Norit fue mi Platero

Cuando murió mi padre ocupó su puesto en casa mi abuelo Manuel Casado Peña -no era de los flamencos de Utrera y Lebrija, a pesar de su segundo apellido-, el padre de mi madre, al que llamábamos Popá Manué. Era un hombre seco, poco dado a los arrumacos y duro como el cabo de una azada. Su vida no había sido nada fácil y en ocasiones repelía las muestras de cariño con un certero coscorrón. Sin embargo, era honrado y trabajador y lo quisimos como podríamos haber querido a nuestro propio padre. Criado por una madrastra, enviudó en la Guerra Civil de 1936 y se quedó con dos niñas pequeñas. Nunca volvió a casarse, lo que demuestra que adoraba a mi abuela Carmen, cuyo óbito ocurrió por un mal parto en Sevilla en 1938. Encima, cuando ya se había jubilado y vivía tranquilo en Palomares se tuvo que hacer cargo de tres niños, de solo tres años el mayor, en unos tiempos difíciles de la historia de España. Aunque entonces nunca entendí su mal humor, ahora lo comprendo y es lógico que no fuera un abuelo zalamero, cariñoso, sino una persona apesadumbrada por cómo lo había tratado la vida.

Cabrito

Teníamos en casa una preciosa cabra de color chocolate y un día nos dijo el abuelo que se había quedado preñada. Se pueden imaginar la emoción que sentimos todos, porque nunca habíamos tenido un parto en casa, salvo los de nuestra gata, que llenó Cuatrovientos de lindos mininos. Aquella gata  estaba tan caliente como una batata recién cocida. Mi abuelo hizo un trato conmigo, que siempre estuve muy pegado a él.

-Si te encargas de alimentarla todos los días, el chivito será para ti -prometió aquel día el abuelo ante testigos.

Aunque odiaba coger verdolaga, cerrajón y varetas, estuve haciéndolo toda la preñez y mimando a la mamá cabra. La noche que se puso de parto no dormimos porque fue un alumbramiento difícil y en la familia había malos recuerdos de los partos complicados. La pericia de Popá Manué y mis caricias y masajes en la barriga del animal contribuyeron a que el chivito viniera al mundo sin ningún problema. ¡Qué animal más bello! Sin ser Platero, el jumentillo de Juan Ramón, era también suave y peludo y andaba con una galanura propia de los cabriítos. Lo llamé Norit por aquel detergente del borreguito para prendas delicadas, que muchos de ustedes recordarán. El animal perdió la querencia del corral y estaba siempre dentro de la casa, como si se tratara de un perrito, comiendo de todo y durmiendo, en ocasiones, con la gata Lucecita al calor de la copa de cisco. Cuando me iba al colegio me acompañaba siempre y, una vez dentro, regresaba solo a casa dando brincos y volviendo la cara hacia el colegio para verme asomado a la ventana, deslumbrado ante su belleza. ¡Qué largos se me hacían los días esperando que acabaran las clases para llegar a casa y abrazarlo! Norit sabía a qué hora llegaba y me esperaba en la puerta de casa con los ojos vivarachos. Cuando asomaba la cabeza por la cuesta echaba a correr hacia mí y terminábamos revolcándonos los dos en la fría hierba. Pero un día me resultó extraño que no saliera a recibirme, como acostumbraba. En casa había un hombre de Almensilla, amigo de mi abuelo, amarrando al cabrito y a su madre en su bicicleta, ya que los acababa de vender en mil reales. Pepa, sumisa siempre ante su dominante padre, evitó encontrarse con mi mirada de incredulidad e intentó consolarme diciéndome que podría ir a verlo cada vez que quisiera, ya que estaría cerca de Palomares. Popá Manué no se atrevió a mirarme siquiera a la cara. Corrí hacia los olivos en busca de consuelo y desde un cerro observé con resignación y dolido cómo él y su madre se alejaban enganchados a la destartalada bicicleta camino de Almensilla. Nunca volví a saber de Norit. Desde aquel día me acuerdo de él cada Navidad y me imagino un día de Reyes abriendo una gran caja y emocionándome con la sorpresa de encontrar en su interior a un chivito como Norit, suave y peludo sin llegar a ser Platero, aunque significó para mí lo que el célebre burrillo para Juan Ramón Jiménez.

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2 Comentarios

  • José Luis Escrito el 18 junio, 2013 22:49

    Norit… Entrañable, Manuel. Todos hemos tenido alguna partida dolorosa de alguien o, como en este caso, de un animal, que nos ha marcado la niñez. Son difíciles de superar porque las cornás en los sentimientos son de lenta cicatrización, pero de tó se sale. Lo de los reales me ha gustado. Mi abuela me preguntaba cuantos reales era una cantidad y yo se lo traducía. Tiempos…

    • lagazapera Escrito el 18 junio, 2013 23:43

      A José Luis: Gracias, José Luis. Aquel chivito era una criatura encantadora. Historias. Un abrazo, compañero.

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