La ternura de los niños gigantes

Hace unos días apareció por mi casa un pichón de palomo que apenas se sostenía en pie. No les voy a decir aún cómo llegó a casa porque me tildarían de niño chico y, sinceramente, aunque cumplí los cincuenta hace ya media docena de años es algo que tengo más que asumido: apenas he crecido interiormente, sigo siendo un niño de diez o doce años. Desconozco el motivo, pero lo cierto es que no suelo actuar como un adulto en casi nada. A veces interpreto el papel de hombre curtido, con experiencia, que es capaz de sacar la mala leche, aunque solo sea eso, la interpretación de un papel que ni siquiera me gusta pero que es importante como autodefensa par sobrevivir en una sociedad que es demasiado cruel. El pollo es de color gris perla con las alas blancas, una preciosidad. Tiene una mirada que es la pura inocencia y me gusta cruzar la mía con la suya, con la de una criatura que desconoce todo lo que le rodea, que no lee periódicos ni ve la televisión y que no sabe lo que es la malignidad. Ni siquiera come aún solo, con lo que depende de mí para todo. Pía cuando tiene hambre y al abrir la caja de cartón para darle su ración de trigo comienza a batir las alas. Le lleno el buche de trigo grano a grano, con una paciencia y delicadeza que si las empleara en otras labores me iría mejor de lo que me va. Y aunque solo lleva dos días en casa, el pichón lo llena ya todo, es como si hubiera entrado un rayo de vida por una de las ventanas. Entre él y Surco, mi pastor ovejero, se encargan de reponer la ternura que se me ha ido yendo con los años, aunque me haya esforzado en retenerla, porque si dejamos que se vaya del todo estamos totalmente perdidos.

Pichón

Hace muchos años crié otro pichón de palomo mensajero, de color blanco, que se quedó sin madre por el disparo de un cazador. Tenía solo días y le tuve que dar de comer con una jeringuilla. Pero salió adelante y se crió en casa como un gatito, andando todo el día por el salón y las habitaciones. Cuando creció y empezó a volar se iba del corral y a veces tardaba horas en volver. Me encantaba subirme a la azotea y ver cómo surcaba el cielo de Palmete detrás de las palomas, blanco como una patena y con un vuelo elegante y ágil. Una mañana, al levantarme, descubrí que no estaba en su jaulón y me extrañó, porque siempre aguardaba mi llegada para que le echara de comer y le abriera la puertecilla. Estuve todo el día esperando su llegada, pero anocheció y no apareció. Palmete ha sido siempre un barrio con mucha afición a los palomos de competición: marcheneros, colillanos, jerezanos y valencianos. Pensé que habría caído en alguna trampa de alguno de estos aficionados, seducido por algún pica adiestrado para robar palomos. Pasadas algunas semanas, y viendo que no regresaba a casa, decidí ir al mercadillo de la Alfalfa, donde iban los palomeros de todos los barrios y pueblos de Sevilla a vender su mercancía. Nada más entrar sentí cómo un palomo piaba con fuerza y en seguida reconocí aquella manera de llamar. Era mi palomo que me había visto y que se mataba en la jaula para salirse. Le dije a su sujeto que era mío y le pedí que me lo devolviera, pero se negó. Ni siquiera quiso vendérmelo, porque solo se dedicaba a cambiar unos palomos por otros. Pero en un descuido, le abrí la puertecilla de la jaula y mi palomo salió de ella como una centella. Aturdido por el gentío, se encaramó en el pico más alto de la Parroquia de San Isidoro y desde allí me buscaba con la mirada entre tanta gente, girando su cuello muy nervioso, como un águila ratonera. Algo lo espantó y salió volando de nuevo, perdiéndose entre los tejados de San Esteban confundido entre los vencejos. Tuve un pequeño disgusto con el palomero, que se arregló con mil pesetas. Me fui de la Alfalfa apenado, verdaderamente triste, porque no sabía qué iba a ocurrir con mi palomo. Pero cuando llegué a mi casa de Palmete, estaba en la azotea. Mi palomo blanco, de vuelo ágil y elegante había encontrado el camino de vuelta a casa, con ese increíble sentido de la orientación que tienen los palomos mensajeros. Estaba dentro de la jaula, arrullando, dando vueltas, celebrando el reencuentro. Pero la felicidad no duraría mucho, porque una mañana, como teníamos en casa una perrita que había parido y amamantaba a sus cachorros con un mimo estremecedor, el palomo se acercó a la canasta y la mamá perra, quizás creyendo que le iba a hacer daño a sus retoños, lo mató de un mordisco en la cabeza.

Nunca más volví a criar palomos. Sin embargo, la pasada semana conocí a un palomero de Mairena del Alcor y le pregunté que si tenía pichones. Me dijo que sí y que estaba dispuesto a darme uno, el que quisiera y cuando lo deseara. Y así fue como hace unos días decidí adoptar al hermoso pichón que ya vive en casa y que alegra las mañanas con su piar pidiendo que le llene el buche de trigo y que le acaricie su cabeza aún privada de plumas. Como vivo solo en una casa grande, de pueblo, con cochera y patio, el nuevo inquilino estará en ella hasta que un día decida volar e irse con sus congéneres. Nunca le cortaré las alas. Mientras decide si irse o quedarse para siempre, el palomo será el nuevo rey de la casa, espero que en leal competencia con Surco. Todavía no sé muy bien por qué he tenido la necesidad de adoptar al pichón. Quizás por ese niño que sigue viviendo en mí y que es demasiado sensible para entender lo que pasa cada día en el mundo, gente que se cita para matarse a palos por unos colores futbolísticos o ideológicos, madres que ahogan a sus hijos, machos ibéricos que matan a sus parejas o enfermos que cuelgan a los galgos de un olivo cuando ya no son capaces de ganarles la pelea a las liebres. No hay mayor maldad que hacer que un animal te ame para luego matarlo o abandonarlo a su suerte en alguna carretera, y eso ocurre a diario en España, donde manifestarse pacíficamente por una buena causa tiene a veces mayor castigo que maltratar a un indefenso animal por el puro placer de lastimar.

Mi perro me conoce mejor que nadie, creo que es el único ser vivo de la tierra que sabe cómo soy y que me acepta con mis defectos y con mis virtudes. Cuando me levanto por la mañana y voy a abrirle la puerta para sacarlo al campo me recibe siempre como si llevara siglos sin verme. Y cuando llego por las noches, de la calle, de tomar una copa o de trabajar, nunca me pregunta que de dónde vengo ni con quién he estado. No me riñe cuando fumo o abuso del ordenador o la televisión. Tampoco se preocupa cuando el banco me notifica mediante una carta que haga algún ingreso para atender al pago de recibos. Eso sí, a veces me huele los pantalones, quizás temiendo que alguna perra me pudiera haber enredado.

Con el paso de los años los seres humanos vamos ganando en algunas cosas y perdiendo en otras. Pero no me gustaría perder nunca la ternura de los niños gigantes.

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1 Comentario

  • José Luis Escrito el 6 diciembre, 2014 21:01

    Grande tu amor por los animales, y magnifica tu persona. Ojalá que esa ternura de los hombres que nunca dejan de ser niños se extienda y que estas lecturas sean capaces de mover a ello. Enhorabuena.

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