Juro que alguna vez fui feliz

Sin duda alguna uno de mis grandes placeres es la comida. Si por algo merece la pena vivir es por disfrutar de un buen guiso casero acompañado de un buen tinto y una hogaza de pan de pueblo. No me refiero al placer de ir a un restaurante a que me sirvan una lubina a la sal o una buena chuleta de buey. Almorzar en casa dos huevos fritos con cebolla es algo que me atrae tanto como lo anterior. Huevos de gallinas de corral criadas con maíz, trigo y el clásico desperdicio de la casa. Los de granja tienen más mala cara que los pollos de Simago y sueltan tanta agua que tienes que echarlos al perol desde lejos. El primer mesón que se abrió en Palomares del Río, que recuerde, lo montó Farina, que no tenía nada que ver con el famoso cantaor salmantino de Vino amargo. Estuvo justamente en la calle donde hoy está La Truja, entre las calles Iglesia y Clavel. Era un local pequeño, bonito, acogedor. Creo recordar que con una preciosa chimenea de ladrillos bastos. Se podía comer de todo, desde guisos caseros hasta chacina del propio pueblo, pero recuerdo con verdadera añoranza culinaria sus célebres albures fritos, que costaban una peseta la unidad. El albur es un ciprínido que abunda en el río Guadalquivir y que en pueblos como Coria del Río, sin ir más lejos, es fundamental para atraer a los visitantes los fines de semana. Se puede comer a la parrilla o frito, adobado o sin adobar. Farina los ponía fritos y tuvieron un éxito extraordinario, porque no todos los palomareños podían permitirse en aquellos años tan difíciles comer merluzas, pescadillas o pijotas. Las únicas merluzas que se vieron en el pueblo en aquella época eran las que cogían ciertos vecinos, que se emborrachaban con gran facilidad y complacencia, aunque sin causar graves problemas. Pero un buen plato de albures fritos, con una botella de mosto de Umbrete y un bollo calentito, estaban al alcance de cualquiera. A veces nos juntábamos algunos de la pandilla, elegíamos una buena mesa y nos poníamos morados de comer albures fritos. Como teníamos cerca la panadería de Cristóbal, que estaba frente a la iglesia, comprábamos bollos recién sacados del horno y cenábamos como auténticos marqueses. Muchas veces no disponía de la peseta para el albur pero sí de crédito en la panadería, y el pan era casi siempre mi aportación a la velada zampona. Mi madre nunca me riñó por pedir fiado en la panadería porque era muy buena pagadora y no había problemas. Además no la engañaba nunca. Mi hermana Loli, en cambio, que era muy golosa, dejó fiada una vez una onza de chocolate en El Molino. Cuando mi madre le pidió explicaciones dijo que ella no había sido, que había sido mi hermano Antonio. No hubo manera de hacerla confesar el delito, a pesar de los avanzados sistemas de tortura de mi hermano: el retorcimiento de brazos o el tirón de pelos. De eso hace ya cuarenta y tantos años y aún no hemos logrado que diga quién pidió fiada la onza de chocolate, con lo que ya se pueden hacer una idea del material que está hecha la cabeza de mi hermana Loli.

En esta humilde casita de Palomares del Río me crié.

En esta humilde casita de Palomares del Río me crié.

