Ni se le ocurra llamar a mi puerta

Loladrones

He tenido que esperar medio siglo para que algunos expertos me den la razón sobre lo inapropiado de encargar deberes o tareas a los escolares fuera del horario de sus clases, sobre todo si es en exceso. Estos días se habla mucho sobre esto y la verdad es que hay opiniones para todos los gustos y de todos los colores, poniendo unos el ejemplo de Finlandia –donde es impensable que el niño no se lleve tareas a casa, aunque sin sobrecarga–, y otros de países donde el fracaso escolar es alarmante, como por ejemplo en España. En realidad el objetivo de los deberes no es solo dar más trabajo a los alumnos para que mejoren los resultados escolares y aprueben los exámenes, sino para que desde niño aprendas a ser responsable, organizado y disciplinado, y eso está bien. Es una buena manera de crear seres humanos obedientes, que de eso se trata: se empieza por los deberes escolares y se acaba por hincar los cuernos en casi todo, pagando impuestos con los que no estás de acuerdo o mordiéndote la lengua para no salir a la calle y preguntar gritando que por qué Jordi Pujol y sus lindos hijos no están ya pudriéndose en la trena. La educación no tendría que ser algo cuya responsabilidad recayera solo sobre los profesores, sino también sobre sus padres, que se supone que hoy sí están preparados para ayudar a los hijos en esa labor, aunque los hay que no lo están. Antes no era así, sobre todo en los pueblos pequeños y en familias pobres de escasa formación cultural, cuando no de analfabetismo total, lo que contribuía a desigualdades e injusticias sociales. Por poner un ejemplo, en mi casa no había quien nos ayudara en los deberes o tareas de la escuela, porque mi madre trabajaba catorce horas diarias y cuando llegaba del almacén de aceitunas tenía que echar dos horas más lavando ropa en el lebrillo, como para encima darle trabajo extra preguntándole lo que significaba un diptongo o el número de pie que gastaba Viriato. Bastante hacía con traer cada día algo para poner a hervir la olla del puchero y que no nos faltara la onza de chocolate de cada tarde o unas alpargatas nuevas a plazos para cuando llegaran la Feria o la Semana Santa. Por tanto, los deberes teníamos que resolverlos solos ante el peligro.

Jamás hubo un libro en casa que no fueran las novelas del oeste que leía mi abuelo o los del colegio, que entonces eran escasos. Si a esto unimos que no teníamos a quien consultarle datos o dudas y que en el pueblo no había biblioteca –si la hubo alguna vez a mí me pilló jugando al futbolín–, está claro que lo de los deberes era una crueldad innecesaria que, además, conllevaba un componente de humillación para quienes carecíamos de ayudas en casa o que después del colegio teníamos que buscar hierba y ramón para las cabras o rebuscar garbanzos y habas en El Majano o en Mampela. Por eso fui el único niño de Palomares que nunca hizo los deberes del colegio, al menos que recuerde, como he contado otras veces. Lo digo con verdadera jactancia, en vez de con vergüenza. No estaba de acuerdo, sencillamente. Exasperado por tener bajo su responsabilidad a tan rebelde párvulo, Don Miguel Aguilar se sentó una mañana junto a mí en el pupitre y me preguntó, sin duda poco convencido de que le fuera a dar la respuesta que esperaba de mí aquella mañana:

ESCUELA

“Vamos a ver, Bohórquez chico. ¿Por qué te niegas siempre a hacer los deberes?”. “Porque no estoy de acuerdo”, le respondí. Me dijo que se lo razonara y lo hice sin flaquear lo más mínimo. “Después de estar seis horas en el colegio, cuando salgo, lo que menos me apetece es volver a estudiar. En la formación de un niño es tan importante saber cuántos moros mató Viriato o qué es una raíz cuadrada, que dónde anidan los mochuelos, cuándo llegan los vencejos o por qué mueve la nariz el conejo. Saber eso me lleva mi tiempo, le expliqué a Don Miguel, dejándolo patidifuso. De hecho, en vez de tirarme de las patillas me dio una palmadita en la espalda y me mandó a mi mesa con una media sonrisa, que más que una media sonrisa parecía una mueca dolorosa, como la de Tomás Pavón. Don Miguel fue el maestro de escuela más humano de Palomares del Río y no lo digo porque jamás me obligara a hacer los deberes –de mala manera, quiero decir–, sino porque supo entender mi forma de ser, quizás como nadie lo ha sabido hacer nunca. Con el paso de los años me he preguntado muchas veces qué hubiera sido de mi vida de haber sido mejor estudiante de lo que fui. Sobre todo de haber sido más responsable y disciplinado. ¿Sería hoy un autónomo agobiado por las cuotas y con menos estabilidad laboral que un vendedor ambulante o tendría un puesto de trabajo fijo? ¿Tendría ya pagada mi casa y un colchoncito económico que me permitiera esperar la vejez sin sufrir sobresaltos cada vez que llega una carta del banco o podría dormir tranquilo por las noches? ¿Me creería todo lo que dicen los políticos de uno y otro pelaje ideológico, en los informativos y en los periódicos, o sería un valiente contestatario? ¿Hubiera publicado solo doce libros o el doble? Y por último, ¿tendría un puesto de asesor de flamenco en la Junta o sería, como soy, un humilde crítico de la cantelogía al que dejan desvariar cada sábado en este periódico para que se desahogue y pueda presumir ante su familia y amigos de la infancia?

Deberes sí, pero también placeres. Y uno de los grandes placeres de la vida es no hacer siempre lo que te dicen los demás, seas niño, adolescente o persona ya madura, marcándote tú mismo los límites del deber y de la disciplina, aunque corras el riesgo de que el presidente del Gobierno no venga a tu casa a darte las gracias después de haberte engañado, explotado y pisoteado tus derechos. El deber y la disciplina no tienen por qué ser solo algo impuesto por los que mandan, sino una actitud de tu propio sentido del deber y de la disciplina según tu educación y creencias. Encima que me estás exprimido, pisoteando mis derechos y matándome de hambre, ¿ahora vas a venir a mi casa hipotecada a darme las malditas gracias? Pues sí, así es. Rajoy puede llamar a tu puerta minutos antes que la policía judicial para agradecerte tu esfuerzo, sacrificio y colaboración. Y encima esperará a que le pongas un mosto de esos de cincuenta céntimos y una sardina arenque después de haberte convencido de que le votes de nuevo para evitar que España caiga en manos bolivarianas que nos conduzcan a Grecia o a un sitio aún peor. No, nunca hice los deberes del colegio porque estaba demasiado ocupado alimentando a la cabra de mi abuelo, rebuscando garbanzos y reculos, esperando que una nube generosa me llevara al campo del Betis para ver cómo brillaba el balón cuando lo acariciaba Rogelio, leyendo las novelas del oeste de mi abuelo o soñando despierto con un buen atracón de menudo de Capote. Y dicho esto, señor Rajoy, espero que nunca llame a mi puerta ni siquiera desde una televisión de plasma.

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