Mario Maya se va de Sevilla

En mi ya larga carrera de crítico de flamenco he tenido la fortuna de conocer a los más grandes del género andaluz, desde Antonio el Sevillano y Manolo Fregenal hasta Morente y Camarón de la Isla, sin olvidarme de Antonio Mairena, Antonio el Farruco o Paco de Lucía, por referirme solo a quienes ya no están entre nosotros. Si algo compensa esta ingrata profesión es tener el privilegio de relacionarte de una manera cercana con los genios o con los que solo son sencillos intérpretes de lo jondo, que cuentan también. El gran bailaor y coreógrafo Mario Maya fue uno de los genios, para mí el más grande de todos los bailaores, el más completo, el artista que con sus innovaciones basadas en la más honda tradición andaluza fue capaz de injertar al baile una técnica fundamental para su desarrollo estético y evolución artística. Y no solo eso. Mario trajo creatividad, imaginación, disciplina y responsabilidad a un arte que hasta su llegada era demasiado vulgar, aún con las virutas de lo folklórico y con menos disciplina que un conejo de campo. Cuando se habla de la escuela sevillana del baile flamenco todos hacen alusión a la maestra trianera Matilde Coral. Sin embargo, es preciso destacar el papel que jugaron artistas que no fueron sevillanos de nacimiento, pero que aterrizaron por la capital andaluza, se afincaron en ella y dejaron aquí su esencia e impronta. Si nos referimos al siglo XIX, ¿por qué se oculta siempre la importancia de las Coquineras del Puerto, las Junqueras y la Sordita de Jerez, el también jerezano Ramírez, el gaditano El Raspao, La Carbonera o La Cuenca, que eran de Granada y Málaga, respectivamente, y otros muchos más? Lo mismo podemos decir de la escuela de guitarra. Nadie sabe aún que el mítico Paco el Barbero, que no era ni gaditano ni jerezano, sino sanluqueño, se afincó en Sevilla en la década de los ochenta del siglo XIX para trabajar con Silverio. Puso academia de guitarra en San Esteban y hasta tuvo un tabanco en la calle Plata, en la Campana, la misma donde La Campanera y Manuel de la Barrera tuvieron su famosa academia a mediados del citado siglo. Paco el Barbero, pues, es un nombre fundamental en la creación de la escuela guitarrística de Sevilla, como lo fueron algún tiempo después otros grandes maestros no sevillanos como el cordobés Antonio Moreno y los jerezanos Antonio Sol, Javier Molina y Currito el de la Jeroma. Sin la aportación a la guitarra de estos grandes maestros, el Niño Ricardo no hubiera sido tan fundamental como fue. Y todos, no sé por qué, atribuyen solo a Ricardo la escuela sevillana. En el cante, los grandes forjadores del estilo sevillano tampoco fueron hispalenses. El Planeta era de Cádiz, El Fillo y sus hermanos -Curro Pabla y Juan Encueros-, de San Fernando. El Nitri era del Puerto de Santa María y, si mis investigaciones no van descaminadas, Frasco el Colorao también era de la provincia de Cádiz y llegó a Triana casado y con muchos hijos. Más tarde, a finales del XIX, llegaron los jerezanos Paco la Luz, Frijones, Chacón y Manuel Torres, o Fosforito el de Cádiz y el Niño de Medina, que era jerezano aunque oriundo de Arcos de la Frontera.

Mario maya en color.

