Destrezas ocultas por explotar

Al inventor del sentido del humor

Tengo algunas destrezas ocultas por explotar y una de ellas es la de inventor. Raro es el día que no sale una noticia en la televisión sobre un invento importante y descubro boquiabierto que ya había pensado en eso hace años. Mi problema es que tengo muy buenas ideas, pero que no las llevo a cabo por desidia o por falta de parné. Sin embargo, reconozco que algunas sí las he llevado a la práctica y han sido un auténtico desastre. Cuando era un niño me propuse crear un ingenio de madera y muelles para enderezar pestiños, pero se partían siempre. Como mi madre me obligaba a comerme los dulces quebrados, estuve a punto de sucumbir de un retortijón de pestiños. Observando una tarde la boina de mi abuelo pensé en crear una maquinita para colocarle los rabillos, pero, cuando la creé, caí en la cuenta de que, además de la de mi abuelo, en el pueblo no había más de diez viejos que usaran boina. Mal negocio, pensé, porque una boina dura toda la vida y, al fin y al cabo, el rabillo no es imprescindible. Todavía hoy no sé qué función cumple. A los pocos años apareció un señor en la televisión anunciando que había inventado la máquina de ponerle los rabillos a las boinas. Se pueden imaginar la cara que de gilipollas se me quedó. El siguiente invento fue crear una trampa para palomos. Las trampas tradicionales eran muy sencillas: una jaula con una paloma dentro y una cuerda para tirar de ella cuando el palomo, encandilado por los encantos de la pichona en celo, se metiera en la jaula. Era infalible, pero había que estar vigilando, lo que ocupaba muchas horas al día. Creé una trampa con la misma técnica de la costilla para pájaros, o sea, con la puerta de la jaula sujetada por un pinganillo que, al pisar el palomo, atraído por la paloma encerrada en un doble fondo, saltaba el pinganillo y el palomo quedaba atrapado automáticamente. Como en la barriada donde vivía había una gran afición a los palomos –colillanos y jerezanos, sobre todo–, pensé que había solucionado mi vida. Creé diez trampas y las vendí en un solo día, a mil pesetas cada una. Para que se hagan una idea, el sueldo mensual de un trabajador no era entonces superior a ese dinero. Sin embargo, pocos días después de venderlas se presentaron en mi casa los compradores para que les devolviera el dinero porque habían descubierto un fallo descomunal en el invento: que caían sus propios palomos en la trampa. ¡Mechachis! Desalentado, decidí dejar de ingeniar y dije, para reconfortarme, aquello de: “Que inventen otros”. Pero el otro día, desayunando, comencé a pensar en cómo conseguir de una puñetera vez que no pringue el tarro de la miel. No tengo arreglo.

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