El Salieri de Juan Imedio

En junio de 1984 publiqué mi primer artículo en El Correo de Andalucía, La juventud en el flamenco. Por tanto, cumplo treinta años en el decano de la prensa sevillana como crítico de flamenco y, ahora, como columnista de opinión, desvariando cada sábado. Más de la mitad de mi vida, que se dice pronto, siendo colaborador de un periódico que para mí ha sido siempre algo más que un sueldo. De hecho, los primeros ocho años no exigí estipendio alguno y dejaba los artículos en la puerta, cuando nuestra sede estaba en la Carretera Amarilla y dirigía el periódico el entrañable Padre Javierre. Fue Emilio Jiménez Díaz quien me requirió para colaborar en El Correo Flamenco, un suplemento de cuatro páginas que salía los martes y que hacíamos entre el propio Emilio, Luis Caballero, Manuel Martín y Manuel Ríos Vargas, entre otros que hacían colaboraciones esporádicas.

Hasta la Exposición de 1992 no comencé a trabajar en la redacción del periódico, que fue siempre un sueño, el objetivo a conseguir. Entonces la jefa de Cultura era Carmen Carballo, quien tuvo una paciencia admirable conmigo porque me tenía que corregir los artículos y tirarme de las orejas cada vez que desvariaba más de la cuenta. Al no haber pasado por la Facultad de Periodismo -apenas había ido al colegio-, utilizaba el lenguaje de la calle y pegaba unos hachazos increíbles. No conocía la técnica del periodismo, el oficio, y eso era un problema. Pero ya presumía en el barrio de que era crítico de flamenco en un periódico de Sevilla. Las vecinas le preguntaban a mi madre que si yo era periodista y ella decía que no, que era solo “un albañil con la cabeza llena de pajaritos”. Y ahora ya lee los artículos, se emociona con mis libros y, aunque aún no me ve por encima del gran Juan y Medio -es su fan número uno-, ha acabado por entender que aquellos sueños de Manolito el de Pepa eran posibles.

En el colegio ya me gustaba mucho escribir, aunque odiaba la disciplina y las matemáticas. Recuerdo que cuando estaba en el Colegio del Cerro, en Coria del Río, un día en que el maestro explicaba algo sobre los quebrados me aburría como una ostra y me puse a escribir un relato en mi libreta, que titulé Por culpa del fuego. Cuando acabó la clase del maestro, como me había estado viendo centrado en la libreta y pensaba que tomaba apuntes, me preguntó: “Bohórquez, ¿sabes ya lo que es un quebrado?”. Me quedé en blanco, sin saber qué decirle. Entonces, se acercó al pupitre, leyó el relato y de la bofetada que me dio me tiró al suelo. Naturalmente, aquel castigo me lo tomé como un aviso, como una corrección a mi inapropiada conducta y jamás volví a escribir nada. Abandoné el colegio a los 13 años para trabajar de panadero en Coria, en la panadería de El Guapo, sustituyendo a mi hermano que se había ido a la de El Feo, en Coria también. Además de panadero, he sido sastre, camarero, escayolista, albañil, alicatador, vendedor, empapelador y calicatero. Calicatero es el que hace calicatas, zanjas en las calles para meter cables o tuberías.

soyperiodistaaps-450x233

Con 18 años descubrí el flamenco y fue entonces cuando supe quiénes fueron Lorca, los hermanos Machado y el señor Demófilo, el padre de los dos grandes poetas sevillanos. Manuel de Falla, Joaquín Turina, los pintores Gonzalo Bilbao y Manuel García Ramos o el gran periodista Galerín. Le encargué a una vecina de Padre Pío que me trajera una máquina de escribir de Ceuta y ahí empezó todo. Tenía tanta hambre de cultura que devoraba libros como un poseso. Los copiaba, sacaba apuntes. Y escribía de día y de noche, tecleando aquella vieja máquina de escribir con un solo dedo, aunque a una velocidad de vértigo. Leía tanto sobre Silverio, Manuel Torres, la Niña de los Peines o Pepe Marchena que por las noches, delirando, se me aparecían en mi habitación.

Fue en aquellos días cuando pensé en la posibilidad de ser crítico de flamenco, en seguir los pasos de Miguel Acal, José Antonio Blázquez, Juan Luis Manfredi o Emilio Jiménez Díaz, que fueron mis referencias. Cuando publiqué aquel primer artículo en este periódico, en junio de hace treinta años, recuerdo que la noche antes no dormí. Por la mañana, cuando compré el diario y vi mi nombre en sus páginas, pensé en mi padre, en las fatigas de mi abuelo materno y en las de mi madre. Me acordé de aquel maestro de Coria que me hizo aquella primera crítica tan dolorosa, y de lo que me dijo el director del colegio cuando le pedí la cartilla escolar para irme a trabajar: “Serás toda la vida un desgraciado”. A lo mejor quiso decir pobre, pero seguramente no se atrevió a tanto. Lo era ya, aunque también era el dueño de los olivares y las huertas de Palomares, de los caños y las lagunas, de los pájaros y los conejos, de los espárragos y los palmitos, de la luna y las estrellas. Había ricos entonces que no eran dueños de nada de aquello, solo de sus propiedades, que cuando se morían eran dilapidadas por sus herederos. La pobreza solo existe en quien se siente pobre, y un niño no sabe apenas nada sobre estas cosas.

Mi mayor fortuna es haber conseguido escribir en este periódico durante treinta años, de flamenco y de otras muchas cosas. Escribir de opinión fue otro de mis sueños, llegar a ser columnista, opinar sobre todos los asuntos de la vida con libertad y fantasía. Llevo treinta años presumiendo de algo que nadie de mi familia ha podido hacer nunca: escribir en un periódico. No sé hasta cuándo, porque en esto del periodismo tenemos menos estabilidad que el estado del bienestar. Pero aunque fuera este mi último artículo y tuviera que sacar las herramientas del trastero para poder seguir pagando la hipoteca y poner a hervir el puchero, que me quiten lo bailao.

Aunque no soy muy creyente, la semana que viene iré a ponerle dos velas al Gran Poder para darle las gracias por estos treinta años de felicidad y, sobre todo, para que me ayude a hacer realidad mi último sueño, ya en este placentero preámbulo de la vejez: tener mi columna diaria de opinión en el periódico al que le debo que me sacara de las calicatas y me permitiera ser motivo de orgullo para mi madre, aunque me siga costando desbancar a Juan y Medio de sus preferencias periodísticas. Salieri tuvo a Mózart y yo al saleroso presentador de Almería. Salvo esta frustración, estas tres décadas han sido lo mejor de mi vida. Lo juro por Dios.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn

Escribir comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort
istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort
istanbul escortsistanbul escortsistanbul escortsistanbul escortsistanbul escorts
istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort