Nunca digas que fue un sueño

En muchas ocasiones he pensado cómo hubiesen actuado nuestros abuelos con esto de las redes sociales. El mío, por ejemplo, que no era un hombre muy comunicativo, algo tímido e introvertido. Me lo imagino hablando por un móvil mientras hacía cisco en el Majano y no sé, como que no acabo de verlo. O diciéndome por un WhatsApp: “Manolito, acuérdate de que hay que ordeñar a la cabra”. Y no digamos ya cortejando a alguna viuda o soltera del pueblo a través del sistema de mensajes privados por Twtter o Facebook. Mi abuelo materno enviudó en 1938 y renunció al amor para toda la vida. A lo mejor por eso tenía tan mal carácter, porque le costaba abrirse a los demás, relacionarse con mujeres de su edad en el pueblo. Entonces ni siquiera existía el programa del omnipresente Juan y Medio, donde van nuestros mayores a echarse un novio o una novia, que es algo que mi madre no entiende. También enviudó hace casi sesenta años y cerró a cal y canto la puerta del amor. Cuando me quedo en su casa y me ve chateando con alguien a través de Facebook, que es una noche sí y otra no, siempre me hace preguntas como con quién hablas o me dice directamente que me voy a estropear en la redes sociales, que a ella le suena a mafia. Me llama tuitero o feisbuquero, aunque todavía no sabe muy bien qué es esto de las redes sociales.

Le he planteado abiertamente la posibilidad de que se haga un perfil en Facebook, que le vendría bien relacionarse con las personas, pero dice que no, que es ya muy mayor para esas cosas. También yo pensaba que lo era, pero he comprobado que no, que estoy aún en edad de merecer. Me refiero de merecer un medio de comunicarse que le viene como anillo al dedo a mi personalidad. Es una herramienta de trabajo, pero también un medio de escape, de conocer a personas de ambos sexos y de distinta posición social. Tiene sus peligros, claro, como todo. La televisión es mucho más peligrosa que las redes sociales, depende de cómo la utilices. En Facebook puedes encariñarte con una mujer que crees que es de Pontevedra y luego resultar que es un fontanero de El Pedroso. Tampoco es que eso sea un drama y es mucho peor enamorarse de Juan y Medio, que es lo que le trato de explicar algunas veces a mi madre.

Amoríos

Manda narices que la familia se comunique ahora a través de las redes sociales, pero es así. No recuerdo que alguno de mis sobrinos me haya llamado alguna vez por teléfono para consultarme algo. Sin embargo, ahora lo hacen a través de Facebook. A lo mejor nunca han comprado El Correo para ver qué dice su titi sobre Enrique Morente o Susana Díaz. Sin embargo, siguen cada uno de mis artículos a través de los enlaces en las redes, y me dicen cosas como que qué bien escribo o cuán orgullosos están de lo guay que soy. Y ocurre con sobrinos, primos hermanos y sobrinos de primos hermanos. Salvo mi madre y mi hermano, creo que está toda la familia metida en las redes y saben ya cómo siento, las soleares que compongo, dónde como o dónde duermo, con quién sueño o a quién amo. Porque uno, aunque no esté bien visto eso de desnudarse en las redes sociales o en el mismo periódico, es muy dado a contar sus cosas, a desahogarse, a cantar sus frustraciones o sus sentimientos, unas veces por soleá y otras por bulerías. En vez de hablar solo entre los olivos, como hacía mi abuelo para desahogarse, lo canto en las redes y procuro que sea siempre a compás, que es como hay que cantar los más hondos sentimientos. Como soy humano, alguna vez he tenido problemas. La soledad es a veces un terreno bien abonado para las torpezas. Y no es bueno aliviar la soledad metiéndote en este laberinto de emociones que es Facebook. Recuerdo que cuando publicaba cada noche una soleá en Twitter, el pasado año, casi siempre de amor y desamor, una señora de Castilla contactó conmigo una noche y me confesó que era la persona más importante de su vida. Así, sin anestesia ni nada. Era algo mayor que yo, pero la mujer vivía sola y sobrellevaba su soledad en las redes. Estuvimos algún tiempo chateando por las noches, cuando me quedaba solo, y aprendí muchas cosas sobre la soledad y los recuerdos, sobre la vida de una persona a la que ni siquiera conocía físicamente. Una de aquellas noches dije en Twitter que ya no publicaría más soleares y esta señora me dijo que de eso nada, que necesitaba cada noche quien le diera sentido a su vida y la ayudara a combatir la tristeza. “Si deja usted de escribir soleares, le juro por mis hijos que cometo una locura”, me dijo con un tono de voz que me asustó. “No puede usted subir a una mujer a las nubes y luego dejarla caer al vacío”. Y entonces me soltó un discurso que me conmovió: “Esa cama que conoce todos sus deseos es también mi cama. Aquel almendro en el que pelamos las almendras es también mi almendro. Soy aquella pobre mujer a la que le latía el corazón entre las adelfas. Y aquella otra a la que usted le escribió una soleá en sus labios para bailarla despacio, a compás”.

No fui capaz de dejar de escribir soleares o fandangos, aunque ya lo hago con menos frecuencia. No porque temiera que la buena mujer pudiera hacer una locura, que también. Sobre todo porque por primera vez en mi vida alguien me había dicho, de una manera conmovedora, que me necesitaba. Pero al poco tiempo esta señora desapareció de Twitter y ya no supe nada más de ella. Hasta que meses después de desaparecer, un hijo me hizo llegar un mensaje privado a Facebook contándome que su madre había muerto y que había pedido que en su lápida pusieran una de mis soleares de tres versos: Nunca digas que fue un sueño/ las almendras que pelamos/ a la sombra del almendro. Averiguar si esta conmovedora historia es o no un sueño onírico forma parte del juego, de esa fantasía que crea emociones en las redes sociales, unas veces placenteras y otras dolorosas. Los humanos tendemos a encerrarnos en nosotros mismos, a construirnos nuestro propio mundo, a desconfiar del vecino, del amigo o de la propia familia. Y hay quien prefiere intimar con alguien a quien no conoce de nada.

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