La valiosa herencia de ser digno

En los pueblos siempre se han sobrellevado las crisis económicas mejor que en las capitales de provincias, que en las grandes ciudades, quizás porque desde muy niño te enseñan a buscarte la vida y muchas personas saben coger espárragos, tagarninas, rebuscar aceitunas, garbanzos o papas. Si para algunos analistas esto es el regreso de la pobreza -sobre todo para quienes piensan que en Andalucía hemos vuelto a la peor miseria del franquismo-, para los que ya peinamos canas y somos más de campo que un olivo no es sino una valiosa herencia, el legado de nuestros antepasados. La pobreza se hereda igual que se heredan los cortijos, pero hay una clara diferencia: los hijos de los pobres heredan el sentido de ser dignos y mil formas de buscarse la vida y los hijos de los ricos la tranquilidad de poder vivir de la fortuna de sus padres, aunque no siempre ocurra esto. Sería bueno preguntarnos si no es más pobre el que hereda un lujo que no ha sudado, que el que rifa una maceta de espárragos en el pueblo para que sus hijos puedan seguir yendo a la escuela. No sé si fue Woody Allen quien dijo que el dinero es mejor que la pobreza, aunque solo sea por razones financieras. Para quienes nunca han nadado en la abundancia, el dinero es solo eso que siempre tienen los demás. Cuentan que un mendigo harapiento le pidió un dólar a Rockefeller cuando salía de su bloque de apartamentos de Manhattan. Después de darle el donativo, el célebre multimillonario le sugirió que lo invirtiera en ropa límpia. “Le agradezco la sugerencia -respondió el vagabundo-, pero, y perdone el atrevimiento, ¿le digo yo a usted cómo debe llevar sus negocios?”. Algo parecido me pasó una vez con un mendigo en el cruce de la Avenida de Andalucía con Ronda del Tamarguillo. Me pidió un euro y se lo di sin dudarlo, porque tenía cara de no haber desayunado. “Tómese un café, que le vendrá bien”, le dije. “No le quiero faltar al respeto, señor, pero por un euro no le voy a permitir que me diga lo que tengo que hacer con mi vida”, respondió el orgulloso indigente. Entonces, se me ocurrió que deberían tener unas tarifas con idea de saber lo que tenemos que darles para poder ayudarlos no solo con un euro para un café o una magdalena, sino con lo que hiciera falta. Mi vida no ha sido fácil y alguna vez he tenido que pedir ayuda, aunque nunca en la calle. Si me viera en la necesidad de tener que buscarme la vida limosneando optaría mejor por aprovechar la esplendidez del campo. Mi abuelo Manuel era un genio arreglando olivos, pero el día que llovía no trabajaba y el mallete no le pagaba el jornal. Como que la olla hirviera dependía en gran parte de sus ingresos, cogía un saco al amanecer y a la caída de la tarde aparecía por el pueblo con alguna liebre, un manojo de espárragos, un kilo de caracoles y alguna que otra tontilla cogida con trampas.

