Jipíos en la Academia de la Lengua

A Don Ramón María Serrera, académico y flamencólogo

No quiero abusar de los artículos sacados de las hemerotecas del mundo, pero en ocasiones encuentro joyas como el publicado en el Heraldo de Madrid el 6 de junio de 1930. Se ocupa del día en que en la Real Academia de la Lengua Española aprobaron la palabra “jipío”, relacionada entonces con el cante jondo. Célebres académicos sevillanos como Francisco Rodríguez Marín y los hermanos Quintero, serían los que propusieron cambiar “hipido” por “jipío” y el periodista, que firmaba con las iniciales J.S.V, se despachó con este artículo cargado de sarcasmo y también de gracia, que todo hay que decirlo. Me encanta cómo escribían los periodistas de antaño, de los que intento aprender. Aunque este tío tenía un tufo antiflamenquista de mucho cuidado.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, la palabra jipío es la forma andaluza de hipido. Significa grito, quejido, lamento…, que se introduce en el cante flamenco.

No pierdan el más mínimo detalle:

FORJEMOS EL IDIOMA

Cante “jondo” en la Academia de la Lengua

¡Es sencillamente maravilloso! El cante jondo amenaza con la conquista del Mundo. Ese arte, inferior, en opinión de una aplastante mayoría, residenciado hasta hace poco en los rincones de las “tascas” clásicas o en los camarotes de los “colmaos”, da un salto súbito, se encarama a los escenarios, penetra en las fiestas aristocráticas, capta para su admiración a embajadores y personas reales, cruza el Atlántico como un “recordman” más y señorea sus lamentos en los teatros cubanos, mejicanos, argentinos… ¡Diablo con el cante jondo! Pero todo esto, con ser mucho, no es nada comparado con lo que logró ayer, y que abre a los flamencos un dilatado campo de insospechables posibilidades, porque ayer el cante “jondo” traspasó los umbrales de la Real Academia de la Lengua. Ayer los muy respetables señores que componen la docta corporación, presididos por el señor Menéndez Pidal, anduvieron de “jipíos” hasta las nueve de la noche.

Se discutió, se aprobó y fue al Diccionario con carácter definitivo la palabra “jipío”, y suponemos que la discusión daría origen a amenos incidentes: Por ejemplo: el Sr. Menéndez Pidal, cuya sabiduría y competencia en materia de “polos”, “cañas”, “serranas” y “javeras” nos permitimos poner en duda, diría muy serio:

-Señores: el jipido…

Un hermano Quintero, al paño:

-“Jipío”, señor presidente, “jipío”

-El “jipío” (¡caray!, cómo se me resiste), ese lamento prolongado con que comienzan las canciones denominadas “soledades” y “seguidillas” gitanas.

El otro hermano Quintero:

-Perdón, señor presidente, “Soleares” y “Seguiriyas”. Para decir “seguidillas” y “soledades”, bien estamos con el “hipido”, que ya tenemos en el Diccionario.

El Sr. Amezna consulta, por lo bajo, con el Sr. Rodríguez Marín:

-Diga usted, don Francisco: ¿son “soledades” eso que cantan por ahí y que, si mal no recuerdo, comienza: “Mi caballo murió…?

A D. Francisco le tiemblan las barbas de un exceso de risa, y dice, con vocecita ronquita:

-No, hombre; ¡por Dios! Eso es una canción paraguaya; ¿paraguaya? ¡No! Me parece que no, Claro que yo, en folklore americano, estoy pez. Una “soleá” es ésta:

Y con su mijita de estilo se apunta por lo bajinis:

“Toíto se tiene que acabá:

académico de número

van a hasé al regioná”.

¡Ole! –gritan, unánimes, sin poder dominarse, los hermanos Quintero. Y el “jipío” pasa, glorioso y triunfador, a ocupar el puesto que de derecho le pertenece en la página correspondiente del Diccionario.

¡Ilustre Cepero! ¡Te veo sentado en el primer sillón que vaque en la Academia!

Después de todo, tú, al fin y al cabo, eres “el poeta del cante jondo”, y puede que haya algún académico con menos motivo.

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