¿Cantera de mano de obra barata?

En  Andalucía solo se habla de la pobreza infantil cuando aparecen los datos en los medios de comunicación, cuando se publican las estadísticas. Y algunos sociólogos y politólogos de Madrid se hacen eco de estos datos y los comentan como si constituyeran una novedad informativa. ¿Cuándo no ha habido pobreza infantil en Andalucía? Pero la pobreza infantil no es solo que haya muchos niños con hambre, que eso se solucionaría con comedores sociales o ayudas a las familias más necesitadas. Ahora van a llegar diecisiete millones de euros, que si de verdad llegan y se administran bien pueden remediar en parte el problema. Eso es lo que cuesta un jugador de fútbol de medio pelo, pero menos da una piedra. La pobreza infantil es también toda una generación condenada a la escasez de oportunidades, al difícil acceso a la Universidad o el mercado laboral. Los que hemos sido niños pobres y no lo ocultamos sabemos muy bien qué significa eso. En el pueblo donde me crié los niños más inteligentes eran siempre hijos de guardias civiles, hacendados o bien colocados en Sevilla, en la Caja Nacional o en la Diputación. Por lo general eran quienes les llevaban al maestro medio saco de garbanzos, una caja de productos de la huerta familiar o una garrafa de aceitunas aliñadas. Luego aprobaban los exámenes por sus propios méritos, seguramente. Pero por si fallaba algo, le llevaban el regalito. Los niños más torpes teníamos que ir a rebuscar, echábamos horas por las tardes en una fábrica de porrones tuneados o nos obligaban a pedirle al cura latas de manteca o ropa usada de la que mandaban los americanos junto con la leche en polvo. Si aparecía un piojo en el colegio no tenía que venir desde Sevilla un especialista en miseria, porque enseguida daban por hecho de qué cabezas se habría podido escapar. Ves una fotografía del colegio de los años sesenta y no hay que ser un lince ibérico para averiguar quiénes eran pobres y quiénes no. No teníamos un número marcado a fuego en la frente, pero a los niños pobres nos marcaban con un pelado al cero. Y eso es lo que siempre llevé mal porque era un niño muy presumido. Cuando estaba a punto de conquistar a la niña más bonita de Cuatrovientos, zas, pelado al cero y adiós a la conquista, porque las niñas de Palomares ya veían la televisión y habían descubierto que los adolescentes de las series lucían venustas y aseadas cabelleras. Cada vez que mi madre me llevaba al barbero me sentía como el borrego al que le quitaban la lana en primavera. Además, los niños menesterosos solíamos tener las orejas más abiertas o despegadas que los otros niños. No por una cuestión genética, sino puramente alimenticia. Y nos pelaban tan rapados que a veces se dejaban ver unas cicatrices horribles, como producto de pedradas o desgarrones en las alambradas de las huertas. En ocasiones, el barbero se apiadaba y nos dejaba el flequillo, que era todavía más humillante. Menos mal que el pelo crecía luego de una manera descompensada y acababas con un tupé muy vacilón.

En esta humilde casita de Palomares del Río me crié.

En esta humilde casita de Palomares del Río me crié.

Pobreza infantil significa exclusión social, difícil acceso a los recursos para la educación, al trabajo y a la vivienda digna. El concepto de pobreza ha cambiado bastante en los últimos años. Cuando yo era niño se interpretaba como una situación natural, como ocurría en la Edad Media. Los pobres heredaban la pobreza y la asumían con naturalidad, como un legado familiar más. A diferencia de la pobreza urbana, la de los barrios marginales de Sevilla, en la rural había más posibilidades de buscarse la vida. No dependía tanto de las ayudas al desempleo, como hoy, sino de la capacidad individual de cada uno para poner a hervir la olla todos los días. Entonces, pobreza y desempleo no tenían la misma relación que en la actualidad. Cuando mi abuelo Manuel no trabajaba, cogía un saco, se iba al campo y a la caída de la tarde aparecía en casa con una liebre, tagarninas, caracoles o algún melón del rebusco. Esto, el rebusco, era la base de nuestro sustento, las aportaciones propias, que hoy no existen porque el que está desempleado solo depende de las ayudas al desempleo, cuando las hay. Esta nueva pobreza, como la llaman los sociólogos, la del siglo XXI, convierte al pobre en un ser humano totalmente dependiente del Estado o las instituciones benéficas. Cuando el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se refirió a que “España jamás ha tenido una política de bienestar social como la de ahora”, se referiría a eso: a una política social basada en la limosna, en la de contentar y contener a los pobres con ayudas sociales que, sin embargo, no evitan desahucios, mendicidad callejera, emigración, abandono escolar o exclusión social. Esta es, en síntesis, la política del bienestar de la que presume quien para intentar sacarnos de la crisis económica ha antepuesto los intereses de la banca y los empresarios, del capitalismo, al de los ciudadanos más desfavorecidos, que a estos se les puede callar la boca con ayudas que les permitan ir cada tres días al mercado o pagar los libros de texto de sus hijos. Esta pobreza, la actual, contrasta con el lujo con el que viven algunos españoles, políticos incluidos. Los pobres tienen televisor y ven a diario y en directo el nivel económico de quienes, a pesar de la crisis, siguen siendo unos privilegiados. Pero no solo eso. Los pobres, además, ven que en la comunidad más pobre de España, Andalucía -o con el índice más alto de pobreza-, la clase política es también la más corrupta del país, o una de las más putrefactas. Esto hace que la pobreza sea aún más dura, más difícil de sobrellevar. Los que no hemos perdido aún el contacto con la pobreza extrema, quienes la vivimos y hasta la sufrimos en nuestras propias carnes, sabemos muy bien qué significan la impotencia y la rabia que se sienten cuando tú te mueres en la miseria y quien ocupa un cargo público gracias a que lo has votado se pega la vida padre. Y no solo eso. Lo peor es que, encima, ese al que le has dado tu confianza se lo lleva calentito delante de tus narices y se te queda una increíble cara de gilipollas.

La pobreza infantil es un drama y no tiene ya sentido en una región como Andalucía, de un nivel económico alto. Los niños pobres de hoy serán la mano de obra barata de mañana. Y eso es lo que quiere el capitalismo: que los pobres no dejen nunca de hocicar.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn

Escribir comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort
istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort
istanbul escortsistanbul escortsistanbul escortsistanbul escortsistanbul escorts
istanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escortistanbul escort