El milagro de la pava desorientada

Hace dos semanas leí una noticia en la prensa que me revolvió la sangre. La de un matrimonio joven que dejó a sus dos hijos en el Ayuntamiento de Talavera de la Reina por no poder darles de comer. Que esto ocurra en un país como España, con una clase política podrida y una banca estafadora y sanguinaria, es para decir hasta aquí hemos llegado. Pero no pasa nada. Esta noticia me hizo recordar las fatigas que pasó mi madre en aquella otra España negra, la de Franco.

Cuatrovientos

Nuestra casita de Cuatrovientos, la del techo de uralita. Quico Pérez-Ventana

El primer recuerdo que tengo de mi estancia en Palomares del Río es la llegada de mi hermano mayor a nuestra humilde casa de Cuatrovientos, que construyó mi abuelo materno con sus ahorros y el dinero que le dieron a mi madre por la casita que mi padre construyó en el Camino de la Mata, de Arahal. Cuando murió mi padre, Pepa Casado tomó la difícil y dura decisión de ingresar a mi hermano en la Casa Cuna de Sevilla porque le resultaba imposible salir adelante con los tres niños en aquellos años tan duros del franquismo. La convencieron de que allí lo educarían y harían de él un hombre de beneficio, sin que ello significara perderlo. Nunca estuvo totalmente de acuerdo con meterlo en aquel orfanato, pero se vio obligada a hacerlo y lleva pesándole toda su vida como una losa de granito. A los pocos meses de inscribirlo fue a por él y ya no la dejaban llevárselo. En 1961 escuchó por la radio que el caudaloso Tamarguillo se había desbordado y que los niños que estaban internos en la Casa Cuna habían sido llevados al tejado para que no corrieran peligro alguno, porque el agua había inundado parcialmente el centro educativo. Presa del pavor, al ver las fotografías en un periódico, cogió un autobús –La Viajera, como lo llamábamos en Palomares-, se presentó en el internado y pidió que le dieran a su niño para llevárselo a Palomares. Las monjas le dijeron que ni en sueños, que eso no era tan sencillo como ella pensaba.

“¿Por qué no puedo llevarme a mi hijo a casa?”, preguntó doña Pepa, enfurecida. Tan fácil como entrar por la fuerza y llevárselo, que es lo que tuvo que hacer con el hijo de sus entrañas, su primogénito. Alguien le había advertido de adopciones anómalas en los orfanatos y no estaba dispuesta a correr el más mínimo riesgo. “La que quiera un hijo que lo para”, dijo mi madre algo furibunda mientras abandonaba el orfanato con su retoño de la mano.

san telmo

La Casa Cuna de Sevilla

Cuando mi hermano llegó a Cuatrovientos era un niño asustadizo, con la cara tan blanca como la nata y una extrema timidez. Aquel día en el que esperábamos impacientes el gran momento sentí tanta emoción que me puse a dar saltos como un mono. Margari la de Murillo me cogió en brazos y era tal mi estado de excitación que le daba puntapiés en las piernas para que me soltara. Era una alegría lógica porque acababan de traer a casa a un hermano de seis años al que prácticamente no recordaba y que conocía por dos fotografías, como a mi padre. Solo sabía de él que tenía la cabeza muy gorda. Se asustaba de cualquier cosa, de los pollitos, de las gallinas cluecas, de los gatos, de los perros, y hasta de los pájaros. Con el tiempo supe por él mismo que una limpiadora del internado se aficionó a maltratarlo y que lo hacía de una manera artera: lo metía en una bañera vacía, lo tapaba con una manta y luego lo molía a palos. Supongo que lo de la manta sería para no hacerle moretones, porque no creo que fuera para evitar ver la cara de espanto del indefenso párvulo mientras sufría el castigo por sus pillerías. O para que no la viera Dios, que todo lo observa, aunque en este caso concreto hiciera la vista gorda.

Mi hermano aún palidece como un niño cuando habla del asunto, después de tantos años. Sin embargo, se crió como un chiquillo normal y en vez de devolver los golpes que recibió de niño agrediendo a sus conciudadanos, convirtiéndose en un sanguinario terrorista, se caracteriza por ser un hombre pacífico, una buena persona y un gran trabajador. Miraba tanto por sus hermanos pequeños que protagonizó una historia de una ternura conmovedora. Al regreso un día del colegio observó que una de las pavas de un vecino, Carmelo, salía de la cuneta a la altura de la cuesta de Cuatrovientos dando claras señales de que acababa de poner un hermoso huevo, casi de avestruz. Miró en el desaguadero y, en efecto, encontró el exquisito manjar entre las húmedas hierbas. Aquello fue para él como una quimera celestial. Aun sabiendo de quién era el ave, cogió el huevo y se lo llevó a mi madre para que se lo echara al guiso de papas a lo pobre, que aquel día fue menos menesteroso de lo habitual. ¡Menuda fiesta flamenca le montamos al huevo, que ocupaba casi toda la olla! Pero ahí no acabó esta tierna historia. Todos los días rondaba a la descaminada pava y siguió trayendo el huevo a casa durante dos semanas. Hasta que mi madre supo de quién era el ave y, con algún que otro disgusto entre vecinos, se aclaró el asunto. ¡Cómo echábamos de menos los huevos! Me cuesta entender que en estos tiempos un matrimonio joven deje a sus dos hijos en un ayuntamiento por no poder mantenerlos. Una de dos: o España es un país sin solución posible o ya no hay padres como los de antaño. En cualquiera de los dos casos, es algo que invita a la desesperanza.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía. Desvariando.

