Mi relación con Enrique Morente (I)

A Antonio Badía Lozano

MorenteLlevaba tiempo queriendo escribir sobre mi relación con Enrique Morente, pero su muerte me dejó sin fuerzas para hacerlo. Me lastima aún escribir su nombre en la pantalla de mi ordenador. Lo quería mucho y le sigo queriendo, porque Enrique fue para mí un maestro, un amigo, alguien que, seguramente sin pretenderlo nunca, cambió mi manera de ver, escuchar y sentir el cante flamenco. Te tomabas un café con él y aprendías más de cante que leyendo mil libros. A diferencia de otros maestros a los que traté bastante, Enrique nunca intentó manipularme, sino todo lo contrario: hizo todo lo posible por hacerme ver que lo importante era amar al cante y no a los cantaores. Jamás me habló mal de ningún compañero suyo. Ni siquiera de aquellos que hablaban mal de él. Yo le decía, hombre, Enrique, que ese tío dijo una vez que tú te estabas cargando el cante. “¿Eso dijo?, ¡qué bueno! Y es verdad”. Era un maestro de la ironía. Le debo haber conocido a Enrique Morente al pintor sevillano Antonio Badía, quizás el morentista más grande que hay en Sevilla. Me habló un día de él y como yo entonces andaba preso en el mairenismo le dije que aún tenía que descubrirlo como cantaor y que sus innovaciones no acababa de entenderlas, aunque me gustaba mucho. Me facilitó algunos de sus discos y grabaciones privadas y fui descubriendo su grandeza, su personalidad. Cada vez que quedaba con Badía en su estudio para comernos un potaje y bebernos algunas botellas de tinto escuchábamos sus discos y Antonio me hacía ver la importancia de lo que cantaba y cómo lo cantaba. Y empecé a escribir de él en el periódico y a comentar sus discos en mi programa de flamenco de Radio Aljarafe. Como tenía a los oyentes acostumbrados a Mairena, Lebrijano, Fernanda, Vallejo, Marchena, Camarón, Menese o Juan Talega, algunos oyentes me llamaban y me decían: “Manué, que te vas a cargá el programa, cojones”. Morente no gustaba en Sevilla, aunque tenía sus seguidores, pero tenía claro que el de Granada era un fenómeno, un cantaor muy especial al que había que defender a capa y espada. Los críticos de Sevilla, los de los setenta y los ochenta, le acribillaban cada vez que cantaba en la ciudad de la Giralda o en los festivales de verano. Lo esperaban poco menos que en la estación del tren para darle en el pescuezo. “Este cantaor canta al revés”, decían algunos. Recuerdo que un día le pregunté al maestro, en Sevilla, lo que opinaba de eso, de que dijeran que cantaba del revés, y me dijo: “Es verdad. Comencé cantando al derecho, pero como me molían a palos, dije: voy a cantar al revés. Y también me atizaban. Entonces, decidí cantar como canto ahora”. ¿Y cómo cantas ahora?, le pregunté. “Al estilo inglés”, me respondió. Con motivo de mi primer viaje a la capital de España, a finales de los ochenta, para una entrevista que me hizo Romualdo Molina en el programa La buena música de los flamencos, Antonio Badía se encargó de que Enrique y yo nos conociéramos personalmente. Televisión Española me reservó el hotel Gran Vía, solo para una noche, pero al día siguiente Badía me propuso que me quedara un par de días en Madrid para conocer al maestro y, de paso, enseñarme bien la ciudad. La misma noche que llegué, antes de la entrevista, que era grabada, Enrique se acercó al hotel y Antonio nos presentó. Tras los saludos correspondientes, el maestro me agradeció algunas cosas que había escrito sobre él: “Te quiero agradecer las cosas tan buenas que has escrito sobre mí en El Correo, sin conocernos personalmente. Hay que tenerlos bien puestos para escribir eso de mí en Sevilla, con lo poco que me quieren allí los críticos”, me dijo.

Mi primera entrevista con Enrique, en su casa de El Rastro en Madrid.

Mi primera entrevista con Enrique, en su piso de El Rastro, en Madrid.

