La cuba de escombros

Tendría unos 17 años cuando una mañana me encontré una bolsa llena de libros y cuadernos con apuntes en una cuba de escombros. Era entonces un albañil que prometía y en mi casa solo había un libro, el de Familia, algunas novelas del Oeste de mi abuelo y otros cuantos tebeos míos y de mi hermano. Era prácticamente un analfabeto, uno de tantos de aquellos años, los setenta. Los libros hallados eran de alguien que había estudiado Filosofía y Letras por correspondencia, que una vez utilizados arrojó a la cuba de escombros. Y allí encontré a Platón, Sócrates y otros grandes pensadores clásicos. A poetas como Lope de Vega y Góngora y a músicos como Falla y Turina. Estuve algo más de un año leyendo a estos ilustres hombres de la humanidad y me hice amigo de ellos. Entonces, me entró un hambre de cultura que no podía parar de devorar libros de filosofía, novelas clásicas, biografías y poesía. Pasé de ser un adolescente embrutecido, sin apenas cultura -solo la que había adquirido de la vida-, a ser un hombre sensible que, además, quería escribir y había encontrado los medios en una cuba de escombros. Cuento todo esto porque de eso hace ya casi cuarenta años y a veces hablo con jóvenes que están desanimados ante la falta de oportunidades y posibilidades de estos tiempos. Es preocupante, sin duda, y tenemos que luchar para que eso cambie. Pero quiero decir que cuando algo nos gusta y nos apasiona, cuando tenemos ilusión, siempre hay que luchar para conseguirlo. Nadie te regala nada y menos aún en mis tiempos. Los sueños no se hacen realidad tirando la toalla. Y menos con veinte años.

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