Esto demuestra lo escasa que estaba la comida entonces, sobre todo los dulces, las chucherías, los caprichos. Aún no se me ha olvidado cuando se murió de un infarto el mulo de Martos y corría la gente de Cuatrovientos con cubos de plástico y navajas barberas para descuartizarlo en el campo, aún caliente el animal. ¡Carne de mulo! Sin saber de qué había muerto, dejaron al pobre cuadrúpedo en los huesos en una hora, y hubo carne de bestia de carga en la mayoría de las casas de Cuatrovientos. Pero no morían mulos todos los días. Afortunadamente, porque son animales de gran nobleza. Teníamos una vecina que vivía sola, Rocío la del Loro, y la pobre mujer las pasaba moradas. Recuerdo que una mañana hablaba con mi madre de lo mal que estaba la vida, y le dijo la menesterosa anciana: “¡Ay, Pepa, si al menos se muriera un mulo una vez al mes!”. Recuerdo ahora la cara de aquella vecina diciendo eso y me dan ganas de llorar. Cuántas necesidades en aquella pobre gente. Sin embargo, el recuerdo que tengo de Cuatrovientos es el de personas felices, de gente que cantiñeaba casi todo el día y que llevaban a sus hijos al colegio para que se hicieran hombres y mujeres de provecho. En invierno siempre había una candela, en la que todos se calentaban y cuando se quedaba el rescoldo, cada vecino acudía con su copa y una pala para aliviar el frío de las noches. Los niños asábamos cabrillas, caracoles y gorriones en las ascuas y éramos siempre los últimos en meternos en casa. Sabíamos tan poco que ni siquiera sabíamos que éramos pobres de solemnidad. Y cuando alguna vez nos quejábamos por algo siempre había alguna persona mayor que te decía: “Tendrías que haber nacido en mi época. Aquello sí que era pobreza”. Mi abuelo Manuel me vio tirar una vez una cáscara de plátano en el campo, cuando hacíamos cisco, y me puso firme: “Que sepas que yo he visto matarse a dos hombres por eso que tú acabas de tirar”. No sé por qué estoy contando todo esto. Seguramente porque estoy tan harto de todo que regreso inconscientemente a la infancia para recordar una época en la que apenas dormía esperando a que un rayo de sol entrara por la ventana y me animara a levantarme y a buscar la felicidad en el simple vuelo de un pájaro o en ver correr a una liebre por los olivos de El Majano.

 

 

 

 

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7 Comentarios

  • José Alcántara Escrito el 2 noviembre, 2013 13:48

    Maravilloso relato. Enhorabuena, Manuel, eres genial.

  • Emilio P Escrito el 3 noviembre, 2013 10:38

    A todos los niveles habia pobreza,amigo Boh
    orquez,si no económica espiritual y hasta psiquica.Sólo se salvaban la aristocracia,amigos del régimen y clase alta seleccionada.El pueblo era una masa humana,una “barahúnda” que sólo tenia epidermis,mientras menos en el reparto y en atenciones mejor,era el sobrante del frente,los no caidos y sus familiares,carecian de derechos y su silencio contribuyó sin saberlo a la paz y al asetamiento dictatorial.Un abrazo

  • Luis Pérez Escrito el 3 noviembre, 2013 18:08

    Me ha dejado tocado tu relato, Manolo. Es necesario que alguien nos recuerde de cuando en cuando que la felicidad debemos buscarla en nuestro interior y que las cosas más sencillas pueden recordarnos que aún estamos vivos. Pasamos por una época triste y teñida de desesperanza, sin gracia. Pero siempre hubo tiempos peores y no por ello las personas dejaron de luchar por una vida mejor. Y por el camino, algunos supieron disfrutar de “aquellas pequeñas cosas” a las que se refería Serrat. No es la meta lo que importa, sino la dicha del día a día por intentar alcanzarla.

    Un abrazo,

  • José Luis Escrito el 3 noviembre, 2013 23:41

    …”uno de mis grandes placeres es la comida” pues si, antes fueron otros y además este, pero hoy, a esta edad, se complace uno más en aliñar las aceitunas que al final acaba regalando, desalar un poco de bacalao y meterlo en aceite, y como no, degustar unos buenos chícharos de mi Reyes. Disfruto poco de los restaurantes si no fuera por la convivencia de algún acto; soy más de sitios señalaítos y a los que no haré publicidad aquí. Y sobre los albures, que los mejores los preparaba mi tío Añoño, el último pescador que quedó en Triana; les hacia un par de cortes en los lomos y los metía en adobo. En Coria todavia se puede comer en contados sitios. Lo del mulo, impagable.Y de postre, la onza de chocolate. Un saludo, querido Manuel.

  • Antonio Jiménez Escrito el 18 noviembre, 2013 06:17

    Buenos días, me encanta leer todo aquello que cuentas de mi pueblo de Palomares del Río. Todas las personas de las que hablas, las conozco a pesar de mi edad (35 años). Recuerdo el bar de Farina en la Avda de Coria, pero no en la calle Cortinales aunque he escuchado hablar de él.
    Un saludo Manolo. Un placer leer tus relatos.

    • lagazapera Escrito el 20 noviembre, 2013 14:46

      A Antonio Jiménez: Encntado, amigo. Y muchas gracias. Seguiré contando cosillas de nuestro pueblo.

  • María Escrito el 14 enero, 2014 12:36

    Me encantan estos relatos, gracias por compartirlos

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