La rebelión de los caracoles

A Pilar Fuertes

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Muy pocos saben que soy un buen cocinero, además de un comilón sin fácil arreglo. Esto lo sabe más gente. Descuartizar un pollo o limpiar una merluza es algo que me gusta tanto como escuchar unas soleares de Tomás Pavón o leer a Cortázar tumbado bajo un frondoso árbol. Cuando era niño le pedía de rodillas a mi madre que me dejara ayudar en la cocina, pero se negaba en rotundo con el retrógrado argumento de que iba a ser el cachondeo de los vecinos. “Van a pensar que eres mariquita”, dijo alguna vez. Nunca me dejó hacer ni un maldito huevo pasado por agua, sobre todo en Palomares. Cuando tuve que irme a vivir solo por circunstancias de la vida, confieso que pasé las de Caín con los peroles y las ollas. El primer día se me ocurrió hacer una olla de caracoles. Compré los babosos en el mercado de abastos de Marqués de Pikman y los dejé dos días comiendo hinojo y harina, que es lo que se suele hacer para que suelten la tierra a través de la caca. Mi generosidad en la alimentación consiguió que defecaran más de la cuenta y la cacerola desprendía un olor infernal que percibieron todos los vecinos del bloque. El siguiente paso fue lavarlos muy bien con abundante sal y vinagre y ponerlos en el fuego para que asomaran los cuernos, animados por la suave luz de la campana. Les puse un fuego muy lento y bajé a comprar las especias para hacer la muñequilla. Tardé una hora, como mínimo, porque me encontré con un viejo amigo y nos tomamos unas cañas. Cuando llegué a casa y abrí la puerta descubrí atónito que había caracoles hasta en las lámparas y que se habían organizado en guerrilla para aniquilarme, supongo que en venganza por intentar hervirlos vivos. La mayoría de ellos tenían los cuernos retorcidos y algunos se hacían el boca a boca. Los bichos estaban por todo el piso y comenzaron a pegarse a mi cuerpo: en las piernas, en los brazos, en el cuello. Los más aguerridos taponaron mis fosas nasales y otros acabaron en la garganta. Cuando comencé a entrar en esa especie de túnel con luz cegadora que suele verse a las puertas de la muerte, desperté de la horrible pesadilla empapado en sudor y estaba tendido en el sofá a la espera de que los moluscos asomaran del todo los pitones para aumentar un poco el fuego y conseguir engaitarlos como mandan los cánones de la gastronomía sevillana. Entré en la cocina y cuál no sería mi sorpresa al comprobar que los caracoles se habían escapado por la ventana y me habían dejado una nota pegada con un imán en la puerta del frigorífico: “¿Pero tú no eras crítico de flamenco, Arguiñano de pacotilla?”

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4 Comentarios

  • paco de cai Escrito el 4 febrero, 2013 11:48

    Y yo que tenia la intención de proponerte para el programa del Canal Sur “Entre fogones” porque se que te gusta la cocina y comer creo que tiene buen gusto, pero por lo bueno, creo que a ti te gusta más el jamón de Jabugo que el de Tres Velez y el de Jabugo que sea de las cincos JJJJJ haber si me invicta un dia al comer conejo de campo con arroz que es tu especialidad, como tiene tanta amistad con ellos. y aprende a cocinar los caracoles.un saludo flamenco pero acaracolado de la Alameda

    • lagazapera Escrito el 4 febrero, 2013 13:05

      A Paco de Cái: Te invitaré un día a comer conejo de campo, a ver qué tal. Por cierto, ya he leído tu libro y me ha encantado. Le leí algo a mi madre y le gustó mucho. Y mis hermanos también lo han leído y les ha gustado mucho. No sabes cuánto te agradezco el detalle, amigo. Un abrazo.

  • paco de cai Escrito el 4 febrero, 2013 18:42

    Sobre el libro te digo que fue una edición muy corta pues solo se hizo 2 volumenes el tuyo y el mio pero si tu tuviera algún compromiso se puede hacer una segunda edición porque lo tengo todavia en archivo. Manuel muchas gracias por tu invictación, pero tu sabe que hasta mayo no puedo, que es cuando venga mi hijo de Alemania y quiero enseñarle esos pueblos tan bonito de esa campiña. Un abrazo

  • Felipe M. Chica Escrito el 6 febrero, 2013 09:21

    A Paco de Cai: Sí señor, eso es sentido del humor. Enhorabuena

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