El volteador de cubetas mezcláticas

Los niños pobres de Palomares del Río comenzábamos muy pronto a llevar dinero a casa. Recuerdo con cariño uno de los primeros chalés del pueblo, que fue construido en Cuatrovientos. Lo edificó una acomodada familia de Sevilla y todos los chiquillos del barrio lo celebramos porque los cuatro hijos del matrimonio despilfarraban los juguetes de una manera increíble. La primera pelota que tuve en mi vida fue una que los citados niños ricos de Sevilla tiraron casi nueva a la basura. Era de aquellas de goma dura que cuando se pinchaban había que desecharlas, según ellos, que no sabían lo que era un parche. Cuando mi hermano y yo vimos una en la basura, amarilla con octógonos negros, pensamos que era un espejismo, acostumbrados a jugar con botellas de plástico o cabezas de muñecas sin ojos que encontrábamos en el vertedero. Recuerdo que aquella noche nos acostamos con la pelota, porque dormíamos los dos en la misma cama. Cuando empezaron a proliferar estos chalés algunos hombres del pueblo se ofrecían para cuatro chapuzas y se me ocurrió, siempre tan emprendedor, convertirme en exterminador de alimañas, en vista de que a los niños de la clase media sevillana les daba miedo hasta de las hormigas. Podría haberme anunciado en las tarjetas de visita como Manolito el Matarratas, pero en Palomares se llevaba mucho lo de aparentar. Era conmovedor ver a una vecina de Cuatrovientos presumir por el pueblo, epístolas en mano, de lo bien que le iba a su hijo mayor en Alemania donde se había colocado de volteador de cubetas mezcláticas. El hijo era en realidad un buen peón de albañil, pero para darse más importancia le dijo a su madre en una carta que ya era todo un “volteador de cubetas mezcláticas”.

soyperiodistaaps-450x233Una mañana, el dueño del chalé llamó a nuestra casa con una violencia inaudita. Mi abuelo abrió la puerta y le preguntó el motivo de tantos golpes. “Hay una rata inmensa en la casa. ¡Ayúdennos, por favor!”, dijo el hombre, con la cara tan blanca como la cal de Morón. Popá Manué me despertó y me dijo que si me quería ganar unos duros que fuera a matar una rata al chalé de los vecinos. Me entró un pánico terrible, como si me hubieran dicho que había que acabar con la vida de un caimán en el río Pudio. Sin embargo, como no quería defraudar a mi abuelo cogí un palo y allá que fui a matar a la rata como el que iba a la guerra, como un maldito mercenario al servicio de la burguesía hispalense. Me despedí de Lucecita, la gata que teníamos en casa, porque pensaba que no volvería a verla. Creía que los del chalé me iban a ayudar a matar a la rata, pero no fue así. Me dejaron solo en la casa y cerraron la puerta para que el roedor no se escapara. Zamarreé las cortinas muerto de miedo y metí el palo debajo de las camas, pero la rata no daba señales de vida por ninguna parte. Miré hacia el techo y allí estaba, subida en la lámpara del salón, de aquellas de cristalitos engarzados, de lágrimas. La alimaña era tan grande como una liebre y me dijo muy en serio, enseñándome sus diminutos y afilados dientecillos: “Ni se te ocurra darme con ese palo, Manolito, que salto sobre tu rapada calamorra y te arranco la nariz de un mordisco”. Armándome de valor y pensando en los diez duros que me había prometido el dueño del chalé le di tal palo al roedor que salió despedido y llegaron lágrimas de cristal de la lámpara a todas las habitaciones de la lujosa vivienda. Quedó mal herida, atrapada detrás del sofá del salón. Cuando fui a rematarla me miró de tal manera, con tanto terror en sus diminutos ojos, que decidí perdonarle la vida, dejándola que se refugiara en el cuartillo de los chismes, donde descubrí atónito que tenía crías ocultas entre viruta de viejos periódicos.

ratasAl dueño de la casa le dije que la rata se había ido para el campo por la puerta de la cocina, y asunto resuelto. No fui capaz de rematar al animalito y tampoco de decirle a don Francisco que seguía en la casa. Me dio los diez duros y aquel día dejamos sin chucherías el kiosco del pueblo. Por la noche, cuando dormíamos, el señor Francisco comenzó a aporrear de nuevo la puerta, en pijama, acompañado de su esposa e hijos, que estaban aterrorizados. “¿Dónde está ese zarrapastroso, ese vil estafador, ese falsario que es su nieto Manolito?”, preguntaba el hombre algo violento, con ganas de colgarme. Mi abuelo apenas entendía aquel léxico tan de la Plaza de Cuba, pero enseguida imaginó de qué se trataba. Enterado de que la rata vivía aún en casa de los vecinos se vistió y acabó el trabajo que me encomendó y que no fui capaz de llevar a cabo porque aquella bestia me miró de una forma que me llegó al alma. Los animales tienen un sexto sentido para saber quiénes pueden o no hacerles daño. Y aquella maldita rata me llevó al huerto. Se aprovechó de un niño que no sabía diferenciar entre los animales malos y los animales buenos. De aquel exterminador de alimañas que no quiso ponerse Manolito el Matarratas en las tarjetas de visitas para darse importancia, como el peón de albañil que prefirió decirle a su madre que era volteador de cubetas mezcláticas. Ahora que nadie se entera quiero decir que siempre le he dicho a mi madre que soy periodista, aunque no lo sea. Y ella va presumiendo por Padre Pío de tener un hijo tan importante como Juan Imedio. No le quitéis esa ilusión, compañeros.

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