El acordeonista de Mampela

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Aquella Navidad iba a ser triste en la casa de Manolito, sin mucho que llevarse a la boca. Había leña humedecida en el corral y garbanzos del rebusco. También una garrafa de mistela de Los Palacios que les había regalado un vecino con mucho interés. El abuelo había aliñado unas aceitunas luneras, esto es, cogidas a la luz de la luna, sin permiso de sus dueños, y quedaban algunas empanadillas de sidra que semanas antes les llevó un pariente desde Arahal metidas en un canasto de mimbre. Solo faltaba el pavo. Aquel año hubo morriña avícola y se murieron decenas de pollos y gallinas en el pueblo. Entre Palomares y Almensilla había una finca con un hermoso caserío y el dueño criaba pavos para venderlos en tan señaladas fiestas. Manolito había leído en algún libro que los pavos eran muy perceptivos a la música. Una mañana en la que José Manuel El Tamboriilero venía a la feria de Palmares, con su flauta y su tambor, observó que los pavitos de aquella finca se quedaban extasiados con la versión que José Manuel hacía de las sevillanas de moda de los Hermanos Toronjo, los Hermanos Reyes y los Romeros de la Puebla. Fue la primera vez que vio llorar a un pavo de los de plumas, de los de verdad. Y se  le ocurrió que si aquellos pavitos se habían criado escuchando la flauta y el timbal del tamborilero de Almensilla, conservarían en alguna habitación de su memoria el recuerdo de aquellas alegres melodías que sonaban en la radio cada primavera.

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Dos tardes antes de Nochebuena decidió comprobarlo y se fue a la finca con un acordeón que sabía tocar torpemente. Eligió las sevillanas El embarque del ganao, de los Romeros, y nada más comenzar empezaron a acercarse los pavos a la alambrada, conmovidos, casi descompuestos. Se miraban entre ellos un poco turulatos, como no dando crédito ante aquel improvisado concierto rociero. Se fueron acercando tantos pavos, pavas, pavitos y pavitas que empezó a tener remordimientos de sus verdaderas intenciones, que eran las de lograr que uno de los plumíferos se emocionara de tal manera que saltara la alambrada y le siguiera hasta Cuatrovientos. Y así fue. El más valiente de los pavos dio una volada increíble, saltó la alambrada y empezó a seguirlo, como los ratones y los niños seguían al flautista de Hamelín. No se atrevía siquiera a mirar hacia atrás porque temía que el pavo se asustara y regresara a la finca. Pero cuando había llegado a la altura de la piscina de Sartarén miró de reojo y vio que no solo le seguía el hermoso pavo, sino decenas de ellos que habían saltado también la alambrada agitados por las melodías que salían de su acordeón. Y no solo los pavos, sino gallinas ponedoras, pollos de engorde, conejos caseros y silvestres, liebres, abubillas, perdices, palomas torcaces, mochuelos, chivitos y lagartos. En el cielo, águilas culebreras, milanos, alcaravanes y cernícalos dibujaban estrellas de Oriente que se dirigían también a Cuatrovientos. Y atrás del todo, al final de la larga fila de voluntarios para alegrar aquella triste Navidad, una piara de cerdos blancos, colorados y negros, con collares hechos de tomillo y romero.

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La entrada en el pueblo fue apoteósica. Sus convecinos habían salido a la calle y los recibieron con vítores y aplausos. Abrieron las puertas de sus humildes casas y en cada una de ellas se iban metiendo un pavo, un pollo de engorde o un cerdo. Al llegar a Palomares, cuando el sol se había perdido ya por Mampela, confiriéndole un tono de oro viejo a las copas de los olivos, solo le seguía ya el primer pavo que se atrevió a saltar la alambrada. Los dos regresaron a Cuatrovientos, ya sin música, y cuando llegaron sintieron cómo en las casas se cantaban campanilleros y villancicos, sonaban los almireces, triángulos y cántaros, y vieron posadas en cada uno de los tejados a las estrellas de Oriente que habían dibujado las aves rapaces en el cielo azulado del Aljarafe. Cuatrovientos parecía el poblado de un cuento navideño. Incluso había nevado. La candela de la hijuela aún humeaba y a lo lejos, en el silencio de la noche, se oía a los mochuelos y a los cucos tararear Noche de paz, el popular villancico de Joseph Mhor.

Aquella noche, el pavo y Manolito se durmieron escuchando tan entrañable melodía navideña. A la mañana siguiente, al despertarse, el pavo había desaparecido, no había nieve en Cuatrovientos, la candela de la hijuela ya no humeaba y se habían ido las estrellas de Oriente de los tejados dejando al descubierto sus endebles tejas. Sus contiguos tenían el semblante triste y cada uno de ellos acudía a sus cosas cotidianas, unos al campo a labrar la tierra y otros esperando el autobús para ir a trabajar a Sevilla. Comprendió que todo lo ocurrido la tarde del día anterior había sido solo un sueño. Recordó que ni siquiera sabía tocar el acordeón. Y se alegró de que todo hubiera sido una jugarreta de la fantasía.

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Aquella Nochebuena no pintaba bien. La madre de Manolito tenía ya una olla llena de garbanzos en el anafe y el abuelo Manuel encendía una copa de cisco en el corral, que aventaba con un desgastado abanaó de palma. En la mesa camilla había ya un plato de pastelillos de sidra y algunos polvorones, de los de Carmen Pichardo. Y en la radio se oían los campanilleros de la Niña de la Puebla. Fuera, en la carretera, se escuchaban los roncos e ininteligibles pregones de Currillo el Latero y a Rocío la del Loro cantar un cuplé de Antoñita Colomer mientras barría la puerta de su casa. Aquella Nochebuena no pintaba bien. Sin embargo, conforme iban pasando las horas el anafe y la olla de garbanzos iban calentando la casa, la copa de cisco que había encendido el abuelo caldeaba la ropa de la mesa camilla y las llamas de la candela de la hijuela llegaban ya al cielo. Cuatrovientos comenzaba a oler a Nochebuena.

No hubo pavo aquella Nochebuena en la casa de Manolito. Se consoló pensando en que el dueño de la finca cercana a Almensilla no habría podido vender ninguno de los pavos aquel año y que pasarían las fiestas tranquilos, soñando quizás con que algún día apareciera al otro lado de la alambrada de espinos un niño tocando rudamente un acordeón. Pensó también en los cerditos, los conejos y las liebres, en las abubillas y las perdices, en los lagartos y en las águilas culebreras y cernícalos que dibujaban estrellas de Oriente en el cielo. En que seguían vivos, en el campo, contribuyendo entre todos a que los olivares y las huertas de Palomares continuaran siendo de todos, de los seres humanos y de esos otros seres de la tierra, las aves y los animalitos, que ni siquiera saben qué es o qué significa la Navidad.

El día de Año Nuevo, Manolito recibió un crisma de Navidad y en su interior, un texto que decía: “En nombre de los pavos y de todas las aves y los animalitos silvestres y domésticos del Aljarafe, feliz día de tu santo. Siempre serás para nosotros el acordeonista de Mampela”.

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