Descubriendo el sexo con Viriato

Cuando era un niño, en mi casa no se hablaba nunca de sexualidad. El sexo es una cosa natural en los seres humanos desde que nacemos, desde que somos bebés, una función tan normal como las de comer, reír o llorar. Hoy se habla de sexo en las escuelas y hasta se crean talleres educativos, que algunos no aprueban. Pero entonces, y más en los pueblos pequeños, cualquier comentario o manifestación espontánea sobre este asunto en casa, el colegio o la calle eran motivo de regañina, castigo físico o psicológico. El papel de los padres es fundamental en la orientación del niño a este respecto, pero en mi casa jamás se habló de sexo. Cómo estaríamos de informados los niños de entonces, que una noche en la que mi madre me lavaba en una caldera de agua caliente, como de costumbre, descubrió que tenía un pequeño bulto en la ingle. Preocupada, se lo notificó a su hermana Ramona quien no le dio la mayor importancia al curioso hallazgo. “¿No será que voy a desarrollar pronto”, les pregunté a las dos. Tanto mi madre como mi tía Ramona se echaron a reír con la ocurrencia. No obstante, aunque no tendría más de ocho años, al día siguiente iba ya presumiendo por el pueblo de que me encontraba en el umbral de la adolescencia, de que estaba a las puertas de la pubertad. Tenía unas ganas enormes de crecer, de ser un hombre. Sin embargo, algún problema hormonal me retrasó algo el desarrollo y eso me planteó un grave problema ante mis amigos, los de mi edad, que ya empezaban a reunirse en lugares apartados del pueblo para el placer solitario y presumir de quién tenía el pene más grande o más cantidad de vello en el pubis. Siempre ponía algún pretexto para no participar en aquellas sesiones colectivas de desahogo hormonal. Y también cuando se bañaban totalmente desnudos en alguna alberca o riachuelo. Evitaba acompañarlos, en la medida de lo posible, cuando iban a buscar a alguna jumentilla con la que aprender a ser sementales, algo que era habitual entonces. No fue fácil para mí afrontar aquella etapa de mi vida, la adolescencia, en un pueblo donde resultaba de una tremenda dureza ser diferente de los demás, en el aspecto que fuese. De hecho, una de las aficiones favoritas de algunas de las personas del lugar era ponerle mote a todo el que se iba a vivir al pueblo. Remoquetes, en algunos casos, de una crueldad infinita porque por lo general eran asignados en relación con algún defecto físico e incluso mental: el Hombre Rana, el Bizco, la Loca, el Culón, el Sordo…

Insectos

El primer amor de mi vida fue un bichito no más grande que una lenteja, que pululaba por los luminosos campos de Cuatrovientos. No recuerdo qué clase de insecto era, y es muy posible que ni siquiera lo supiera entonces. Era una especie de gusarapo microscópico de color marrón claro que me ponía cachondo, aunque tampoco sabía muy bien lo que significaba ponerse cachondo, excitarse, ponerse tierno. Solo sé que ocurría y que me pasaba horas y horas jugando con él porque era algo que me hacía feliz. Sentía un inmenso placer poniéndolo panza arriba y acariciándole el vientre, donde me figuraba que el animalito tenía los genitales. Mientras otros niños de mi edad buscaban jumentas, ovejas, cabras, gallinas, vacas o melones calentitos para saciar los primeros apetitos sexuales, los incipientes calentones de la adolescencia, el insecto henchía mi anhelo. Tuve relaciones con él durante más de un año y lo llamé Viriato en honor de uno de mis héroes de la infancia. La verdad es que no sabía si el insecto era macho o hembra, pero, en cualquier caso, hubiera sido un poco fuerte llamarle Viriata, ¿no creen?  Recuerdo que una tarde llegué a mi casa, senté a mi madre en una silla de aneas y le dije: “Omá, aquí le presento a Viriato, su nuera”. Se quedó patidifusa, pero esbozó una anchurosa sonrisa y nos sirvió una taza de chocolate con buñuelos. La relación iba de dulce. La ventaja que tenía sobre mis amigos era que me podía llevar a mi amante a casa, al colegio, a la iglesia o al fútbol. Ellos no, lógicamente. Por las mañanas buscaba a Viriato, lo guardaba en uno de los bolsillos del pantalón y me iba a la escuela con él. Si la lección del maestro era aburrida -que generalmente lo era-, lo ponía sobre la mesa, detrás del lapicero, le hacía algunas caricias y veía a Dios en la pizarra, en vez de a Pitágoras. En cambio, los demás niños solo podían soñar despiertos con sus animales o con el melón calentito. A uno de ellos se le ocurrió llevarse a una pava al colegio para entretenerse, pero el ave de corral se escapó en plena clase y ya se pueden imaginar la que se lió en el aula. Hace unos años estuve tomando el sol en aquellos parajes y me reencontré con Viriato. Me hallaba tan tranquilo disfrutando de la música del campo cuando, sin esperarlo, comenzó a subir por mi brazo izquierdo hasta detenerse en el hombro. Me miró fijo a los ojos y me preguntó, con dulzura, que si todavía lo recordaba. En seguida supe que era él y me emocioné con tan feliz momento. Le pedí que se pusiera panza arriba para hacerle cosquillas en el vientre, pero me dijo que le dolía mucho la cabeza. Al despedirnos, el brillo de sus ojos alumbró todo el olivar, confiriéndole aspecto de bosque encantado.

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