El arte de saber envejecer

Arahal-guerra

Mañana cumplo cincuenta y siete años, lo que me parece mentira, pero según la partida de bautismo recibí mi primer beso de luz el 11 de enero de 1958. Mis padres querían una niña, porque ya tenían un varón. Aún recuerdo sus caras de contrariedad cuando le dijo la matrona de Arahal que era otro machote, como si yo hubiera sido el responsable del desaguisado. Encima nací con menos energéticos que el puchero de un vegetariano: pesé solo dos kilos y medio, poco más o menos lo que un pollo de entonces o bastante menos que un conejo de campo. Y vine al mundo con una salud precaria. Mi madre dice que estuve llorando los primeros seis meses de vida, de día y de noche, y que no me agarraba a la teta de ninguna de las maneras posibles. Curiosamente, en ese aspecto he evolucionado favorablemente desde entonces. Era lo que se dice un desastre de churumbel. Y ya ven, en eso sí que apenas he progresado. No eché los primeros pasos hasta los dos años. Claro, como estaba tan enclenque. Y hasta que no comencé a decir las primeras palabras, dos o tres meses después, solo decía “¡Acúm! ¡Acúm”! Lo decía abriendo y cerrando los puños, con cara de rabia, como crispado, pero jamás supieron descifrar el misterio de aquellas inaugurales expresiones dialécticas. Creo que la rabia era por la falta de comunicación, les costaba saber qué quería y a lo mejor por eso apretaba los puños de coraje. Hasta que no somos capaces de hablar, los gestos son como una jerigonza silenciosa. Vivo solo y me comunico con mi perro a través de mímicas. Con una simple mirada sabe perfectamente lo que le quiero transmitir y a mí me ocurre lo mismo cuando él me mira. Antes de hacer cualquier cosa busca siempre mis ojos y actúa dependiendo del mensaje de mi mirada, como esperando satisfacer mis deseos.

Ayer me dio por reflexionar sobre qué hubiera ocurrido en el mundo si yo no hubiera nacido. Y no crean, casi nada hubiera sido igual. Somos miles de millones de seres humanos los que habitamos la tierra, pero todos somos fundamentales en algo y para alguien y de algún modo ejercemos una influencia en quienes nos rodean, en la familia, en los amigos o en nuestros vecinos. Incluso en gente que ni conocemos. Nos diferenciamos en cosas materiales, además de en el color de la piel y el idioma, pero en realidad somos como gotas de agua. Conocí hace unos meses a una persona a través de Facebook que vive a casi diez mil kilómetros de Sevilla y es increíble lo que nos parecemos, siendo de países distintos, con lenguas diferentes. Cuando aquí hace frío allí hace calor y cuando allí es primavera y el campo se llena de flores, aquí muda la tierra su piel multicolor y los árboles sueltan las hojas.

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Volviendo a la posibilidad de no haber nacido, me pregunto, por ejemplo, qué hubiera sido de la música sin Mozart, de la literatura sin Cervantes, de los cuentos sin Calleja, del cine sin Alfred Hitchcok o del cante jondo sin Silverio Franconetti, Camarón de la Isla o Enrique Morente. Pero no hace falta poner de ejemplo a celebridades como las citadas. Cualquiera de nosotros por muy humildes que seamos hemos sido a veces fundamentales para otras personas, cercanas o no. Vas por la calle, quieres atravesar la calzada sin haber mirado bien si vienen o no coches y alguien te sujeta del brazo para que no cruces, porque te ha visto en peligro. Seguramente te ha salvado la vida en ese justo instante y no le conoces de nada. ¿Imaginas que esa persona no hubiera nacido? A lo mejor nació solo para estar ahí en ese momento crucial de tu vida, quién sabe. Y ya todo lo que hagas en el futuro será gracias a ese ángel de la guarda.

