El saetero cagón

Una Semana Santa de hace mucho más de treinta años alguien de un pueblo de Sevilla me hizo el compromiso de que le cantara una saeta al cristo de su Hermandad. Aún no sé por qué le dije que sí, pero lo hice y un día antes de la fecha elegida me entraron unos retortijones y unos sudores que me moría. Era por los nervios, sin duda. Pero no me pude echar atrás y el día señalado me vi en un balcón con un temblor de piernas increíble, que se acrecentaba conforme se acercaba el crucificado. Viéndolo venir y sabiendo que lo pararían frente al balcón le pedí por su Padre y por su Madre que no se parara, que continuara calle abajo y se olvidara de mí. Al pasar por el balcón, giró la cabeza y vi cómo esbozó una pícara sonrisa. Cuando iba a desmayarme, porque pensé que al pararse tendría que cantarle una saeta, comprobé turulato que continuó su camino. Escuchó mis súplicas, sin duda. Pero al llegar a la esquina, volvió la cara, me guiñó un ojo y a través de una conexión telepática, el Señor me dijo: “Menudo saetero estás hecho, Manolito”. Y ahí acabó mi carrera de saetero. Siempre me quedó una duda de aquella noche, la de por qué sabía que me llamaban Manolito. Y le agradeceré toda la vida que no me dijera cagón porque, conociendo cómo son en los pueblos de Sevilla, estoy seguro de que hoy sería conocido por el Saetero Cagón.

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