¡Eres un guapazo, que lo sepas!

Tenía mucha fe en que el año nuevo que ya disfrutamos –es un decir– fuera el de mi despegue definitivo como periodista de oficio, que no de licenciatura, y escritor de historias ajenas al flamenco, con ese libro que acabo de publicar, Cuatrovientos, en el que narro mi infancia en Palomares del Río. De la calle Cuatrovientos/ ya no queda ni el recuerdo/ de lo que fueron mis sueños. Esperaba también que este año le pudiera volver a hacer la corte a alguna mujer, quemando el último cartucho antes de que este preámbulo de la senectud en el que ya vivo me mande irremisiblemente al garaje. Pero si acaban por decreto con el piropo, como parece que va a ocurrir muy pronto, lo tengo más que crudo. Los tímidos no somos mucho de piropear a las mujeres y reconozco que soy extremadamente retraído ante ellas. Tuve que solucionar este grave problema y en vez de piropearlas en la calle les escribo soleares. Escribiría en tu cuerpo/ una soleá de Cádiz/ de tres o de cuatro versos. Y caen rendidas ante mis hechizos retóricos. Ni siquiera cuando era calicatero y abría zanjas en las calles para Sevillana de Electricidad solía piropear a las mujeres, y eso que tenía de compañeros a grandes piropeadores, verdaderos artistas del halago hacia la mujer. En cambio otros eran tan borricos que me lastimaba escucharlos. “Te voy a comé las venas del culo a puñaos”. Mi sensibilidad no admitía aquellos atropellos. Así que estoy totalmente de acuerdo con Ángeles Carmona, la presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), quien ha asegurado que el piropo “supone una invasión a la intimidad de la mujer”. Naturalmente, es bueno diferenciar entre el halago y el insulto. Pero hay quienes ni siquiera están de acuerdo con el piropo, aunque sea por soleá. Te estoy mirando y no sé/ si el amor vive en tus ojos/ o tú en los ojos de él. A mí me dice esto una mujer en la calle y busco a un cura rápidamente para que nos case, porque tengo el oído virgen.

La única vez que una mujer me dijo guapo en la calle casi me caigo al suelo del mareo que me entró. Vivía entonces en Castilleja de la Cuesta y recuerdo que aquel día fui a pelarme a la barbería del pueblo, que es algo que me suele subir la autoestima masculina. También me compré un abrigo azul marino en Continete y, sinceramente, estaba con el guapo subido, que todo hay que decirlo.

BesoBajaba andando hacia Tomares por la carretera de Bormujos y un coche se detuvo al llegar a mi altura. Una hermosa mujer bajó la ventanilla y cuando me incliné para ver qué quería se quitó las gafas de sol y me dijo, dejándome turulato: “¡Eres un guapazo, que lo sepas!”. Se pueden imaginar el cosquilleo que me subió por los muslos hacia la ingle provocándome segundos más tarde un vértigo tan grande que casi me tuve que sentar en el asfalto. “Habrá sido por el pelado y el chaleco azul marino”, me dije, como no creyéndome lo que me acababa de ocurrir. Aquel piropo cambió hasta mi manera de andar. Hasta ese día caminaba como pisando terrones en Cuatrovientos, como un gañán. Y acabé pavoneándome como Zack Mayo (Richard Gere) en Oficial y caballero, cuando al final de la película va a la fábrica a coger en brazos a la humilde trabajadora que le había robado el corazón de oficial y de caballero.

A partir de aquella tarde de otoño pensé mucho en la mujer que había desflorado mis oídos. Incluso llegué a pensar si sería empleada de la ONCE, porque no acababa de creérmelo. Cada tarde bajaba andando a Tomares por si me la volvía a encontrar, pero nunca volví a verla. Seguramente fue solo un espejismo, una alucinación producto de la horrible colonia que me había untado en el cogote el rapabarbas de Castilleja. Y calmaba el deseo escribiendo soleares: El que vive de recuerdos/ cuando pierde la memoria/ no vive, porque está muerto. ¿Cómo iba a considerar que aquella misteriosa y bella mujer había invadido mi intimidad si tenía abiertas de par en par todas las puertas y ventanas de mi inexplorado cuerpo para que entrara la desvergonzada brisa del ego varonil? Hubiera acudido a la Guardia Civil pero para que la buscaran por tierra, mar y aire y le dijeran que mi cuerpo ya no era mi cuerpo, sino un pedazo de carne que podría vender al peso. O a los bomberos, para que apagaran la candela que aquella preciosidad había encendido en mis perniles. No te arrimes a mi cuerpo/ que ardo como el rarastrojo/ y puedes prenderte fuego.

