Mi relación con Mario Maya (II)

A su memoria

Mario Maya en la puerta de un teatro de Nueva York. 2008. Foto: Bohórquez

Mario Maya en la puerta de un teatro de Nueva York, el City Center. 2008. Fotografía inédita: Bohórquez

Mario Maya tenía fama en la profesión de ser un bicho, y la verdad es que no sé por qué. Los que trabajaron en su compañía hablan maravillas de él como persona, aunque coinciden muchos en que era un jefe duro, exigente. Eso sí lo tenía. Odiaba al clásico flamenquito irresponsable, sobre todo si era gitano. Le dolía que los artistas gitanos no fueran más disciplinados, que lo dejaran todo en manos del duende, que no estudiaran y se prepararan culturalmente. Me contó una tarde tomando una cerveza en Modesto, cerca de su casa, que llamó a una famosa cantaora de Jerez para que le cantara sólo una letra y una melodía nueva en El Amargo. Estuvo con ella una semana para que se aprendiera ese minuto, sólo un minuto, pero tuvieron que dejarlo. “Mario, esto no es lo mío”, le dijo la cantaora con lágrimas en los ojos. Y se fue para Jerez a seguir haciendo lo que había hecho toda la vida: sus bulerías de El Gloria y los tientos de La Paquera. Mario, que le daba un gran valor a los cantaores tradicionales, clásicos, porque conservaban el legado de los maestros, era muy crítico con los que presumían de artistas, sin serlo. “El artista tiene que ser trabajador, exigente, creativo. Si no lo es, es un folklorero”, decía. Sin embargo, en ocasiones se quedaba maravillado con lo que eran capaces de hacer algunas bailaoras clásicas, como, por citar sólo a una, Milagros Mengíbar. Recuerdo cómo la jaleó una noche en el gran Teatro de Córdoba, porque la trianera estaba bailando por alegrías para ponerle un piso. Estábamos sentados juntos en el patio de butacas y, de repente, como movido por un impulso inevitable, por un mandato de La Macarrona desde el otro mundo, se levantó y gritó: “¡¡Eso es bailar!!”. Lo miré asombrado, porque Mario no solía hacer esas cosas; eso de decirle ¡ole! a los demás, era algo que tenía prohibido por el médico. La verdad es que Milagros bailó aquella noche de una manera espectacular, con esa manera que tiene de mover la bata de cola y esos brazos. Dos o tres filas más adelante estaban sentadas Matilde Coral y Pilar López, con Rafael el Negro, esposo de Matilde y genio del baile trianero. ¡Cómo bailaba Rafael! “¡Ya está!”, dije. Mario ha querido darle en las narices a Matilde, que ya estaba retirada. Milagros es de su escuela, pero es público y notorio que no hay buenas relaciones entre ellas. El genio tenía estas cosas, era muy travieso. Pilar López miró a Mario cuando jaleaba a Milagros en presencia de Matilde, como diciéndole: “¡Mira que eres cabroncete, chiquillo!”. Pilar era su maestra y la quería con locura; era el espejo en el que se miraba. Por eso le dolía tanto que algunos de sus discípulos no le tuvieran esa veneración y el respeto debido, como el que él le tuvo siempre a Pilar y a Antonio, por ejemplo. Le dolían especialmente los detalles feos de su discípulo predilecto, Israel Galván. Cuando Mario se hizo cargo de la Compañía Andaluza de Danza, una mañana acudí al Teatro de la Maestranza a ver los ensayos y me llamó la atención un jovencísimo bailaor sevillano, con una cara de artista que no se podía aguantar. Mario Maya me dijo que era Israel Galván, el hijo de José Galván. “Tiene cara de bailaor, Mario”, le dije. Y me confesó que era el de más talento de todos los que se habían incorporado a la Compañía. Mario presumía de haberlo pulido, de haberle preparado para triunfar. Me sorprendió que en un homenaje que se le tributó a Mario en la Peña El Chozas, ocurriera algo que me dolió enormemente. Esta peña sevillana organizaba hace años una semana cultural de una calidad extraordinaria. Todavía lo hace, pero ya no es lo que era hace años. José María Segovia, entonces presidente de esta peña y hoy al frente de las peñas de Sevilla, le dedicó aquel año la semana a Mario Maya y éste quiso que fuera a bailar Israel Galván. Así se hizo. La clausura de la semana cultural estaba reservada para la actuación de Israel y el homenaje a Mario, la imposición de la insignia de oro. Israel Galván llegó diciendo que quería bailar pronto porque tenía otra actuación esa misma noche. “¿No te vas a quedar al homenaje de Mario?”, le pregunté. Y me contestó que no podía, que tenía que irse pronto. Naturalmente, Mario se sorprendió de este feo detalle.

CONTINUARÁ…

http://www.youtube.com/watch?v=jNByRqYR00Y


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