Incompatibilidad de caracteres

Fui un niño asustadizo, timorato, quizás demasiado sensible para convivir con la maldad y la dureza que siempre nos rodea de una u otra manera cuando somos niños. Soñaba siempre con monstruos que yo mismo inventaba, como si quisiera auto castigarme por no ser aplicado en el colegio o desobedecer las órdenes maternas. En casa creían que no alcanzaba a comprender ciertas cosas, pero nadie pensó nunca que a lo mejor alcanzaba a entender más allá de lo comprensible en niños de mi edad. No era dese luego un niño prodigio, un ser de una inteligencia sobrenatural, pero siempre supe que mi sensibilidad no era muy común. Podía llevarme horas mirando un pájaro posado en la rama de un olivo o contemplando cómo los rayos del sol dibujaban sorprendentes figuras doradas en una laguna, como una pelea de estrellas en el agua. A los niños como yo, que siempre andábamos en las nubes, se nos tildaba de raros, o directamente de tontos. Y no éramos ni raros ni tontos, sino especiales, extremadamente sensibles. Tengo 56 años, mido 1.90 y peso algo más de cien kilos, pero aún no ha muerto aquel niño que solo entendía lo que quería entender, que rechazaba la disciplina en casa y en el colegio y que se enfadó con Dios porque descubrió muy pronto que solo creía en lo que podía abrazar, sentir, tocar. Siempre he vivido a gusto con ese niño en mi interior, sin problemas, aunque me haya dado más de un disgusto. Sin embargo, estoy descubriendo ahora que ha llegado el momento de acabar con aquel niño o que el niño acabe con el adulto que soy o aparento ser. Somos ya incompatibles. Quiero decir con esto que estoy hasta el gorro de que no me entienda nadie, o casi nadie. De ver cómo se me va la vida sin haber logrado vivir como quiero vivir. De pensar siempre en los demás y no en mí y de decidir yo mismo si quiero seguir siendo aquel niño que vivía en las nubes o un adulto que no ha logrado aún encontrar el camino de la felicidad.

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