De la tierna infancia a la soledad

Cuando era un niño se me ocurrió un día intentar crear un mundo aparte, donde también hubiera pájaros, conejos, nubes, estrellas, lagunas, cunetas llenas de tagarninas, olivos, pinos con nidos de cernícalos y lagartos verdes en los barrancos. Elegí como modelo el mundo que conocía, que entonces medio me gustaba. Pero quería uno a mi medida, de fantasía, donde nadie me obligara a ir al colegio, a trabajar o a bajar al pueblo a por cubos de agua. Deseaba poner en práctica algo que luego fue un fracaso, que era hacer realidad los sueños. Si una noche soñaba que una nube bajaba tanto al corral de casa que podía montarme en ella y viajar, quería hacerlo realidad. Y quería también cambiar una realidad que no me gustaba, aliviar de algún modo las penas de mi madre y mi abuelo, ayudar a mis hermanos a ser felices y a que el pueblo, Palomares del Río, se convirtiera en un lugar donde nadie fuera más grande que nadie, la convivencia fuera pura armonía y los lujos de unos pocos no significaran el hambre y las miserias de otros, siempre de una mayoría. Empecé a construir ese mundo idílico, en soledad, sin ayuda de nadie, porque además tampoco había tantos soñadores entre los de mi edad. Pero un día cité a unos cuantos amigos en el pino de Mampela y tuvimos una reunión para ver cómo podíamos fundar nuestro particular mundo, una especie de país de las maravillas alejado de nuestros padres y los poderes fácticos. Y empezaron pronto los problemas, cuando llegó la hora de elegir presidente y todos querían mandar, ser el líder del grupo. Fue entonces, con solo 10 años, cuando empecé a entender la necesidad que tenemos de tener poder. Empezaron también las discrepancias y cada uno mostraba su ideología sin saber muy bien qué era eso, aunque ya apuntaban maneras. Los habíamos amantes de la naturaleza, defensores de la flora y la fauna del lugar, y también quienes pensaban que un pajarito estaba mejor frito que cantando en la rama de un olivo a la llegada del alba. Unos eran de ir a misa los domingos por la mañana y otros no y los que amaban a Dios nos amenazaban con el infierno a los que, sin ser ateos, porque tampoco sabíamos qué era eso, estábamos molestos con el Padre por muy diversas razones, casi siempre por las mismas: entre otras, porque solo salía a la calle un día al año para que lo pasearan por el pueblo y le aplaudieran cuatro señoras enlutadas. Luego estaban los desobedientes, los antisistema, los que detestaban la disciplina en casa, la escuela o la iglesia, quienes con el tiempo llevaban una bala en el cuello, bebían litronas en el malecón de Ricardo y liaban porros con escasa destreza en el depósito del agua. Por último, estaban los separatistas, los que querían que Cuatrovientos fuera independiente de Palomares de Río, una aldea autosuficiente, que acabaron por aburrirse y con un chalé cada uno de ellos en las muchas urbanizaciones que se hicieron en el pueblo, que a mí me fastidió porque aniquilaron los pájaros, los conejos, las lagunas y la tranquilidad del pueblo. Desaparecieron los cernícalos y los lagartos verdes, las tagarninas de las cunetas y ni las generosas y amables nubes bajaban ya al corral de casa para invitarme a subirme en ellas y ver desde el cielo los campos de jaramagos y las huertas, que ya hoy solo son el recuerdo la infancia.

Yo soy el de la vespita y mi hermano el del caballo. La niña es mi hermana Loli. Feria de Palomares del Río, 1967.

Yo soy el de la vespita y mi hermano el del caballo. La niña es mi hermana Loli. Feria de Palomares del Río, 1967.

Estos días he reflexionado bastante sobre esto, sobre los sueños y las fantasías de la niñez y de cómo nos cargan de frustraciones para toda la vida, que nos condicionan. Cuando te das cuenta has envejecido y hasta puede llegar a deprimirte mirar atrás y recordar aquellos años, los de la formación. Tengo la certeza de que los seres humanos somos dirigidos desde que recibimos el primer beso de luz hasta que nos quedamos a oscuras. Cuando somos niños queremos crecer deprisa para tomar las riendas de nuestra propia vida, como si alguna vez la vida fuera nuestra y no algo que te dan al nacer para que lo utilices siempre en beneficio de alguien. Era tan sensible que quería crecer rápido para evitar que otros niños me gastaran bromas pesadas o me agredieran física o verbalmente, porque veía que entre las personas de avanzada edad no ocurría eso. Pone la carne de gallina saber que en España viven solas cuatro millones y medio de personas por un motivo u otro. Seguramente fueron niños y niñas que quisieron crear también un mundo aparte, de fantasía, vivir en una especie de país de las maravillas. Adolescentes que soñaron con querer cambiar el mundo y que ahora están entendiendo que no han cambiado nada o casi nada. Personas que siguiendo una pautas marcadas por quienes nos dirigen desde niños se casaron, crearon una familia, lucharon, pasaron fatigas y que ahora viven en soledad mientras rumian recuerdos, unos echando días atrás viendo la televisión y otros leyendo novelas en un parque. A lo mejor, quién sabe, es ese el país de las maravillas que soñaron en la niñez: el de la soledad. Lo vemos como un drama social y podríamos verlo también como una conquista del hombre y de la mujer. Un alma sola, ni canta ni llora. Y nos hemos inventado o apropiado expresiones filosóficas como mejor solo que mal acompañado. El gran pensador francés Jean Jacques Rousseau dijo que es verdaderamente libre aquel que desea solamente lo que es capaz de realizar y que hace lo que le agrada. Mi madre ve la soledad como una especie de recompensa, en vez de como un castigo. Tiene tres hijos con los que podría compartir techo, cuarto de aseo y nevera, pero prefiere vivir sola y que sus hijos la ayuden en las necesidades básicas sin que esas ayudas le impidan vivir en su burbuja de felicidad o de desdicha, o en la mezcla de ambas cosas. Seguramente fue también una niña soñadora cuando con seis o siete años vendía suspiros de canela o altramuces por las calles de Arahal para ayudar en casa. Me confesó una vez que jamás soñó con casarse y crear una familia. Al final lo hizo, cercana ya a los treinta años, se cargó pronto de hijos, enviudó joven y desde entonces no ha parado de luchar. Si para Víctor Hugo el infierno estaba todo en la palabra soledad, para mi madre ha estado siempre en la falta de libertad para decidir.

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