El niño que hablaba con los olivos

Campo 020

La brutal crisis económica está obligando a miles de andaluces a emigrar de sus ciudades y pueblos natales. Los pueblos fueron quizás los más beneficiados del espectacular desarrollo económico y social que nuestra comunidad experimentó con la llegada de la democracia, como sabemos bien quienes somos de pueblo y vemos la diferencia entre cómo vivían los jornaleros entonces, en los últimos años del franquismo, y cómo viven ahora. Sé que no fui el único andaluz que tuvo que abandonar el pueblo para cambiar de aires, pero fue algo muy cruel. La vida nos obliga a veces a tomar decisiones que no queremos tomar. Días antes de mi marcha definitiva de Palomares estuve en el campo despidiéndome de los olivos, uno a uno, como lo hice de todos mis amigos y convecinos. Aún recuerdo las formas de las chuecas de los olivos, a pesar de que ya apenas quedan porque fueron arrancados de la tierra en nombre del progreso. Recordé al cerdito Flipper y al chivito Norit y a cada una de las gallinas y cada uno de los pollos de engorde que alegraron nuestro corral con sus cantos y cacareos y que aliviaron nuestras necesidades pagando con sus vidas. Observar la casa ya vacía, el anafe apagado pero aún humeante, al monstruo Martinillo apenado en el brocal del pozo, las flores ya marchitas y las ventanas cerradas, resultó ser de una gran dureza.

Después de cuarenta años de mi alejamiento del pueblo aún sueño con el caminar nervioso de Murillo, las candelas en la hijuela a la caída de la tarde, el agua fresca del pozo, el canto de los gallos al amanecer, el cacareo de las gallinas ponedoras, la sonrisa espontánea de Rocío la del Loro, el cante de Juan Manuel el de Pura cuando iba por las noches a guardar su viña, la alegría de vivir de Margari la de Murillo, los venustos ojos verdes de Anita y los pregones ininteligibles de Currillo el Latero. Todo esto tuve que abandonarlo para vivir en una barriada sevillana en la que la droga y la violencia ofrecían un mundo que nada tenía que ver con Palomares del Río. Tuve que crecer de prisa y hacerme un hombre antes de tiempo, porque sabía que era la única forma de sobrellevar tan duro exilio y de sobrevivir en la terrible selva de argamasa.

Palomares

Cuando paso por Palomares del Río y veo la que fue nuestra casa, en Cuatrovientos, aguantando el abandono y la soledad con una dignidad increíble, siento que el corazón se me comprime hasta el aplastamiento, como cuando se estruja de un pisotón una fruta madura contra la tierra. Algunas casas siguen igual que entonces, aunque ya cerradas. Cuatrovientos es hoy como un poblado fantasma, apenas vive ya nadie en aquel puñado de casas donde tanta vida hubo antaño. ¡Cuánto daría por poder entrar en todas estas viviendas cerradas y hacer retroceder el tiempo cuarenta o cincuenta años! Recuerdo cada una de ellas, dónde estaba cada habitación, cada ventana, cada cuarto de aseo, cada cocina, cada corral y cada trastero. Hace unos meses pude entrar en mi casa y me pareció increíble que hubiésemos vivido allí cinco personas durante tantos años. La recordaba grande, espaciosa, luminosa, cómoda, confortable. Lo era hace cinco décadas, créanme. Entonces solo había en el salón una mesa camilla redonda, cuatro sillas viejas de aneas y una alacena azul de madera de pino, de las de rejilla, que hacía las veces de nevera. Meter en aquel saloncito un sofá de rinconera de los de hoy hubiera sido empresa tan imposible como que dos ardillas hubieran podido bailar una rumba de Peret. Seguramente nos queríamos tanto de lo apretados que estábamos. Más juntos que una lágrima, como diría el poeta Luis Rosales. Los pueblos son nuestros pueblos cuando vivimos en ellos, cuando sufrimos y somos venturosos en ellos, cuando nos enamoramos y conocemos el desamor en ellos, cuando bebemos donde mismo beben las alondras y dormimos escuchando de noche a los mochuelos y amanecemos con ganas de beber agua del pozo y vemos apagarse el oro viejo del atardecer tumbados en un cerro.

