Esos periódicos manchados de manteca colorá

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Como el ser humano es un animal de costumbres, algunos somos fieles a ellas y el que más y el que menos lleva media vida con el mismo barbero, el mismo cantinero y el mismo hombro en el que llorar. Uno se acostumbra a que te haga siempre el cuello alguien de confianza, el barbero de tu pueblo que además de pelarte te dice que tienes una cana argentina que enloquece a las maduritas y que siempre te aconseja que no te eches un tinte, sobre todo si tienes la cara como un mollete de Marchena y corres el riesgo de parecerte al presentador de El cascabel al gato, que parece que le echan el tinte con una fumigadora. Nos gusta el mismo tabernero porque mide bien el ligaíto de aguardiente y el pique de los caracoles, y porque siempre aliña las papas cocidas con el mismo aceite de oliva y el mismo perejil. Ese bodeguero que te recibe cada mañana como si fueras de su familia y que te pregunta que cómo has dormido. Sin embargo, de un tiempo a esta parte estoy viendo cómo cambian de periódico, y es algo que no entiendo. Tanto en las barberías como en las tabernas. Te acostumbras a leer el diario en el que te ves reflejado, que mima a tu equipo de fútbol, aunque esté en segunda; que le atiza sin piedad al presidente del Gobierno y en el que escribe tu columnista preferido, y cuando ya no puedes vivir sin él llegas una mañana y te lo han cambiado por otro que maltrata a tu equipo de toda la vida, elogia los recortes de Rajoy y los columnistas escriben loas insufribles sobre personajes que te la traen al fresco. Si nos tienen que dar la información pasada por la zaranda, que sea tu periódico de siempre, ese con el que has crecido. Para los que no vamos los domingos a misa, lo de desayunar en nuestra taberna favorita y leer el periódico del día es algo sagrado, porque, como dijo un conocido Nobel de Literatura francés, la lectura matinal de tu diario es como la oración del hombre laico.

También es verdad que un periódico no cuesta tanto y que todos deberíamos comprar uno al día, sea el que sea, como mínimo, como compramos el paquete de cigarrillos o nos tomamos la cervecita o el mosto. Pero te acostumbras a leer el tuyo en tu taberna o barbería favoritas y ya no puedes vivir sin leer las páginas manchadas de maneca colorá o de brillantina, cuando no con olor a sardinas arenques o aserrín mojado. Y a todo esto, ¿qué debemos hacer si una mañana llegas a desayunar y ves que te han cambiado el periódico? No por uno de la misma cuerda, sino de la otra, y de tu tierra. Y te preguntas qué leches hace un diario de Madrid con capital extranjero en tu taberna preferida, la de tu pueblo, donde los del campo entran con las botas llenas de barro y la gorra encasquetada hasta las orejas, después de haber dejado el galgo amarrado en la puerta y la moto echada sobre una farola. Te cambian el menudo de Capote o la morcilla de Montellano por el cocido madrileño de Lucio y le metes fuego a la tasca, pero hacen lo propio con el periódico de tus entretelas y te pasas al otro bando como un maldito mercenario al servicio de la globalización informativa. Y te preguntas medio despavorido qué hace tu vecino leyendo un periódico de Madrid que solo se ocupa de Andalucía para tratar asuntos como el paro, la corrupción y el analfabetismo infantil, como si no fuéramos capaces de hacer buen cine, buen teatro y buenos festivales de música, de aportar nuevos talentos al mundo de la ciencia o de organizar eventos de relevancia internacional con la misma eficacia o más que en cualquier otra comunidad.

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Me gusta vivir en un pueblo porque en sus tabernas suelen ser siempre fieles a los mismos proveedores del mosto del Aljarafe y el jamón serrano, los pésames se dan todavía en la casa del difunto y el barrendero te devuelve los buenos días porque no suele llevar puesto el auricular del móvil. Es maravilloso hacer la compra en los pequeños comercios, adquirir el pan recién sacado del horno y la carne y el pescado frescos, sin envases al vacío, donde, además, si te han bloqueado la tarjeta de crédito jamás te van a decir el dependiente o la dependienta que dejes el choco donde estaba, y al tabernero puedes decirle que te apunte el mosto en la barra de nieve –mejor si es en agosto–, algo que no puedes hacer en las cafeterías de los grandes almacenes, en las que a veces te piden el dinero antes de tomarte el café por si te lo tragas y en un descuido sales por patas, sin hablar de cómo te clavaría su mirada el guardia de seguridad del local si te diera por hacer compás con los nudillos en la barra de acero y de cantiñear por lo bajini los tangos del Titi de Triana.

Las ciudades y pueblos grandes hacen un gran esfuerzo por tener sus propios medios de comunicación, descentralizados, sobre todo sus periódicos, que son los que se ocupan de verdad de los asuntos de interés más allá de lo que ocurra con Tomás Gómez en la Comunidad de Madrid o con la familia Pujol en la de Cataluña. Los periódicos de tu ciudad o de tu pueblo son los que te informan sobre lo cercano, sobre lo que te afecta y te duele, los que te cuentan cómo va tu equipo de fútbol o qué hacen esos modestos artistas locales a los que nunca sacan en las televisiones o ponen en las primeras páginas de los grandes diarios nacionales porque andan demasiado liados con las fiestas de Ronaldo o los negocios poco claros de Monedero. Me repatea ir a comprar mis periódicos de toda la vida, los de Sevilla, y tener que buscarlos debajo de los de Madrid como si buscara calcetines de ocasión en las rebajas de los grandes almacenes, que siempre están debajo de todo. Igual que me repatea ir a la pescadería y que las caballas o las bacaladillas de toda la vida estén medio escondidas para que luzcan más las lubinas y las doradas de piscifactorías, que al meterlas en el horno sudan tanto como lo haría un oso polar en el desierto de Almería jugando un partido de padel con un canguro a las cuatro de la tarde.

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La información digitalizada, que dicen que es más barata y ecológica, y, desde luego, más inmediata y fácil de consultar, amenaza seriamente a los periódicos de papel y si acaban desapareciendo nos veremos en las tabernas de los pueblos cada uno con su tableta digital manchada de manteca colorá y con olor a vino peleón. El tabernero cambiará la clásica tiza en la oreja por una antena wifi y el menudo de Capote te lo venderán envasado al vacío, con código de barras y un dispositivo electrónico que te avisará de que te abstengas si tienes alto el colesterol. Y cuando eso llegue, que llegará, nos acordaremos de cuando íbamos a una taberna a desayunar y el vinatero te ponía una tostada con aceite del pueblo, el cacharro de manteca casera, el platito de ajos pelados y el periódico de tu tierra mientras en la radio con ropita de encajes una voz te decía que lucía un sol espléndido en los pueblos y barrios de Sevilla.

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