Enamorarse es agotador

Amoríos

Enamorarse es lo mejor que nos puede pasar a los seres humanos. Y lo peor, depende de quien te enamores, si eres correspondido o no y si todo va bien, que ya sabemos que no siempre ocurre eso. Soy lo que llamamos un enamoradizo, una persona fácil de ser deslumbrado por los luminosos ojos de una mujer. El enamorado Liendre me llamaba mi madre y aún no sé quién era aquel señor, si era de Palomares o de Arahal. En Palomares había tan pocas niñas que los chavales teníamos que llegar a un acuerdo para enamorarnos. Metíamos en una talega los nombres escritos en un papel de las candidatas a ser cortejadas y a mí siempre me tocaba enamorarme en Coria del Río, donde había para elegir. Pero me encapriché de la hija del panadero con el que trabajaba y empecé muy pronto a penar. Era bastante mayor que yo, pero olía a pan caliente recién sacado del horno y tenía unos ojos tan grandes como teleras y tan negros como una tormenta. Si estaría colgado por aquella mujer que, aunque trabajaba de repartidor, casi todas las noches me iba también a hacer el pan solo por verla amasar, con aquellas manos pequeñas y siempre llenas de harina. Casi me muero de agotamiento, porque no dormía de noche y encima repartía el pan de día por Coria, Gelves y San Juan de Aznalfarache. Al final para nada, porque un día llegó uno de La Puebla y la conquistó cantándole unas sevillanas de Los Romeros fuera de tono. Me faltó decisión y valentía para decirle que mi corazón estaba en cada uno de los benditos bollos que amasaba con tanto esmero. Panadera del amor/ amásame con tus manos/ ay, este pobre corazón.

En  Arahal, donde pasaba siempre los veranos, era muy difícil cortejar a una niña del pueblo. Tenías que ir a la Corredera y elegir entre muchas. La forma era acercarte a la que te gustara, pegarte a su lado y dar paseos Corredera arriba y Corredera abajo. Podías hacer veinte kilómetros y que no te mirara ni a la cara, sobre todo si eras forastero o natural del pueblo pero con residencia en Sevilla, que era mi caso. Si eras de Paradas, el pueblo de al lado, era mucho más fácil. Y si tenías olivos o una casa con un buen corral lleno de gallinas y conejos, mejor aún. Mi tía Rosario la Serena me dijo un día que llegara a una muchacha que tenía tienda y olivos. En Arahal se dice llegar a fulana o a mengana. “El hijo de El Palangano le llega a la hija mayor de La Porquera”, por poner solo un ejemplo. En otros pueblos se dice, le habla o la pretende. Decidí llegar a esta chiquilla y una tarde me puse a su vera. Ni me miró. Y cuando había andado quince o vente kilómetros sin que me mirara y con su hermanita al lado diciendo “a mi hermana la dejas, que ella quiere a uno del campo”, decidí quedarme soltero para toda la vida. Y la cuestión es que me gustaba con locura. Tanto me atraía que iba a su tienda varias veces al día y me zampé tantos arenques que tenía siempre la tensión por las nubes. Entre la tensión arterial y el deseo carnal, adelgacé varios kilos aquel verano, a pesar de los bocadillos de morcilla de hígado que embaulaba, de los que vendía La Peregila. Y aquella bonita rosa con pecas y la piel del color de la canela terminó casándose con uno del pueblo, seguramente con olivos.

En Sevilla era distinto, y mucho más fácil. Un día escuché en un programa de Radio Popular que una muchacha quería conocer a alguien de Sevilla y dejó una dirección para que le escribieran. Era del Tiro de Línea. Decidí escribirle y como pedía una fotografía me entró miedo de que no le gustara y le metí en el sobre una de un cuñado mío muy apañado. Quedamos una tarde en la Catedral y cuando me presenté no me reconoció. ¡Cómo iba a reconocerme! Se enfadó mucho conmigo cuando le conté la artimaña, y me dio puerta. Pero a los pocos días recibí una carta llena de corazoncitos atravesados por las flechas de Cupido que me hizo albergar alguna esperanza. Al abrir el sobre, con el corazón dándome botes, leí estupefacto: “¿Me puedes mandar el teléfono de tu cuñado?”. Y otra vez a sufrir, con la de viajes que hice al Tiro de Línea solo para verla asomada a la terraza de su piso, regando las flores o cepillándose su venusta mata de pelo negro bajo los rayos del sol o a la luz de luna.

Alguien dijo que el amor nace y muere en la infancia y estoy más que convencido de ello. A veces muere como consecuencia del agotamiento. De niño me enamoraba  todos los días y cada vez que ocurría iba y se lo contaba a mi madre, que se reía de las ocurrencias. “¡Pero cómo te vas a enamorar todos los días!”, me decía. Como ya era aficionado al cine y soñaba con ser director, cada noche, al cerrar los ojos, soñaba aún despierto que rodaba una película en la que la niña bonita de mis entretelas era la protagonista. Como el presupuesto era bajo y no disponía de extras, en vez de indios le daba el papel de secuestrador al municipal del pueblo o a la pareja de la Guardia Civil, que daba incluso más miedo que los indios. La imaginaba atada a un olivo y siempre aparecía yo montado en un pequeño jumentillo -no había dinero para caballos árabes-, asustando a los bandidos con un tirachinas o con una talega llena de terrones, que hacían mucho menos daño. Pasado ya con creces el medio siglo de vida sigo enamorándome todos los días, o al menos eso creo. Pero ya no se lo cuento a mi madre, ni a nadie, porque  les cuesta creer que eso pueda suceder. A lo mejor tienen razón y es solo el deseo de sentirse capacitado para enamorar a una mujer. Incluso puede ser que nunca haya estado enamorado de verdad y que siempre haya sido una ilusión, un espejismo. Me he enamorado tantas veces como he fracasado, si se puede llamar fracaso a desenamorarse. Y a estas alturas de mi vida, agotado y con el corazón más seco que la chueca de un olivo centenario, las películas que ruedo cada noche al cerrar los ojos, aun sin estar dormido, son distintas a las que hacía de niño. Ahora ya no hay una chiquilla de ojos verdes a la que secuestran municipales o picoletos, por falta de indios, sino una casilla en el campo, solitaria y blanca como la cal, en la que rodeado de gallinas ponedoras y árboles frutales repaso mi vida y le pido a Dios que si el amor volviera a pasar un día por mi puerta pasara de largo.

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