Campanadas, campanillas y campanazos

Tendrían que haber visto la cara de mi madre cuando en Canal Sur Televisión –el único canal que se ve en su casa, por cierto– cambiaron las campanadas de fin de año por un anuncio de Coca-cola. No por uno de fino de Jerez o de mosto de Umbrete, sino por uno de Coca-cola. Miraba turulata perdida al Juan y Medio de escayola que tiene en el mueble-bar, con perejil –lo cambió hace años por un San Pancracio de barro que tenía en la mesita de noche, como ya no busca trabajo…–, preguntándose qué leches ocurría con las campanadas de fin de año. Con el trabajito que le había costado a la pobre pelar las doce uvas, que eran doce castañas de Piedrahita. También me miraba a mí esperando ver mi cara de regocijo, porque sabe que lleva años mortificándome con los niños cantores de Juan y Medio y Pepito el Caja, que tiene la gracia donde mismo la tienen las avispas, en salva sea la parte. Intenté disimular todo lo que pude, aunque por dentro era una feria, una juerga de gitanos de aquellas de la Cava de Triana que se perdieron para siempre. En un año en el que casi todo me ha salido rematadamente mal, que mi madre detractara por fin a Canal Sur era un fin de fiesta inesperado, perfecto, para un año tan hijo de su santa madre. ¡Dios, qué momentazo! “Con Juan y Medio esto no hubiera ocurrido jamás”, dijo doña Pepa totalmente abatida.

No se lo creerán pero quiero a este hombre como al padre que nunca tuve. En un principio me caía un poco gordo, con esas ocurrencias suyas tan estudiadas que tanto gustan a los andaluces y a las andaluzas, pero he acabado por cogerle afecto. Y eso que para mi madre yo era el mejor periodista de Palmete hasta que llegó él y de inmediato dejó de leer mis columnas de El Correo, y hasta mis libros de flamenco. “Omá, que yo en lo mío, en criticar a los cantaores cuando desafinan como los de Se llama copla o se atraviesan más que un lepero en la Campana, soy mejor que Juan y Medio de aquí a Manila, que lo sepas”, le decía medio compungido. Pero le daba igual. Con mi santa madre, siempre me he sentido el Salieri de Juan y Medio. Y lo llevo regular, sinceramente. Por eso disfruté como un marrano en un charco viéndola comerse las uvas sin campanadas, a palo seco, como el trianero Juan el Pelao cantaba los martinetes del Tío Rivas. Para colmo de mi regodeo, ponemos la radio –Canal Fiesta, claro–, y a ver si adivinan qué estaba sonando en ese justo instante: “Campanas de Linares”, de Rafael Farina. Y entonces se me ocurrió cantiñear como de fondo una añeja seguiriya de Juan Varea que ya casi había olvidado: “Doblaron las campanas/, señores, de San Juan de Dios”. Y ya estuve toda la noche recuperando vetustas coplas de campanas que duermen el sueño de los justos en el cancionero popular del flamenco.

reloj

Creo que ya lo conté aquí hace un par de años. Mi madre tiene un televisor de esos que andan aún con manubrio, como las gramolas de Thomas Alba Edison. El mando a distancia es del tamaño de un ladrillo de gafas de los de la Puebla de Cazalla, y tiene vida propia y todo. A veces se le van los canales, todos menos Canal Sur. Es un fenómeno paranormal enigmático, digno de un especial de Cuarto milenio, que me recuerda mucho a una radio que tenía mi tía Rosario la Serena la de Arahal en la que solo se podía escuchar a Bobbi Deglané.