Nada seca más deprisa que las lágrimas de un niño. Lloré mucho cuando me fui de Palomares, y en Sevilla acordándome de los olivos, de los campos recién arados y de las matas de habas de El Majano. Cuando voy ahora al pueblo y paseo por sus calles tengo que contener el llanto, porque todo se ha ido. Tendemos a enaltecer la infancia, el pueblo, el corral de vecinos o el barrio donde nacemos. Y es humano querer volver algún día a la tierra, como tarde o temprano regresan el agua de la lluvia y las golondrinas a sus viejos nidos. Pero no es fácil volver al terruño donde se ha crecido. No recibí mi primer beso de luz en Palomares, pero el hombre es de donde se fuma su primer cigarro, se enamora por primera vez y se bebe su primer mosto. Todo me sucedió en este pueblo y podría ser el principio de una desgarradora novela autobiográfica. Aunque lo cierto es que mientras más me acerco a Palomares compruebo desconsolado cómo el pueblo y yo nos hemos alejado tanto el uno del otro, que empiezo a sospechar si no habrá muerto ya aquel niño despistado y sensible que hablaba con los olivos y observaba el mundo, que hoy no entiende, desde el pino de Mampela, en cuyo tronco escribió una soleá: Los olivos de mi infancia/ los regaba con el llanto/ para que no me olvidaran.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

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5 Comentarios

  • Joselito de Jerez Escrito el 23 febrero, 2013 12:45

    Precioso artículo. Lleno de sentimientos, plasmados con maestría. Me has llevado a tu casa y a tus olivos.

  • Paco de Cái Escrito el 23 febrero, 2013 15:38

    Querido amigo hoy compacto tu tristeza porque todo eso lo he vivido. Año 1960 mes de noviembre a las 9:45 hora, estación de Cái toda llena de lágrimas de las personas que estaba allí para despedinos de la marcha de unos pocos gaditanos a esa emigración doliente. Año 2001 vuelta a la tierra que dejamo y ahora las lágrimas eran de nosotros, los que habian vuelto a su barrio, barrio lleno de tristeza de drogas y muertes, porque no solo mueren las personas sino que también mueren las calles, las casas y tambien ese habiente que habia en esa calles y en esos patios donde tantas fiestas hemos tenido, hoy ese barrio parece un cementerio no ves a nadie por sus calles solo vacio y vacio, por eso te comprendo.
    Un abrazo amigo, pero esa es la vida.

  • Jose Escrito el 23 febrero, 2013 22:02

    Tú contendrás el llanto cuando vuelves a tu pueblo, pero a mí me has sacado el llanto, imaginando tu pueblo, que es como los pueblos que hemos tenido tantos andaluces y que ahora no son ni la sombra de lo que fueron.

    Un saludo

  • Rafael Escrito el 24 febrero, 2013 11:47

    Nose silo leere en elcorreo.Pero este lo tendre a mano ,para leerlo,mil bese.Me trae muchos recuerdo yo tambien tube que emigra, a barcelo y dejar atrar mis amigos,primer amor ami abuelo rafael y su burrapaloma con su rucho palomino.y ese,, charco de la pita,,bañandonos todo los niño,con meno ropa que tarzan en la selva, pero eramos felices,,,

  • Carmen Arjona Escrito el 24 febrero, 2013 13:16

    Te superas sin siquiera notarlo. Genial. Así son las cosas cuando volvemos al lugar de antaño que ya sólo habita en nuestro recuerdo. La memoria es bondadosa con nosotros, engrandece lo que dejamos en punto muerto. Pero la realidad es otra. La realidad se empeña en borrar del presente todo vestigio de anhelos pasados para dejar espacio a otros. Casi diría, como si fuera la pizarra de la vida.
    Saludos, gazaperos.

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