El cielo se desplomó sobre la tierra

Recuerdo cuando lo de ir a la playa era como ir a la luna, poco más o menos. En Palomares del Río solo teníamos las albercas de las huertas para bañarnos en verano y estas solían ser sobre todo para el riego, con lo cual el agua tenía tantos bichos que después de cada baño te rascabas más que una mona en celo. Tampoco era fácil bañarse porque si te pillaba el dueño acababas en el cuartelillo o, como te quitaban la ropa, tenías que irte a tu casa en pelotas y eso significaba una buena soba, o sea, una paliza o tunda, porque al llegar sin la ropa ya sabían de dónde venías. Teníamos también el río Pudio, y los más atrevidos íbamos al Guadalquivir, a su paso por Gelves, porque Palomares no tiene río, aunque sí un caño pequeño con mucho brío, que es el del Capataz. Cuando a finales de los sesenta abrieron la piscina de Coria del Río, los de Palomares íbamos ya entrenados y dábamos siempre la nota. Acostumbrados a la alberca de Sartarén, que era tan pequeña que tenías que bañarte por partes, aquella piscina era como de otro planeta, con su cloro y todo. En Palomares solo iban a la playa los más pudientes y nada de Marbella o el Cabo de Gata, sino La Higuerita, que era la que teníamos más cerca, el Caribe de los pobres. A veces salía un microbús y la gente madrugaba para esperarlo en la Plazoleta, aún de noche. Mi santa madre nunca quiso llevarnos por miedo a que nos ahogáramos, como si el caño del Capataz o las albercas de las huertas fueran menos peligrosas. A la caída de la tarde, cuando regresaban de la playa, los de mi edad quedaban en el Bar de Ricardo para contar sus batallitas, sus aventuras marineras, negros como un tizón. Y los más fantásticos e imaginativos contaban que habían visto delfines y tiburones con los ojos verdes y que las adolescentes usaban ya una atrevida prenda llamada bikini. Los más salidos hablaban incluso de pechos al descubierto, algo que en Palomares desconocíamos por completo.

Tenía ya 17 años y no había visto el mar nada más que en las películas. Viviendo ya en Sevilla empecé a trabajar de empapelador en una tienda de papeles pintados de la céntrica calle Alhóndiga. Nos fuimos a empapelar un hotel a San Pedro de Alcántara, en Málaga, al lado de Marbella. En el primer viaje pasamos por Tarifa y allí vi por primera vez el mar, aunque desde el coche, desde lo alto de un cerro. Cuando llegamos a San Pedro y dejamos el equipaje en la pensión lo primero que hice fue preguntar por dónde se iba a la playa, que estaba algo alejada del pueblo. Fui solo, quizás porque era el único de los aprendices que aún no había visto el mar. Cogí una solitaria senda y cuando me puse frente a aquella inmensidad de agua que se fundía con el cielo no sabía muy bien qué era una cosa y qué era otra. Por un momento pensé que el cielo se había desplomado sobre la tierra. Me dio miedo el sonido del mar y cada vez que intentaba meterme venía una ola gigantesca como queriéndome tragar.  Al rato, el sol empezó a bajar tanto que se perdió en el agua tiñéndola de un deslumbrante color de oro viejo que años más tarde supe que era una puesta de sol, mi primera puesta de sol, que recuerdo como una de las primeras y más maravillosas aventuras de mi vida. Pude comprobar aquella misma tarde que era verdad lo de los delfines y tiburones con los ojos verdes, de los que hablaban mis amigos, como los de los toros del poeta y ganadero Fernando Villalón. Y llené una bolsa de almejas y estrellitas de mar y corrí descalzo por blanca arena, que celebraron unos pies hechos solo a los terrones del campo.

La Isleta del Moro. Sobra cualquier comentario que queramos hacer.

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El siguiente descubrimiento fue la nieve. Dicen que en Palomares nevó un año, pero yo aún no había nacido. Los más viejos del pueblo contaban que los olivos amanecieron con blancas moñas de jazmines y que se helaron el río Pudio y el caño del Capataz, donde patinaban las ranas y las polluelas, y los más fantásticos hablaban de un pingüino que por las noches tomaba chatos de vino en la taberna del Norra y que cantaba fandanguillos de Lucena al estilo del Niño de Cabra. Tanto escuchaba hablar de aquella nevada que lo de conocer la nieve se convirtió en una obsesión tan grande como la de descubrir el mar.

A los pocos meses de conocer por primera vez el mar nos fuimos a empapelar un bloque de pisos a Puertollano, en Ciudad Real, donde los gorriones iban con bufandas. Era invierno y desde la obra veía una mancha blanca y luminosa que parecía nieve, en lo alto de una montaña. Como los domingos no trabajábamos, una mañana me abrigué bien y subí a la montaña, que estaba más lejos de lo que me habían dicho. Al llegar a donde estaba la nieve descubrí desolado que era solo una mancha dura y no más grande que el ruedo de una plaza de toros pequeña. Así y todo, me deslicé por la nieve, unas veces de espalda y otras de barriga mientras me observaban los pájaros y me aplaudían unos conejos blancos con los ojos verdes. Al llegar a la casa donde me acogían aquellos días les conté a los hijos del matrimonio que había estado arriba, en la montaña, revolcándome en la nieve y se miraban entre ellos, estupefactos, convencidos de que lo había soñado.

Curiosamente, ahora vivo a una hora del mar y a dos y media de la nieve y apenas veo ni una cosa ni la otra. Algo más el mar, en Sanlúcar de Barrameda o Huelva, aunque cuando puedo me escapo a la Isleta del Moro, en Almería, en el Cabo de Gata, donde de noche el mar parece cantar fandanguillos del Ciego de la Playa y bravos tarantos de Pedro el Morato. No hay nada más placentero que descubrir todo aquello que desconoces, sobre todo cuando lo descubres tarde, en la adolescencia, porque has acumulado muchos sueños. Mi madre tiene 87 años y aún no conoce el mar, que habrá visto si acaso desde lejos. Sí la nieve, porque fue testigo de aquella nevada en Palomares, aunque ella no habla de cómo patinaban las ranas y las polluelas en el caño del Capataz ni del pingüino que tomaba chatos de vino en la taberna del Norra. Ni siquiera de los olivos que amanecieron con blancas moñas de jazmines. Para ella, aquella nevada fue más bien un engorro, como para mi abuelo Manuel, que esa mañana no pudo ir a limpiar olivos y tardó tres horas en poder encender el anafe para poner a hervir un puchero que aquel día fue más milagroso que nunca. Había nevado en el pueblo.

 

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1 Comentario

  • Luis Pérez Escrito el 2 agosto, 2014 20:51

    Maravilloso, la visión a través de los ojos de un niño con palabras dignas de García Márquez. Realismo mágico de muchos quilates. Me gusta mucho el Niño de Cabra, pero en boca de un pingüino, debe de ser la leche.

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