Las primaveras del enamorado liendre

La Corredera. La pechá de andar que te tenías que dar para encontrar novia.

La Corredera. La pechá de andar que te tenías que dar para encontrar novia.

Al fin ha llegado la ansiada primavera, la mejor estación del año para los sevillanos después de la de Santa Justa. La que nos da el calor y el frío precisos, el equilibrio perfecto en la calentura del cuerpo, el paisaje soñado de campos cubiertos de flores y nidos de jilgueros en los olivos. La que enamora a los poetas, que escriben esas cosas tan hermosas. Dijo el sevillano Bécquer que mientras hubiera en el mundo primavera, habría poesía. Es también la época del año más hermosa para enamorarse, según una creencia posiblemente milenaria. Cuando era un niño me enamoraba todos los días, en todas las estaciones del año, y era verdaderamente agotador. Pero en primavera echaba horas extras. “¿Qué te pasa, Manolito?”, me preguntaba mi madre cuando me veía la cara de gilipollas que traía todos los días al regresar del colegio. “Que me he enamorao”, le respondía. Me decía siempre que era el enamorado liendre, como el maestro Liendre, que sabía de todo y no entendía de nada, según una expresión de Arahal. Se refería a que enamoraba a muchas niñas, pero que no cuajaba con ninguna. La primera vez que me enamoré de verdad fue precisamente en Arahal y en uno de los muchos veranos que pasé allí a finales de los años sesenta. Tenía solo doce años pero estaba hecho ya todo un hombrecito. Mi tía Rosario la Serena, soltera toda su vida, siempre quiso que me echara novia en el pueblo para que estuviera más cerca de ella, porque me quería como al hijo que nunca pudo engendrar. Solía mandarme a comprar a una tienda que había en la calle donde nací. Era una expendeduría de aquellas con el mostrador de madera sobre el que había siempre exquisita repostería autóctona y la clásica caja redonda de sabrosos arenques, el jamón de los pobres. Aunque había algo en la tienda que me gustaba mucho más que los dulces y los arenques, que era la sobrina de la tendera. Era ya un tímido que prometía y me costó mucho hacerle ver que estaba perdiendo la cabeza por sus pecas, aunque lo adivinó pronto porque iba diez veces diarias a la tienda con cualquier pretexto. Nunca se vendieron tantos arenques en aquel comercio.

Amoríos

Mi tía me informó de que en Arahal había que acercarse a las mocitas en la Corredera. Cuando una chiquilla te gustaba te arrimabas a ella en el paseo y, aunque no le hablaras, adivinaba enseguida que la habías elegido como futura esposa y madre de tus hijos. Me acerqué una tarde a ella y a su hermana pequeña, que tenía entonces muy malas pulgas. Era también pecosa. No le dije absolutamente nada, solo me limité a acercarme a ella y a seguirla paseo arriba y paseo abajo. Como no me hacía el más mínimo caso, cuando llevaba dos horas andando abandoné el paseo y decidí que ya no me casaba, que me quedaría soltero como mis tíos. Se lo conté a mi chacha Rosario y me hizo ver que había que insistir, que a una moza tan guapa y de tan buena familia no se la podía conquistar en una hora. Lo de buena familia era porque tenía olivares, por si no lo sabían. Entonces, las familias se distinguían entre las que tenían olivares y las que los labraban. Pero después de andar kilómetros y kilómetros junto a ella, de comprar arenques para alimentar a la Legión y de gastar el sardinel de la tienda de tanto entrar en ella, comprendí que aquellas uvas estaban verdes, como en la famosa fábula de La zorra y las uvas. Cuando se quiere dar amor se corre el riesgo de no ser correspondido, y eso fue lo que me pasó en Arahal cuando apenas sabía pronunciar la palabra amor. Lo peor es que habían nacido unos sentimientos por mi parte y que, como iba a Arahal solo una o dos veces al año, la echaba luego de menos en Palomares, donde conocía a niñas de mi edad que me gustaban mucho. Pero había sublimado de tal manera aquel primer y quimérico amor de mi pueblo, que me atormentaba y sufría como un penado. Sin embargo, como la distancia hace el olvido, el sarampión amoroso de la pubertad pasó pronto y no pude darle a mi tía Rosario el gusto de casarme con una mujer de Arahal en las parroquias de la Magdalena o de la Victoria, como ella planeó. Lo hice muchos años después de que la pobre muriera, aunque en el Ayuntamiento y no con aquella guapísima chiquilla que me hizo aborrecer los arenques, sino con otra mujer del pueblo que no vendía arenques ni exquisita dulcería casera, y mucho más guapa. Obviamente, de aquel primer amor no correspondido solo queda ya la lógica cicatriz en el corazón y el vago recuerdo de unas pecas y unos hermosos ojos del color de la miel que apenas se cruzaron con los míos dos o tres veces. El amor hace pasar el tiempo y el tiempo hace pasar el amor. Cuando alguien nos rompe el corazón comenzamos a repartir pedazos, desesperados, porque no sabemos vivir sin él. No sé respirar sin estar enamorado y creo que no he pasado ni un solo segundo de mi ya larga vida sin estarlo. De hecho, cuento estas cosas sin ningún pudor porque en el florido jardín de mi corazón siempre es primavera, aunque lo tenga lleno de viejas cicatrices. El amor es tan sencillo que no se puede explicar. Es la sonrisa de un ángel que te puede hacer llorar, la primera mentira y la última verdad. Ya es primavera en Sevilla.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

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5 Comentarios

  • Paquito el cariñoso Escrito el 23 marzo, 2013 13:11

    Manuel al leer tu cronica de hoy me he reido un montón porque no eres tú solo el que a vivido esas azañas de la conquista en el paseo, yo era muy timido y ante de ir al paseo me tomaba un par de lingotazos, que eran un vaso, un poco mayor de lo normal de rebujao blanco y dulce, no vea como salia tú para el paseo, yo no me acerquecaba yo lo cogia hasta la mano a la chavala que me gustaba, algunas veces han tratado de limpiarme la cara y no con mistol sino con la palma de la mano, jode mira como era yo de enamorao que me pusieron PAQUITO EL CARIÑOSO incluso me enteraba donde vivia para mandarle cartitas de amor, yo me enamoraba hasta de las feas y tenia más exitos. y mira de Cái no cayó ninguna y fui a parar a la orilla del Nalón que esta en Asturias. Un abrazo Manuel, hoy dia lo más joven que tengo son las niñas de mis ojos que son las culpable de mis dolores amorosos.

    • lagazapera Escrito el 23 marzo, 2013 15:23

      A Paquito el Cariñoso: Gracias, Paco. Qué bonito es el amor. Un abrazo.

  • Manolo González Escrito el 23 marzo, 2013 16:06

    ¡ OOLE!!

    • lagazapera Escrito el 23 marzo, 2013 19:19

      A Manolo González: Vamos allá, que no decaiga el arte. Gracias.

  • manuel nuñez Escrito el 24 marzo, 2013 14:57

    muy bueno

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