Palomares

Parte el alma ver a tantos jóvenes y no tan jóvenes pidiendo en las calles de un país gobernado por un bipartidismo corrupto. Pero lo que de verdad me duele es ver que no sean capaces de coger un saco y hacer lo que hacía mi abuelo Manuel y miles de personas de aquella época de tantas penurias económicas. El campo es de una generosidad increíble y siempre está ahí para ayudarnos a sobrevivir.  De hecho, los ayuntamientos deberían hacer talleres para que los jóvenes aprendan a distinguir una tagarnina de un cardillo y a saber cuándo es el tiempo de los espárragos y cómo hay que cortarlos para que vuelvan a crecer. A lo mejor no es tan progresista como aprender a usar correctamente un preservativo, pero les será bastante más útil si les falla el condón. Antes de que comenzara la crisis costaba ver en los pueblos a los esparragueros y las tagarninas se secaban en las cunetas al llegar la primavera. Daba pena ver tantas aceitunas en el suelo, debajo de los olivos, aunque a los pájaros les vinieran bien. Y olivos que se quedaban por coger, unas veces porque el precio de la aceituna era bajo y no merecía la pena recolectarlas, y otras porque interesaba más dejarlas para aceite. Pero en la actualidad se ve a muchas personas buscar espárragos, tagarninas o rebuscar garbanzos. Ha regresado el que rifaba la hermosa maceta de espárragos trigueros por los bares y el mercado del pueblo, y el que vendía higos chumbos o cabrillas. En la mayoría de los pueblos sevillanos las tierras pertenecían a cuatro terratenientes, pero en la actualidad hay muchas familias de clase media o condición humilde que tienen uno o varios olivares pequeños, de una hectárea o menos, que en pocas ocasiones venden cuando tienen problemas económicos, como ocurre ahora. Un familiar mío de Arahal tiene tres olivares pequeños con los que apenas puede sacar un sueldo diario, pero piensa que es la mejor herencia que puede dejarles a sus hijos. Y tiene toda la razón. Además, defiende que en caso de guerra o de una crisis aún más dura que la que vivimos ahora, el que tiene una estacada puede afrontarlas mejor que el que solo depende de un jornal. Los olivos dan aceitunas y la tierra suele ser generosa cuando se labra con sabiduría y cariño. Un pequeño huerto te abastece de verduras y la cría de gallinas, cerdos o conejos, de huevos y carne. El que le deja a un hijo un olivar le deja algo más que su valor económico; le deja la posibilidad de que llegado el caso pueda buscarse la vida dignamente y no dependa de que el cacique de turno le dé un jornal, como ocurría en la República, en la dictadura franquista y ocurre en la actualidad. Aunque soy hijo y nieto de jornaleros del campo -mis tatarabuelos lo eran también-, nunca he heredado otra cosa que no sean responsabilidades, dolores de huesos y fatigas. Pero he recibido una herencia muy valiosa, la dignidad de estar preparado para buscarme la vida si hiciera falta cogiendo espárragos, tagarninas o rebuscando habas. Sé limpiar olivos y hacer cisco y tengo la piel hecha al duro trabajo en el campo y fuera de él. Es otra herencia de mis antepasados, que aunque me apellide Bohórquez y sea pariente del célebre ganadero jerezano, mi abuelo solo me dejó una vieja tijeras de podar olivos.

 

 

 

 

 

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4 Comentarios

  • Manuel Escrito el 29 marzo, 2014 14:17

    Me identifico totalmente con tu escrito.Hemos caído en la trampa burguesa de decir” ya que yo he pasado tanto , no quiero que pasen por lo mismo mis hijos”. Con esta reflexión se lo ponemos en bandeja a la minoría egoísta e insolidaria que controlan el poder y los mercados.Hay que esforzarse en enseñar con el ejemplo a nuestros hijos lo que es la dignidad y buscarse la vida , con lo aprendido por nuestros mayores. Felicidades por tu sinceridad .

    • lagazapera Escrito el 29 marzo, 2014 15:15

      A Manuel: Gracia, Manuel. Eso no quita para que luchemos porque los jóvenes de los pueblos, de clase humilde, tengan la oportunidad de estudiar y de prosperar haciendo otros trabajos, pero en vista de cómo vamos, es de aprender a buscarse la vida, en lo que sea, es algo que no deberíamos dejar de lado. Buen fin de semana.

  • Carmen Arjona Escrito el 29 marzo, 2014 21:15

    Lo uno no quita lo otro. Se puede ser muy estudiado y también ser conocedor de las cosas del campo. Y si no rebusquen y verán que hay licenciados muy sabedores e instruidos en ambas cosas, aunque sean minoría.
    La cosa está en que no aparezcan los picoletos cuando estás por el campo recolectando aquello que la naturaleza ofrece y te hagan pasarlas morás por haber cogido lo que no debías, pues que cada vez hay más plantas protegidas y parece que tuvieran ojos en todos lados. Y si no haber quién se atreve a segar un manojo de manzanilla. Que las cosas ya no son como antes, en muchos sentidos.
    Saludos, gazaperos.

  • Lourdes S. M. C. Escrito el 30 marzo, 2014 22:49

    Qué bien escrita esta tu opinión sobre lo que ocurre en estos momentos de penuria para muchos y abundancia para unos pocos. Tu mirada se dirige a un aspecto que no por olvidado, es menos cierto y práctico. Es la vida de hace años, la que llevaba la inmensa mayoría de gente de este país y de casi todos. El campo, sus trabajos y sus recompnesas, de lo que vivían nuestros abuelos. Es cierto que vivir de él es mas re currente que hacerlo en grandes ciudades abarrotadas de gentes y problemas, por muchas comodidades, glamour y ventajas que tengan. Con una docena de gallinas, un cerdo y una vaca, y un cachito de tierra para sembrar patatas y tomates podría vivir una familia en caso de emergencia. Habrá que pensarselo un poco…

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