Un día intenté girar el dial para buscar otra emisora y fue imposible. Ni con Mister Proper. Como nunca cambiaba de emisora y tenía el aparato en la cocina, la grasa del infiernillo había fijado la ruedecilla que hacía girar el dial y no había manera. Sin embargo, el caso del televisor de mi madre es distinto, algo esotérico, creo que más diabólico, seguramente debido a las maldiciones de mi abuelo materno, quien aborreció el televisor cuando una tarde, preparándose para ver los toros, don Matías Prats no paraba de glosar las características físicas del morlaco que tenía que lidiar Paco Camino: “¡Menudo bicho!”, decía el señor Prats mientras mi abuelo comenzaba su ritual de cada tarde taurina en la tele. Y don Matías no paraba: “Ya tenemos al bicho en el albero preparándose para que el matador camero lo temple”. “Qué bien puestos los tiene este bicho”. Mi abuelo ya no pudo más, arrancó el cable del televisor de un gañafón y se fue de la casa acordándose de todos los antepasados de don Matías. Extrañado, le pregunté a mi madre el motivo de su enfado, y me lo aclaró en seguida: “Es que a Popá Manué le decían El Bichito en Arahal”.

No es nada justo la que le han dado a La Nuestra en las redes sociales y demás medios de comunicación de masas por este incidente, cuando existen otros muchos motivos para hacerlo. Ya no es solo lo que nos cuesta, sino la sobrecarga de espacios ramplones en su insufrible programación. Pero como es un medio de “vertebración social de Andalucía”, según dicen los que justifican el dispendio, esto es, los interesados, venga dinero público, decenas de millones de euros de subvención y pérdidas escandalosas. Esto sí que es para dar campanadas, pero de muertos. Solo por el horroroso especial de Nochebuena tendría que haber dimitido media cúpula directiva. Y lo peor es que seguramente fue lo más visto en Andalucía, con lo que cabría decir eso ya tan manido de que tenemos lo que nos merecemos.

miedo

Siempre tienes la opción de no ver el canal andaluz, que es lo que hago yo cuando estoy en mi propia casa, que no me asomo ni por error porque me encargué hace tiempo de que no apareciera nunca en mi televisor, como en la radio de mi tía la Serena no se oía jamás a alguien que no fuera Bobi Deglané. Ahora, cuando me coge en casa de mi madre es otra historia, porque donde manda patrón no manda marinero. Podría romper relaciones con ella, pero madre no hay más que una y la mía es de campanillas. Por eso estoy dispuesto a correr el riesgo de acabar cantando coplas mano a mano con Eva González y hasta de buscar novia en el programa de Juan y Medio, en el que los yogures caducados ya se pueden consumir desde que lo dijo el exministro Arias Cañete.

Al final se ha llevado el campanazo quien seguramente no tuvo toda la culpa. Todo se quedará en una anécdota –¿alguien se cuerda ya del patinazo de Carmen Sevilla, que nos teletransportó casi a la Edad Media? –, Canal Sur nos seguirá costando un ojo de la cara, seguiremos sufriendo una programación preñada de chabacanería y los andaluces continuaremos diciendo viva la Pepa. Y Susana Díaz encantada de la vida, como antes que ella lo estuvieron Chaves y Griñán. Sí, porque Canal Sur Televisión no es La Nuestra, sino la de ellos: nosotros solo la pagamos. Y algunos, creo que muchos andaluces, además de pagarla también la sufrimos.

 

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2 Comentarios

  • Salvador Escrito el 3 enero, 2015 17:36

    Lo peor de esto Manuel,sabes que es, que los TRABAJADORES son,con pequeños matices,muy buenos,pero como bien dices,”donde hay patrón,no manda marinero”. Hubo un tiempo que C.S. tenía buenos programas,sobre todo películas,emitían muy buen cine e incluso tuvieron un concurso,cifras y letras,que entretenían.Hoy mucha copla,muchos niños y muchos abuelos,abuelas,que tienen y deben estar acompañados,pero no tanta sobrecarga ,de los unos y otros.Lo bueno del petardazo es que España y el mundo se ha enterado,que de un fallo,ha salido la vena creativa de muchos Andaluces.Ahora el campanazo sería,que algunos directivos dijeran,”nos hemos equivocado,no volverá a ocurrir,DIMITIMOS”Un abrazo y Feliz 2015

    • lagazapera Escrito el 4 enero, 2015 11:45

      A Salvador: Estoy contigo, Salvador. Hubo un tiempo e que veía mucho cine, y bueno, en Canal Sur. Y programas estupendos como Los Reporteros, y otros muchos. Pero hoy es insufrible. Y por supuesto que hay grandes profesionales, muchos. El fallo está en otras cosas. Gracias.

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