Dicen que Charlize Theron baila muy bien lo flamenco.

Dicen que Charlize Theron baila muy bien lo flamenco.

Se está poniendo la cosa difícil para enamorar a una mujer. Sobre todo para los tímidos. Tenemos Facebook y Twitter, pero en las redes sociales corres el riesgo de que al echar la caña buscando una venusta y coqueta dorada de El Rompido acabes pescando a un barbo de Castilblanco más caliente que los palos de un churrero y escondido detrás de un nombre inexistente. Los que escribimos soleares de amor podríamos tener alguna posibilidad de encontrar al fin a nuestra media naranja, pero eso va a depender de si gobierna o no Podemos, que igual que quieren acabar con los espontáneos saeteros en la calle podrían eliminar a quienes escribimos soleares de tres o de cuatro versos, de Triana o de Cádiz, ante la falta de arranque para declararnos a la antigua usanza, esto es, preguntando dónde compramos los muebles, en tu pueblo o en el mío, que no tiene nada de romántico salvo que vayas a Ikea.

Se quejan las mujeres de que ya no hay hombres de verdad, caballeros como los de antes, de aquellos que eran capaces de llevarse años y años mandándoles flores y latas de carne membrillo a las mujeres que querían pretender. Se lamentan de la falta de galantería de los hombres, de que todos vamos a lo mismo, de que ya no hay robustos hispánicos que nos queramos comprometer a pagar una hipoteca y a sacar la basura a media noche, llueva o ventee. Ni a renunciar al mando a distancia de la televisión de plasma. Ni a compartir las labores domésticas. Ni a firmar ante notario que tienes que levantar siempre la tapa del váter antes de vaciar la vejiga, aunque la próstata te urja a evacuar con premura.

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Tiene tu cuerpo más curvas/ que la Sierra de Cazorla/ Quiera Dios que un día me estrelle/ en la curva de tu boca. Creé este piropo por soleá hace tiempo y aún no lo he usado para tirarle los tejos a ninguna mujer. Me temo que ya no será posible, que habrá que recurrir a los piropos de nuestros abuelos, aquellos tan cándidos y tiernos del franquismo: “Quién fuera bus para andar por las curvas de tu corazón”. Lo malo es que se lo digas a una policía y te pida el carné de conducir. Mejor uno más culto: “Quererte es conjugar el verbo amar en soledad”. En definitiva, piropos por los que no te puedan meter entre rejas y tengas que tirarle los tejos a la carcelera desde lejos, como se tiran los huevos al perol en las cocinas americanas.

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1 Comentario

  • José Luis Escrito el 17 enero, 2015 23:34

    Cuando es una mujer la que piropea a un hombre -como es tu caso-, ¿no se produce entonces una invasión de su intimidad?
    Esta señora confunde, como tú propones, el halago y el insulto y los mete en el mismo saco: el piropo. Y el piropo es una cosa muy bella, muyprofunda, si es por soleá, redondo. Y lo otro, propio de majaderos y cernícalos. Si me permites, te dejo estos versos que publiqué en el blog de un admirador tuyo, D. Antonio Garcia Barbeito, en un debate sobre piropos y lo contrario. Gracias por tu amistad.

    Piropo dicho con arte,
    ni incomoda ni molesta;
    es, regalar con palabras,
    para él o para ella,
    improvisadas estrofas,
    inesperados poemas
    que acrecientan la autoestima
    del alma a la que se entregan
    y alegran las pajarillas
    con ingeniosas maneras.
    Pero hay quienes confunden
    la prisa con la panceta,
    la gracia con el insulto,
    el garbo con la insolencia
    y en desafinadas notas,
    fruto de la malquerencia,
    molestan a quien se dicen,
    y el buen ambiente envenenan.
    ¿Qué si se siguen diciendo
    piropos en esta tierra?
    Esta es la patria del arte,
    de la chispa, la ocurrencia,
    del halago con respeto
    y de las buenas maneras,
    donde se aplaude el encanto
    y se alaba la belleza.
    Ejemplo de esa finura
    se escuchan en la plazuela,
    frases cortas como dagas
    con soltura y gentileza:
    Llevas en la cara, niña,
    un halo de luna llena
    y sonrosa tus mejillas
    el rubor de la inocencia.
    Piropos vendo, piropos,
    por si a alguien le interesan.
    yo vendo ternuras, flores,
    requiebros de mi cosecha.
    Quiero quedarme contigo,
    tenerte, niña, tan cerca,
    que si fueras el espejo,
    ser el azogue quisiera.

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