El pastor alemán que triunfó en el circo

En los soleados olivares de mi pueblo hubo una manada de perros salvajes que causó graves daños en el vecindario. Eran perros abandonados y alguna que otra mañana amanecieron gallinas muertas y cerdos medio mutilados. El líder de la manada era un ovejero alemán de una estampa hermosa y un tamaño impresionante, como el de un caballo enano. Algunos ganaderos habían puesto precio a su cabeza porque aseguraban que era el mismísimo diablo, un perro cruel, sin sentimientos.  Una tarde que paseaba por el campo descubrí en un cerro la imagen a contraluz de un perro lobo del que solo veía su silueta. Me quedé inmóvil durante unos segundos pensando que si me movía le solucionaría la cena, de tantas historias como había escuchado sobre aquel fabuloso animal. Cuál no sería mi sorpresa cuando observé que comenzó a acercarse meneando el rabo y con las orejas tiradas hacia atrás, claros indicios de que en vez de despedazarme con sus afilados colmillos estaba interesado en comenzar una bonita relación conmigo. Se acercó tanto que llegué a acariciarlo, y supe en aquel preciso instante que el perro lobo iba a ser mi mejor amigo. No le dije a nadie lo que me había ocurrido aquella tarde porque sabía que me obligarían algún día a ponerlo al alcance de los cazadores. Todos los días acudía al mismo lugar y llevaba algún hueso o un pedazo de pan, y el animal me esperaba siempre a la misma hora de la tarde. Cuando me divisaba por entre los olivos, corría al trote hacia mí y acababa derribándome, de la velocidad que traía. Me montaba en él como si fuera un caballo, porque era un perro grande y yo apenas tendría unos nueve años. A pesar de una edad tan corta, comprendía que no estaba bien que tuviera aquella relación con un perro asilvestrado que había hecho daño al vecindario, aunque jamás mordiera a ninguna persona. Solo mataba para alimentarse, si es que llegó a participar en alguna de aquellas horribles matanzas. Una de las veces que fui a verlo para llevarle comida, otro de los perros que formaba parte de la misma manada se acercó a mí con intención de atacarme y Lobo le dejó claro que había que respetarme, que era uno de ellos. Se puso frente a él enseñándole sus grandes y afilados colmillos, diciéndole con la mirada que estaba dispuesto a matarlo si hiciera falta. El otro perro, que era también grande y salvaje, entendió perfectamente el mensaje del líder de la manada y nunca más intentó atacarme.
En el pueblo se escuchaba cada día que había que organizar batidas para acabar con la manada. Tenía que trazar algún plan para salvar a Lobo porque no entendía ya la vida sin aquel hermoso y noble animal que me había elegido para que fuera su mejor amigo. Me angustiaba pensar que una tarde, al acudir a la cita, lo encontrara colgado de un olivo o tirado en una cuneta lleno de plomo, y me moría de la pena que me entraba. La solución fue esconderlo en el camión de un pequeño circo ambulante que iba cada año a Palomares en Navidad. La última tarde en que actuaron en el pueblo y cuando ya estaba todo desmontado, aproveché que anochecía y fui con una cuerda a por Lobo. El circo acampaba cerca del cementerio, así que tuve que dar un rodeo para que no me viera nadie. No pasé miedo porque sabía que aquel animal era como una persona y que estaba dispuesto a dar la vida por mí. Mientras los del circo cenaban en el pueblo, celebrando el éxito de público, encerré al perro lobo en una jaula vacía que estaba en el remolque de una camioneta y le eché una lona por encima para ocultarlo. Lobo parecía que entendía lo que estaba haciendo, porque me lo puso todo fácil. Los del circo se fueron esa misma noche y dos días más tarde un grupo de cazadores llegaba al pueblo celebrando que habían acabado al fin con la manada de perros salvajes, ocho en total. Evidentemente, Lobo no estaba entre ellos. Eché mucho de menos al perro durante meses. Pero un día de Reyes, el circo ambulante volvió al pueblo y quise saber lo que había ocurrido con Lobo. Saqué mi entrada y cuál no sería mi asombro cuando descubrí que una de las atracciones la protagonizaba mi entrañable amigo, que hacía las veces de caballo poni en un pequeño coche en el que viajaba una bonita y coqueta pequinesa que sujetaba una sombrilla y lucía un primoroso traje de princesa. ¡Es Lobo! -grité emocionado, ante la curiosidad de todos. El bello animal miró hacia la grada y comenzó a mover el rabo, con las orejas tiradas hacia atrás y el pulso acelerado, aunque acabó su recorrido por la pequeña pista del circo, cosechando grandes aplausos. Se había convertido en una importante figura del circo. Al acabar la función pedí que me dejaran verlo y el reencuentro con Lobo fue lo mejor de aquel año. Ya no volví a verlo jamás. Todavía hoy sueño con él y siempre es la misma ensoñación: su hermosa figura de lobo corriendo al galope por entre los olivos, conmigo en su lomo sintiéndome un niño feliz y privilegiado. Aquel pastor alemán asilvestrado hizo que amara a estos animales para toda la vida. Hoy tengo uno, Surco. Cumplirá tres años en junio. Cada día, cuando paseamos juntos entre los olivos de Mairena del Alcor, me recuerda a él y me enseña con su cariño y sus gestos que los humanos apenas hemos aprendido nada de los perros. Nada bueno.
. H