Mañana cumplo cincuenta y siete años y, sinceramente, me parece que nací hace solo diez o doce, como mucho. Salvador Dalí dijo una vez que muchas personas no cumplen ochenta años porque se quedaron en los cuarenta. Yo me quedé en los diez, sigo siendo aquel niño que quería volar pero, como los gorriones, sin cambiar mucho de árbol. No estoy nada de acuerdo con eso de que hay algo más triste que envejecer, que es seguir siendo niño cuando te llega la ancianidad. La vejez es un arte difícil de dominar. Mi madre anda ya cercana a los noventa años y no acaba de cogerle el tranquillo a la ancianidad. Y eso que no es algo que te ocurre de la noche a la mañana, sino una carrera larga. Deberíamos de llegar a viejos sin perder del todo la piel de la infancia, pero mentalizados para la última etapa de la vida, en la que la esperanza se debilita un poco cada minuto que pasa. También tiene sus ventajas envejecer. Con los años vemos peor y, para lo que hay que ver, mejor ver poco. Esto me recuerda a un conocido que trabajando en una fundición de Alemania perdió un ojo y la empresa le propuso dos cosas: recuperar el ojo perdido o recibir una indemnización de casi medio millón de pesetas de la época, los años setenta. Llamó a su mujer para que le aconsejara qué hacer y esta le dijo que, para lo que había que ver en Montellano, que trincara el dinero y se viniera para España. También vamos perdiendo la capacidad de oír y eso suele ser un trauma, aunque evitamos escuchar muchas de las tonterías que se dicen a nuestro alrededor, y a cantantes como Paquirrín. Por último, con la vejez también suele llegar la soledad y siempre es preferible estar solos que mal acompañados. “Tu soledad y la mía/ son dos soledades solas/ que viven en compañía”.

Para mí todos los caminos llevan a los olivos Arahal.

Aceptaré mañana estos cincuenta y siete años que cumpliré convencido de que me han servido para algo, de que habré alegrado algunas tristezas, de que alguien habrá sonreído con algunas de mis ocurrencias y de que gracias a mí alguien en algún lugar del mundo habrá agradecido haber nacido o que lo hubiera hecho yo. No pondré velas en la tarta porque va a parecer el desfile de las antorchas al que se refería la actriz Katharine Hepburn cuando le preguntaron sobre la vejez. Tampoco me tomaré cincuenta y siete mostos porque, aunque en la taberna de mi paisano Vicente el Bizcochero cuestan solo cincuenta céntimos, con tapa incluida, la DGT no entiende de celebraciones y, por otra parte, el bolsillo tampoco. Solo leeré a uno de mis escritores favoritos, Graham Greene, quien nos dijo que en el fondo de nosotros mismos siempre tenemos la misma edad.

Fíjense si es importante que yo haya nacido, que de no haberlo hecho usted no estaría leyendo hoy estos desvaríos sabadeños y al estar haciendo otra cosa quién sabe si no andaría aburrido viendo alguno de esos programas de televisión en los que se suele preguntar qué sentido tiene haber nacido para ver lo que hay que ver, escuchar lo que hay que escuchar o pasar por el mal trago de perder un ojo en la fábrica y que su mujer le diga que para lo que hay que ver, “coge el dinero que mañana es el cumpleaños de la niña”.

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2 Comentarios

  • Enrique Escrito el 13 febrero, 2015 13:36

    Felicidades por el cumpleaños y enhorabuena por el artículo. Que no sepamos ver el sentido de la vida no quiere decir en absoluto que no exista. En Arahal, hace ahora siete años, en una misa de difuntos por un familiar muy directo, que acababa de cumpli 55 años, vi a jóvenes de entre quince y veintipocos años llorar verdaderamente conmovidos. Me consolé pensando que aunque se fue demasiado pronto, su vida, evidentemente tuvo un sentido.

    • lagazapera Escrito el 14 febrero, 2015 10:40

      A Enrique: Gracias, Enrique. Muy emotivo tu comentario, un abrazo.

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