Mercenarios de la opinión

Alguien me dijo un día que el alcalde de un pueblo de la provincia de Sevilla, que no es el mío, le pagaba un sueldo a un amigo para que cada día recorriera las tabernas de la localidad y elogiara su gestión en el Ayuntamiento mientras se tomaba una copa de aguardiente o el mosto de mediodía. Este buen hombre llegaba a las tascas elevando al edil a los altares y cada vez que alguien arremetía contra él y cuestionaba su gestión al frente del consistorio se enfrascaba en grandes trifulcas tabernarias. Era una persona sin ideología alguna, solo un mercenario de la opinión al servicio del poder, pero con mucho arte. Me contaron que como era muy aficionado a alcohol un día se pasó de la raya y alguien en un bar hizo un comentario sobre la escasa hombría del señor alcalde, que tenía a su mujer poco menos que buscando amor por las esquinas del pueblo a altas horas de la madrugada. El alcalde se enteró y le reprochó que no hubiera salido en su defensa acallando las calumnias, y él le contestó: “Usted me paga para que defienda su gestión en el Ayuntamiento y no su vida privada. Lo que hagamos su mujer y yo está fuera de nuestro convenio”. Con la mayoría de las tertulias políticas de radio y televisión de nuestro país está pasando un poco lo mismo. En un país donde hay exceso de opinión y una ausencia más que notable de análisis y reflexión sobre lo que está pasando, el negocio de algunos periodistas, analistas económicos o sociales está en las tertulias televisivas y radiofónicas, que han proliferado como las tagarninas en invierno. Donde no le ponen cada noche el cascabel al gato se forma la marimorena cada domingo o echan el gato al agua. Son tantas estas tertulias, en todas las cadenas y a todas las horas del día y de la noche, que quienes somos aficionados a ellas acabamos sin enterarnos de nada y con ganas de colgar a cualquiera a la mañana siguiente. Como veo muchas y lo mismo me da que sean de derechas o de izquierdas -a veces es bueno saber qué dice el enemigo-, suelo tener unas horribles pesadillas. Una de estas noches atrás, como cené tarde y fue una cena copiosa -alcachofas rellenas de menudo de Capote-, soñé que un toro me perseguía por los olivares de Arahal y que estuvo dándome cornadas desde mi pueblo hasta Morón. Es una pesadilla presente siempre en mis sueños, pero la de la otra noche fue absolutamente terrible porque el maldito morlaco tenía toda la cara de Francisco Marhuenda, el director de La Razón. Con razón o sin ella, este acaparador de la opinión tertuliana me estuvo dando carreras toda la maldita noche. Es admirable la capacidad de trabajo y de opinión que tiene este compañero, que se cae de morriña en La Sexta y por la mañana es el que abre la puerta de La Cope para que entren Buruaga y Luis de Val. Me recuerda mucho a aquel jornalero tabernario que cito unas líneas más arriba, y espero no ofenderlo por contarlo aquí.

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En estas tertulias suele haber siempre dos bandos enfrentados, uno para atacar al Gobierno y otro para defenderlo. Luego está alguien con cara de independiente al que suelen llevar para calentar el debate. No descubro nada si digo que estas tertulias se confeccionan a veces teniendo en cuenta la cuota de tertulianos que pactan los dos grandes partidos. Tiene mucha gracia que a veces un analista eche en cara a otro que está en el programa para defender los intereses de unas determinadas siglas, de las que gobiernan o las que quieren gobernar, como si a él lo hubiera puesto ahí la Virgen María. Desconozco la audiencia de estos debates políticos, pero tiene que ser alta cuando hay tantas y en todas las cadenas. Y los ciudadanos empiezan a preguntarse si no nos estaremos pasando con tanta opinión partidista en detrimento de una necesaria información, veraz y objetiva -la información tiene que ser eso, si no es otra cosa-, que es lo que hace que sea creíble el papel de los medios de comunicación social en una democracia, donde se supone que la información la tienen que dar los medios de comunicación y, a ser posible, sin que sea manoseada por el Gobierno. Si estas tertulias de debates políticos son un buen negocio para las empresas radiofónicas y de televisión y, como parece, lo son también para los tertulianos que debaten a destajo, supongo que estarán temiendo que se acaben la crisis y la corrupción porque, entonces, se terminó el chollo. Esto me recuerda algo que viví mucho en mi pueblo cuando en los cines de verano mis paisanos hablaban con los protagonistas de las películas. En una ocasión pusieron en el Cine Pastor una de Manolo Escobar en la que canta la célebre canción del carro que le habían robado y que sigue sin aparecer. Cansado ya del estribillo, un paisano con arte le gritó con todas sus fuerzas: “¡Manolillo, cuando aparezca el carro se te acabó el chollillo!”. Está claro que lo que vende desde hace años en los medios es la crisis y la corrupción política y empresarial, el mangoneo de los sindicatos y los abusos de la banca. Pero es impresentable que algo que ha llevado a nuestro país a la ruina y que ha hundido a cientos de miles de familias sea tratado en estas tertulias, a veces, como grotescas peleas de tabernas decimonónicas en las que a todos se les ve demasiado el plumero y muy pocos opinan teniendo en cuenta la necesidad que tienen los ciudadanos de una información sin manipular. Aunque a veces me pregunto si no tenía razón Honoré de Balzac cuando dijo que el periódico es una tienda en la que se venden al público las palabras del mismo color que las quiere. Por el éxito de estas tertulias televisivas y la crisis de la prensa escrita, parece lógico pensar que millones de ciudadanos prefieren esas peleas barriobajeras a una opinión de calidad en la columna de un buen periódico nacional o local. Interesa más el sainete televisado de tertulianos que habiendo fracasado en sus aspiraciones políticas, empresariales o literarias acabaron de periodistas estrellas de la opinión rosa, amarilla o negra. Hemos pasado de algo que dijo el gran Paco Umbral -que el periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al Gobierno inquieto- al show televisivo de una opinión más que sospechosa, por partidista. Es indudable que algunas de estas tertulias son buenas y, seguramente, estarán lejos del control de los partidos y del Gobierno. Pero en general son horribles y están saturando tanto de opinión partidista a la ciudadanía que el que no está de los nervios no sabe ya si irse de España o ingresar en un convento. Me decía hace unos días una compañera que gracias a estas tertulias y a la pésima programación de las televisiones en general ha recuperado la aparcada y sana costumbre de leer buena literatura y escuchar música. Desconozco si en estos últimos años ha mejorado en nuestro país la afición a la lectura y a la música. Lo que parece no haber mejorado nada es el hábito de informarnos a través de un buen periódico o un programa serio de radio.

 

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