La felicidad es un pestiño

Cuando dejamos de hacer locuras no es que estemos más centrados que cuando las hacíamos de más jóvenes. Es solo que los años nos acobardan. O será que pensamos más las cosas antes de hacerlas, sean locuras o no, por eso que llamamos madurez. Estamos educados en el miedo, es algo que nos pegan en la piel al nacer. De tal manera que hasta puede llegar a aterrarnos el hecho de sentir el miedo. Por otra parte, lo que puede parecernos una locura a lo mejor no lo es, pero así está establecido por quienes fijan los valores, las locuras y las corduras. ¿Es acaso una locura hacer lo que te diga el corazón? ¿Es de locos, acaso, querer ser feliz por ti mismo y no depender de la felicidad que pueda darte alguien que te la echará en cara cuando te vayas de su vera? “Devuélveme el rosario de mi madre”. ¿Recuerdan la copla? Es imposible definir la felicidad cuando se está triste, porque no existe en tu alma. Lo mismo que no se puede definir la tristeza cuando se está feliz. Por otra parte, la felicidad no es siempre un sentimiento, a veces es una decisión. Es como algo que está en un cofre y tú tienes que decidir si abres o no ese cofre. Nadie te hace feliz, por mucho que te quiera, si tú has decidido no serlo o esperas esa felicidad tan deseada que ni siquiera sabes cómo es. La felicidad cuesta menos que un pastel y es mucho más dulce. Esta tarde he sido feliz unos minutos, solo unos minutos, devorando unos pestiños que, además, eran regalados. Si me hace feliz un humilde pestiño, es que tengo capacidad para serlo. Mañana, cuando se me pase el pelotazo que me han dado en el estómago los putos pestiños, reflexionaré sobre esto. Ahora solo pienso en encontrar un Omeprazol. Ahí puedo encontrar la felicidad.

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