 

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6 Comentarios

  • Carmen Arjona Escrito el 20 julio, 2013 19:48

    Ya que dejan el problema en el Ayuntamiento que lo dejen completo, que se queden los padres también, así los dos pequeños no tienen que sufrir el horror del abandono. No puedo entender a esos padres. Lo siento, pero no puedo. ¿Acaso no han visto la película “La vida es bella? Pues que lo hagan, quizás pudieran tomar algunas ideas para su propia existencia. ¿Tan incapaces nos han vuelto que la única solución es el abandono? ¡Qué poco sentido del amor propio! y del amor a lo propio, también.
    Saludos, gazaperos.

  • Paco del Barrio de Santa Maria Escrito el 21 julio, 2013 14:13

    Manuel me apena mucho tus calamidades, pero no te ha parado a pensar que hubo algunos niños mucho peores que tu, tú a meno tenia una casa, aunque tubiera un techo de uralita, otros vivian en dos habitaciones 9 personas y cuando llegaba el fin de mes y habia que pagar el alquiler, dos días no tenian ni para comer y aqui no habia ni conejo ni hierbas que se podian comer aqui se podia coger una cabeza de pescado y echarla en la olla con poco de agua y hacer un caldo, que lo tenia que haber probado tú, porque las papas a lo pobre era una cosa exquisita o como dice algunos entendidos”bocati di cardinale”. En aquellos tiempo no estaba Caritas que por lo meno un plato caliente se puede comer al día, que tu hermano tuvo que ir a un orfanato, tu puede calcular lo que hubiera hecho mis padres con 9 hijos que mantener, vestir y otras cosas que pagar, luz, agua, colegio, yo por ejemplo no he podido salir porque no tenia ropa que ponerme, ese día habia que lavarla. Que la señora Pepa echo muchas jornadas de lavao y fregao en otras casas para ganar algo,en mi barrio no habia ni eso, te puedes calcular la señora Maria de la Paz con 9 hijos pequeños y sin tener targaninas, ni aceitunas, ni conejos que cazar. Es muy penoso lo tuyo, pero hubo más miserias y más hambres que creo que tú no te ha parado a pensar lo que tenian los que vivian en la ciudad. Cuantos días he comido solo una pieza de pan que te daban del racionamiento. Perdona Manuel que te haya escrito esto, pero tú no pasates fatiguitas de hambre, tu situación fue solo de escase de articulos, lo mío hambre pura y dura. Un abrazo

    • lagazapera Escrito el 21 julio, 2013 21:34

      Paco del Barrio de Santa María: Muy duro lo tuyo, amigo Paco. Cada uno ha tenido sus miserias, y también sus momentos felices. Un abrazo.

  • Salvador Escrito el 21 julio, 2013 18:36

    Amigo Manuel,algunos que leen tus comentarios me imagino que dirán,¿será cierto?,yo firmo esa certeza,porque los que tenemos pasados los 60 largamente y vivimos la España negra,no solo por el televisor,por mas cosas,incluidas las del chaparrito del pardo,podemos dar fé que eso y mas ocurria en los pueblos,que aunque estuviesen cerca de la capital,no dejaban de ser pueblos.Me gusta leer casos así,porque hubo uno que dijo,no recuerdo ahora el nombre,”el pueblo que olvida su Historia,está condenado a repetirla”.ojalá que no volvamos a eso,pero algunos,desgraciadamente,estan muy cerquita de ello.Un abrazo Manuel

    • lagazapera Escrito el 21 julio, 2013 21:35

      A Salvador: Un abrazo, gracias.

  • Paco del Barrio de Santa Maria Escrito el 22 julio, 2013 12:09

    Es verdad Manuel que hemos tenido malos y buenos momentos, unos de mis mejores momentos fue cuando hice la primera comunión, no por la comunión sino porque nos dieron un desayuno en el colegio con churros y picatoste que yo no sabia ni que existia, fue mi primer desayuno desde el año 1936 que fue mi nacimiento y cuando hice la comunión ya tenia yo 9 añitos, yo cuando vi la mesa tan bien preparada ni me lo creia te puede dar una idea como fueron los años anteriores. Perdona Manuel pero esta cosas prefiero no recordarlas. Un abrazo

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