La noche que pretendí a la infanta Cristina

Hoy voy a confesar que fui hace muchos años pretendiente da la infanta Cristina. En una de sus muchas visitas a Sevilla, que ella paraba junto a su familia en una finca de la Sierra Norte, pasaba yo por la puerta de dicha finca y la vi jugando con un precioso perro pastor alemán. Como me suele ocurrir cuando veo a un perro decidí acercarme a ella para acariciarlo y preguntarle que cómo se llamaba el precioso can. Nos miramos a los ojos y nos dimos cuenta enseguida que había empatía, que nos gustábamos. Me preguntó que si era de sangre azul y le dije que no, que era tan roja como una amapola, pero pareció darle igual. Me presentó a su padre, el Rey, y creo que le caí bien. Yo estaba que no cabía de gozo, a pesar de que soy republicano de izquierdas. Se lo confesé y me dijo que le daba igual. Yo tenía aquel día el guapo subido -raro en mí, que lo tengo siempre por los suelos- y se ve que a la muchacha se enamoró de mí a simple vista. Y yo de ella, claro, porque estaba tan guapa que mareaba. Cuando me preguntó que en qué trabajaba y le respondí que era oficial de albañil se quedó un poco cortada, pero enseguida me dijo que si entraba en la Familia Real podría llegar a contratista, por lo menos, en pocos meses. Y cuando más feliz estaba, casi a punto de besarla para acabar de enamorarla, mi madre gritó desde la cocina: “¡Manolito, que son las siete y media y vas a llegar tarde al trabajo!”. Me desperté con una cara de gilipollas que no se lo podrían ni imaginar y cogí tal cabreo que estuve varios días sin hablarle a mi madre. Fue un sueño tan Real que aún no se me ha olvidado. Y es que yo cuando sueño, como soy un romántico de los de antes, lo suelo hacer a lo grande.

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