De soledades y miradas

Cuando aún era un niño y residía en Palomares del Río siempre me llamó la atención que alguien viviera solo, sobre todo si era un hombre. Hace medio siglo no era algo normal en los pueblos, pero había personas que vivían solas y solían ser hombres o mujeres pobres o de condición humilde. Tuvo que ser duro para aquellas personas porque era una época en la que casi nadie tenía aún televisor en casa, si acaso una modesta radio de aquellas de antena y su ropita de encajes a juego con las cortinas de la salita. En Palomares había tres o cuatro personas que vivían solas y me encantaba hablar con ellas para saber el motivo de sus soledades. Y casi siempre había una historia triste, de infancias duras o desengaños amorosos, de timidez o exclusión social. Una mujer que no era de Palomares y que llegó al pueblo en la década de los cincuenta me contó que su novio la había dejado por otra y que había decidido renunciar al amor para siempre porque no concebía la vida en brazos de otro hombre. Era una mujer guapa, con un pelo negro recogido en un generoso moño y que siempre iba muy bien vestida. El que fue su novio vivía también en el pueblo casado con otra y con hijos, al que veía todos los días por las calles. Era enternecedor cómo miraba a los hijos de aquel hombre, el amor de su vida, como si fueran de verdad suyos. Años después, viviendo ya en Sevilla, escuchaba en la radio una canción por bulerías de Perrate de Utrera que me recordaba a aquella atractiva mujer: “Ayer tu niño en la calle/ me dijo que lo besara/ y a mí me dio escalofrío/ pues tiene tu misma cara”.

Hoy viven solas en España centenares de miles de personas y detrás de cada una de ellas habrá también una historia triste. Pero a diferencia de lo que ocurría antes hoy no interesan a nadie esas historias. Yo mismo vivo solo, en un pueblo, además, y nadie me ha preguntado nunca los motivos de mi soledad o si tengo una radio con su ropita de encajes o una televisión de plasma que coge medio salón y parte del pasillo. Ningún niño de ojos curiosos se ha asomado jamás a mi ventana para ver  cómo es mi casa, como hacía yo en Palomares. Ni ninguna vecina me ha preguntado jamás si sé cómo se pone una lavadora o el lavavajillas o cómo se limpia la campana de la cocina. Eso sí, cuando llego tarde oigo el rugido de alguna persiana y en las tiendas siento los alfilerazos de miradas que disimuladamente observan los fondillos de mis pantalones o mis zapatos. Mi tía Rosario Bohórquez, de Arahal, siempre me decía que nunca saliera a la calle con los pantalones caídos, el pelo descuidado y los zapatos sucios. Ella, que murió mocita, aunque nunca vivió sola, sino con sus hermanos solteros, se arreglaba cada mañana para ir a la plaza como si fuera a acudir a una verbena. Se recogía su abundante pelo negro en un cuidado moño coronado con una moña de jazmines. Limpiaba sus zapatos con medio tomate y se ponía un delantal muy bien planchado. Antes de salir se miraba al espejo y se alisaba las cejas con los dedos mojados en saliva. Era el último retoque antes de abandonar la casa y coger la calle Morón abajo camino de la plaza de abastos donde nada más entrar clavaban en ella sus miradas los carniceros y los fruteros. Rosario la Serena no era un bellezón, pero tenía esa elegancia natural de las mujeres de los pueblos y una manera única de lucir un moño o el lustroso delantal. Era muy coqueta, pero no hacía alarde de ello. Una mañana la cogí sin querer disimulando algunas canas con un kanfort negro y al preguntarle que por qué no se echaba un tinte, como hacía todo el mundo, me contestó casi sin mirarme: “No es bueno sepan tanto”.

Si vives hoy solo en un pueblo tienes que tener cuidado cuando llames a un fontanero. Procura que lleve puesto el mono azul cuando entre en tu casa, porque pueden pensar otra cosa. Y si entra una mujer, aunque sea de NorteHispana, deja la puerta abierta y no se te ocurra correr o descorrer alguna cortina. Y eso que tienen esos programas de la televisión en los que están al día de todos los chismes del famoseo, programas que antes no existían y que hoy nadie reconoce ver, pero casi todos los españoles sabemos con quién duerme Isabel II -la hija adoptiva de Isabel Pantoja- y quién es el penúltimo novio de María Teresa Campos. Por no hablar de dónde hace popó el hermano de Rocío Jurado o cuál es la verdadera tendencia sexual de un tal Kiko Hernández.

Otro de los grandes peligros para quienes vivimos solos son las redes sociales, en las que no solo se ocupan de los famosos. De haber existido Facebook hace cuarenta años mi tía Rosario hubiera salido retocándose las canas con un canfort. Yo mismo salí un día en esta red social llevándome a la boca una cuchara llena de garbanzos en una peña flamenca, en las que siempre hay algún tonto con el móvil preparado para hacer el reportaje del fin de semana. Tienes que tener cuidado con esto porque pueden descubrir tus empastes o si un día te has puesto un calcetín de un color diferente del otro. Ya no hace falta ser famoso para que invadan tu intimidad. En las redes sociales hay escayolistas, carniceros o camareros que no solo cuentan su vida a diario, sino que narran con toda clase de detalles y una barbaridad de errores gramaticales la vida de los demás, de sus hermanos, cuñados o primos, poniendo al descubierto incluso sus vicios más inconfesables, cuando no alguna parte del cuerpo normalmente oculta.

En la ciudad los solitarios suelen pasar más inadvertidos. Viví también solo en un bloque de pisos y en cuatro años hubo vecinos con los que no crucé ni una palabra. Una noche subí a gatas la escalera, con una tajada del quince, me encontré con una vecina que casi me pisa las manos y ni siquiera me miró. Al poco tiempo me la volví a encontrar, enlutada hasta el cuello. Había enviudado y ni siquiera me enteré. Fue entonces cuando decidí irme a vivir a un pueblo, a sabiendas de que correría el riesgo de   que si me quedaba solo me mirarían los fondillos de los pantalones en el supermercado y al sacar la basura, de madrugada, podría escuchar eso de “niño, ¿no te parece raro que el vecino saque tan tarde la basura? Para mí es que ha matado a alguien y se está deshaciendo poco a poco del cadáver”.

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2 Comentarios

  • Curro Canela Escrito el 6 septiembre, 2014 16:40

    Entrañable y sentimental artículo.
    La soledad para el que no la busca puede ser un castigo, los tiempos cambian y cada vez es más patente la independencia de las personas ante una media naranja. Yo me quedo con vivir a mi manera o por lo menos intentarlo. La condena de la apariencia al final te pasa factura.
    Un fuerte abrazo desde un rincón del Aljarafe.

  • Salvador Escrito el 7 septiembre, 2014 13:32

    La soledad es cruel,yo afortunadamente no la padezco,pero tengo amigos,que por diferentes causas,viven solos.Se apañan bien,porque como dice el refrán, “a la fuerza ahorca”.También es cierto que hoy la vida es distinta,pero cuando cierras la puerta,me imagino que,como dije al inicio,la soledad tiene que cruel,muy cruel.Saludos

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