Surco

En los soleados olivares de Palomares del Río, el pueblo donde me crié, hubo una manada de perros salvajes que causó graves daños en el vecindario. Eran perros abandonados y alguna que otra mañana amanecieron gallinas muertas y cerdos medio mutilados. El líder de la manada era un ovejero alemán de una estampa hermosa y un tamaño impresionante, como el de un caballo enano. Algunos ganaderos habían puesto precio a su cabeza porque aseguraban que era el mismísimo diablo, un perro cruel, sin sentimientos.  Una tarde que paseaba por el campo descubrí en un cerro la imagen a contraluz de un perro lobo del que solo veía su silueta. Me quedé inmóvil durante unos segundos pensando que si me movía le solucionaría la cena, de tantas historias como había escuchado sobre aquel fabuloso animal. Cuál no sería mi sorpresa cuando observé que comenzó a acercarse meneando el rabo y con las orejas tiradas hacia atrás, claros indicios de que en vez de despedazarme con sus afilados colmillos estaba interesado en comenzar una bonita relación conmigo. Se acercó tanto que llegué a acariciarlo, y supe en aquel preciso instante que el perro lobo iba a ser mi mejor amigo. No le dije a nadie lo que me había ocurrido aquella tarde porque sabía que me obligarían algún día a ponerlo al alcance de los cazadores. Todos los días acudía al mismo lugar y llevaba algún hueso o un pedazo de pan, y el animal me esperaba siempre a la misma hora de la tarde. Cuando me divisaba por entre los olivos, corría al trote hacia mí y acababa derribándome, de la velocidad que traía. Me montaba en él como si fuera un caballo, porque era un perro grande y yo apenas tendría unos nueve años. A pesar de una edad tan corta, comprendía que no estaba bien que tuviera aquella relación con un perro asilvestrado que había hecho daño al vecindario, aunque jamás mordiera a ninguna persona. Solo mataba para alimentarse, si es que llegó a participar en alguna de aquellas horribles matanzas. Una de las veces que fui a verlo para llevarle comida, otro de los perros que formaba parte de la misma manada se acercó a mí con intención de atacarme y Lobo le dejó claro que había que respetarme, que era uno de ellos. Se puso frente a él enseñándole sus grandes y afilados colmillos, diciéndole con la mirada que estaba dispuesto a matarlo si hiciera falta. El otro perro, que era también grande y salvaje, entendió perfectamente el mensaje del líder de la manada y nunca más intentó atacarme.

Surco campito 2

Surco me recuerda mucho a Lobo. Seguramente por eso lo tengo.