Esa misma noche nos fuimos de copas por Madrid y tuve la oportunidad de saber cómo era Enrique como persona y lo que significaba como artista en la Villa y Corte. Recuerdo que fuimos a un bar de copas muy selecto, Caripén, en la Plaza de la Marina, y que al llegar a la puerta el portero nos cobró la entrada porque no sabía quiénes éramos. No reconoció a Enrique. Pagó el maestro, claro, pero cuando la encargada de las relaciones públicas del local lo vio y supo que le habían cobrado por entrar le devolvió el dinero, que no fue aceptado. Era Pastora Vega, la nieta de Pastora Imperio y mujer del actor Imanol Árias. Allí estaban el gran periodista José Luis Balbín y la actriz María Asquerino, entre otros noctámbulos del ambiente artístico y cultural de Madrid. Nos sentamos y estuvimos varias horas charlando sobre el cante flamenco, de mi trabajo y de su arte. Estaba como en una nube, sentado en una misma mesa con el gran Enrique Morente hablándome del Niño de Marchena.

continuará

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4 Comentarios

  • Paco Mármol Escrito el 6 octubre, 2012 09:46

    Yo también he seguido la trayectoria artística de Morente desde sus comienzos. Los años sesenta me encontraba por Madrid y allí empezaban tanto Morente como Menese, que entonces rivalizaban bastante. Yo por ser de La Puebla, lógicamente me decantaba más por el “León Morisco”, pero siempre me gustó Enrique, por su gran creatividad y su forma tan peculiar de hacer todos los Cantes. Cuando ha venido por Catalunya nunca me lo perdí. Recuerdo que su última actuación fué pocos días antes de morir, aquí en El Molino, en un Concierto organizado por Mayte Martín.
    Por cierto, Manuel, Menese cantó el jueves en el Ciclo de Cajasol ¿Se sabe como quedó el Maestro?, pues cuando lo vi en La Puebla estaba un poco delicado de salud. Si alguien lo vio, agradecería que me lo dijese. Seguro que la amiga Carmen Arjona estaría por allí.

    • lagazapera Escrito el 6 octubre, 2012 09:50

      A Paco Mármol: Yo no pude ir a escucharlo porque estoy de vacaciones y un poco cansado ir al teatro, además de porque tenía un compromiso familiar ineludible. Pero Carrión me ha dicho que, a pesar de lo malito que está, cantó muy bien. Estoy preocupado por el maestro, ojalá se cuide y esté con nosotros muchos años más.
      Gracias, Paco.

  • Carmen Arjona Escrito el 6 octubre, 2012 21:26

    Saludos, Paco. Ciertamente, estuve allí. ¡Cómo me iba a perder su homenaje! Como tampoco faltó su gente de La Puebla, pues vino una buena representación: el Cachas, Diego el Panaero, el Valle, Luis, Antonio, Catato, Pepito Seguiriya, Juan Chinchilla (que vino desde Barcelona)… y más que no cito por no abusar del espacio. Te diré que cantó como hacía tiempo que yo no lo escuchaba. Con esa fuerza suya que una no sabe de dónde sale cuando observa la fragilidad que últimamente se ha acomodado en él. Salí emocionada del teatro y orgullosa de comprobar que su rebeldía permanece intacta. Las letras de Francisco sonaban como escopetazos en la Sala Turina. Hizo taranta, farruca, cantiñas, cabal, soleá. ¡Cómo cantó la cabal! Por supuesto, para reivindicar los cantes que “se están perdiendo” (sic). Ya sabemos cómo es Pepe. Con qué enjundia acometió todos los palos. Y la soleá, qué te cuento, Alcalá, se hizo verbo, con todo ese sentimiento y ese recogimiento que precisa. Sonaron olés durante todo el acto. Y ya sabemos que los moriscos no regalan olés sin merecerlo ni a Menese ni a nadie. Antonio Carrión sensacional con esa manera tan compenetrada de acompañar y su perfecta ejecución. Él fue el que abrió el acto y a mitad tocó un solo por bulerías magnífico.
    La sala estaba llena y dudo que saliera nadie descontento. ¡Qué noche más buena!
    De la crítica asistieron Antonio Ortega, Juan Vergillos y Manuel Martín Martín. Lo apunto por si quieres buscar las críticas del viernes en Internet.
    Espero que mi comentario te sirva para hacerte una idea.
    Saludos, gazaperos.

  • Paco Mármol Escrito el 7 octubre, 2012 07:56

    Muchas gracias Carmen por alegrarme la mañana con tus comentarios sobre la actuación de Pepe.
    Ya cuando vuelva Juan Chinchilla, hablaré con él y me contará más cosas del Maestro.

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