Mario Maya nació en Córdoba por casualidad, pero era granadino. Sevilla no le había dado nada cuando, siendo ya la gran figura del baile, decidió afincarse en la ciudad de la Giralda para conquistar desde aquí el mundo con su compañía de baile. Aquí formó a jóvenes promesas y contribuyó a que Sevilla volviera a ser el centro mundial del flamenco. Tomó parte en el II Giraldillo del Baile, en 1982, que conquistó con todo merecimiento. No quería participar en el concurso, pero le pidieron que ayudara a prestigiar la recién creada Bienal, y lo hizo. Más tarde puso en marcha la Compañía Andaluza de Danza y de ahí salieron Rafaela Carrasco e Israel Galván, entre otros. Luego tuvo que irse porque no se dejó mangonear por los políticos de la Junta, a los que acusó de ser los “nuevos señoritos de Andalucía”. Nunca se llevó bien con los gobernantes andaluces. Por eso, y no por otra cosa, el gran Mario Maya se va ahora de Sevilla, cuando vamos camino del sexto aniversario de su muerte. Parte de su legado se va a Granada, su tierra, donde ya tiene su monumento. En Sevilla le negaron muchas cosas, demasiadas, cuando aún vivía. Y se las siguen negando después de muerto. Le han negado una calle con su nombre e incluso un homenaje en la Bienal, según su viuda, el festival que él ayudó a crecer. Y lo hacen quienes gobiernan una ciudad que le debe mucho al gran bailaor de Granada. También le deben las bailaoras y los bailaores, pero estos solo se preocupan de ganar dinero y se han olvidado del maestro que les señaló el camino y les ayudó a ser lo que son. El flamenco en Sevilla se ha deshumanizado por completo. Los artistas van a lo suyo y la simple denuncia de un vecino hace que el Ayuntamiento cierre una peña flamenca, Torres Macarena, que es una institución en esta ciudad. Sevilla se ha olvidado de aquellos genios que crearon la escuela sevillana, los del siglo XIX, que fueron enterrados en muchos casos por caridad. Se ha olvidado del padre del flamenco, Silverio Franconetti, de la Plaza de la Alfalfa. Nada hay que recuerde al genio sevillano en una ciudad que, sin embargo, eleva a los altares a cualquier pelagatos. El gran Antonio el Bailarín tiene un monumento, sí, pero en la puerta del urinario del cementerio. No existe un centro de documentación sobre un arte que tanto le ha dado y le da aún a nuestra ciudad. Y ahora, para colmo, esta puñalada trapera a Mario Maya, a su legado, a su memoria, la de un granadino que eligió Sevilla para amarla y para convertirla en la capital del flamenco. Mario amaba a Sevilla, pero detestó siempre sus tópicos y esa displicencia tan nuestra. Conviví mucho con él durante años y sé cómo sufría por el trato que daban aquí al flamenco quienes están al frente de las instituciones. Se llevaba las manos a la cabeza cada vez que se presentaba el programa de la Bienal de Flamenco y veía que se programaba desde el desconocimiento, sobre todo en sus últimas ediciones. Era duro en sus críticas y muy exigente, hasta el punto de que en ocasiones no estuvo bien visto incluso por parte de la profesión. Esa que siempre va a lo suyo y que se mira el ombligo, como si Sevilla, por ser Sevilla, estuviera por encima de todo.

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4 Comentarios

  • Faustino Escrito el 2 julio, 2014 10:24

    No sabe uno qué hacer querido Manolo. Días, meses y años dejándonos la vista, y el dinero, para seguir como siempre. Películas de ficción que pasan por históricas, teorías cogidas por los pelos diseñadas por trincones que nunca citan. Esto es clamar en el desierto. Mientras, ‘la movida’ pasa por ser el movimiento cultural por excelencia, en los años en que Paco, Camarón, Enrique, Gades, Sanlúcar o Mario estaban en su apogeo. Pa llorar. Un abrazo

    • lagazapera Escrito el 2 julio, 2014 12:21

      A Faustino: Un abrazo, maestro. A ver si un día nos vemos.

  • Paco de Cái Escrito el 2 julio, 2014 18:33

    No hace poco criticaba yo que en Cái no se tenia mucho interés por el flamenco, ahora al leer esta entrada tuya Manuel veo y leo que en Sevilla también se cuecen habas, es que ese refrán de el vivo al bollo y el muerto al hoyo es pura realidad.
    Tú puede ser un figura pero si te va de este mundo ADIOS, si te veo no me acuerdo. así es la vida.

  • Paco de Cái Escrito el 2 julio, 2014 18:42

    Hace poco criticaba yo el poco interés que había en Cái por el flamenco pero hoy he leído tu entrada querido amigo y veo que en Sevilla también se cuecen habas. Cuando uno se muere solo son dos días de que bueno que era, que buena persona o que buen bailaor, pero solo en dos meses se acabó lo que se daba. Ese refrán de el vivo al bollo y el muerto al hoyo que verídico es.

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