría millones de españoles dispuestos a llorar en la caja tonta, en ese programa que nos cuesta más de tres millones de euros por temporada y que inventamos en Andalucía, cómo no, donde somos unos maestros de las llantinas. Somos, quizás, la única región del mundo donde lloramos de alegría, en los campos de fútbol, en el Rocío, en la Semana Santa o en las plazas de toros.

Palomares era entonces un pueblo de pobres. Había dos o tres con dinero que, sin embargo, se amarraban el pantalón con una guita y ni siquiera se quitaban el sombrero para entrar en la Caja Rural. Los pobres tenían que dejar la gorra en la puerta y sacudirse bien el barro de las alpargatas. Los niños más necesitados del pueblo buscábamos bicicletas sin ruedas y muñecas sin ojos en el vertedero que guardaba Pepe el de Lourdes en las cercanías del cementerio. Mi primera pelota fue una que se dejó una familia en uno de los primeros chalés que se hicieron. Era de goma dura, roja. Cuando mi hermano y yo la vimos en el interior de la parcela no nos lo creíamos y tardamos tres días en decidirnos a saltar la alambrada de espinos para cogerla. Acostumbrados a jugar con una de trapo o una botella de aceite vacía  -llena era un despilfarro-, encontrar aquella preciosa pelota de goma fue como una aparición divina. Hasta dormíamos con ella por temor a que vinieran a llevársela los niños gorditos del chalé. No vinieron ellos personalmente, aunque sí su padre, que tenía una panza sebosa y nos amenazó con el municipal. En aquellos años, que alguien te amenazara con el municipal del pueblo era para echarse a temblar, aunque Manolito Méndez era un bendito. Escondimos la pelota en la chueca de un olivo, pero el municipal pidió refuerzos y una mañana vimos entrar los tanques en Cuatrovientos y dos helicópteros sobrevolaron los olivos. Operación pelota de goma roja, creo que se llamó aquella invasión del ejército franquista. Cuando decidimos entregar el balón a las autoridades lo hicimos conscientes de lo duro que sería volver a la botella de aceite vacía. Cuánto echamos de menos mi hermano Antonio y yo aquella preciosa pelota roja en nuestro colchón de foñico.

Palomares

Si duro fue deshacerse de la pelota, más duro fue ver que los niños del chalé ni siquiera jugaban con ella, que era para ellos un juguete más de los muchos que tenían. Cada domingo, cuando regresaban a Sevilla, se la dejaban en la parcela y mi hermano y yo nos agarrábamos a los alambres de espinos y la mirábamos hasta el anochecer. Una de aquellas tardes la miramos con tanto deseo que la pelota empezó a rodar sola en nuestra dirección hasta detenerse al borde mismo de la alambrada. Pero quién se arriesgaba a ver de nuevo los tanques en Cuatrovientos y los helicópteros volando tan bajos que no hubiera quedado ni un pájaro. Fue la primera vez que vimos llorar a un balón. Seguramente, lloraba porque echaba de menos el calorcito del colchón de foñico en aquella parcela desangelada donde cada domingo se quedaba sola, sucia y pateada, cuando los vástagos del dueño regresaban a Los Remedios. Una mañana, rebuscando en el vertedero, descubrimos a la pelota roja hecha trizas, como de haber sido rajada con un cuchillo. Estaba junto a una muñeca tuerta y una bicicleta sin ruedas, aunque nuevas. La cogimos y la enterramos cerca del cementerio, entre dos olivos, con su cruz y todo y una inscripción que decía: “Aquí yace la pelota roja”. Y si no han removido la tierra para hacer chalés o un polígono, allí debe andar todavía aquella pelota de goma dura que por unos días se sintió una verdadera reina bajo un humilde techo de canales, en Cuatrovientos, donde los niños pobres teníamos que esperar a que se quedaran vacías las botellas de aceite para emular a Di Stéfano y a Kubala en la carretera de Almensilla.

En Mairena del Alcor, donde ahora vivo, lleva abandonado varias semanas un balón de reglamento en una parcela y no me faltan ganas de cogerlo. Es de color naranja  y sigue inflado. Pero nadie lo quiere. Será mi imaginación, pero hace unos días me quedé mirándolo y vi que se movía y que empezó a rodar hacia mí. No me atreví a tocarlo porque recordé la que se formó en Cuatrovientos con aquella pelotita. Los niños aprendemos pronto las lecciones, sobre todo los niños pobres. Así que el venusto balón de reglamento seguirá ahí hasta que el sol lo deje sin color alguno y un día, si alguien no lo evita, estallará y ni siquiera  tendrá un entierro digno.

La pobreza ha cambiado mucho en España. Es tan importante que hasta la televisan a diario y rellena páginas de periódicos. Los políticos la utilizan para forrarse y aquella estampa de una pelota de goma abandonada en una parcela ya no conmovería a nadie. Ni siquiera a los niños más pobres.

 

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn

Escribir comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort
istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort
istanbul escortsistanbul escortsistanbul escortsistanbul escortsistanbul escorts
istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort