De la vida y de la muerte

Suelo reflexionar bastante sobre si en realidad me gusta cómo vivo, lo que escribo y lo que hago todos los días, que es más o menos lo mismo que vengo haciendo desde hace algunos años. Si quieren que les sea sincero, me aburre mucho esto de echar días atrás soñando despierto con la casa en el campo que nunca tendré, echando de menos lo que jamás he tenido y soportando lo que casi nunca he deseado. Los que somos inconformistas por naturaleza, como es mi caso, estamos siempre llenos de dudas. Hace años vi morir a una mujer con más de un siglo, casi en mis brazos, y observé cómo se fue apagando como una vela, con una lentitud que cortaba el aliento. Días antes de su muerte le pregunté que si le había merecido la pena vivir tantos años, pasar tantas fatigas y derramar tantas lágrimas. Me dijo que sí, que le había merecido la pena por haber criado a sus cuatro hijos y haberlos convertido en hombres de provecho. Curiosamente, tres de sus hijos ya habían muerto de viejos. Después de ver tan de cerca cómo se apagaba aquella vida jamás he vuelto a tenerle miedo a la muerte, a la mía, seguramente porque nunca voy a ver morir a los hijos que no tengo.

 

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