En el pueblo se escuchaba cada día que había que organizar batidas para acabar con la manada. Tenía que trazar algún plan para salvar a Lobo porque no entendía ya la vida sin aquel hermoso y noble animal que me había elegido para que fuera su mejor amigo. Me angustiaba pensar que una tarde, al acudir a la cita, lo encontrara colgado de un olivo o tirado en una cuneta lleno de plomo, y me moría de la pena que me entraba. La solución fue esconderlo en el camión de un pequeño circo ambulante que iba cada año a Palomares en Navidad. La última tarde en que actuaron en el pueblo y cuando ya estaba todo desmontado, aproveché que anochecía y fui con una cuerda a por Lobo. El circo acampaba cerca del cementerio, así que tuve que dar un rodeo para que no me viera nadie. No pasé miedo porque sabía que aquel animal era como una persona y que estaba dispuesto a dar la vida por mí. Mientras los del circo cenaban en el pueblo, celebrando el éxito de público, encerré al perro lobo en una jaula vacía que estaba en el remolque de una camioneta y le eché una lona por encima para ocultarlo. Lobo parecía que entendía lo que estaba haciendo, porque me lo puso todo fácil. Los del circo se fueron esa misma noche y dos días más tarde un grupo de cazadores llegaba al pueblo celebrando que habían acabado al fin con la manada de perros salvajes, ocho en total. Evidentemente, Lobo no estaba entre ellos. Eché mucho de menos al perro durante meses. Pero un día de Reyes, el circo ambulante volvió al pueblo y quise saber lo que había ocurrido con Lobo. Saqué mi entrada y cuál no sería mi asombro cuando descubrí que una de las atracciones la protagonizaba mi entrañable amigo, que hacía las veces de caballo poni en un pequeño coche en el que viajaba una bonita y coqueta pequinesa que sujetaba una sombrilla y lucía un primoroso traje de princesa. ¡Es Lobo! -grité emocionado, ante la curiosidad de todos. El bello animal miró hacia la grada y comenzó a mover el rabo, con las orejas tiradas hacia atrás y el pulso acelerado, aunque acabó su recorrido por la pequeña pista del circo, cosechando grandes aplausos. Se había convertido en una importante figura del circo. Al acabar la función pedí que me dejaran verlo y el reencuentro con Lobo fue lo mejor de aquel año. Ya no volví a verlo jamás. Todavía hoy sueño con él y siempre es la misma ensoñación: su hermosa figura de lobo corriendo al galope por entre los olivos, conmigo en su lomo sintiéndome un niño feliz y privilegiado. Aquel pastor alemán asilvestrado hizo que amara a estos animales para toda la vida. Hoy tengo uno, Surco. Cumplirá tres años en junio. Cada día, cuando paseamos juntos entre los olivos de Mairena del Alcor, me recuerda a él y me enseña con su cariño y sus gestos que los seres humanos apenas hemos aprendido nada de los perros. Nada bueno, quiero decir.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

. H

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn

4 Comentarios

  • Cayetano Escrito el 20 abril, 2013 07:04

    Preciosa la historia Manuel y precioso Surco. Que tengas un buen fin de semana.

    • lagazapera Escrito el 20 abril, 2013 07:11

      A Cayetano: Gracias, amigo. Buen fin de semana.

  • salvador Escrito el 20 abril, 2013 20:47

    Sr.Bohorquez,nunca he comentado en sus articulos,pero este me ha emocionado.Yo tuve un pastor alemán y cuando se murió algo se fué de mi,era mi sombra, siempre conmigo,era cariñoso con los niños y juguetón.Cuando llegaba la hora de comer,se ponia a dar vueltas a mi alrededor,como diciendome,que es la hora.Hoy tengo dos perritas de raza pequeña y debo decirle que son importantisimas para mi.Cuando llego a mi casa,solo o con alguien de mi familia,solo saltan alrededor mia,la mayor ya tiene 11 años y la chica 5.Son muy juguetonas y yo las quiero muchisimo.Un saludo

    • lagazapera Escrito el 20 abril, 2013 20:49

      A Salvador: Son admirables, amigo. Mi perro es increíble. Sin él no sabría qué hacer, así que espero que sigamos juntos muchos años. Un abrazo.

Escribir comentario

Responder a lagazapera Cancelar respuesta

Your email address will not be published. Required fields are marked *

istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort
istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort
istanbul escortsistanbul escortsistanbul escortsistanbul escortsistanbul escorts
istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort