Al menos teníamos habas crudas

Aunque en mi casa siempre había una olla de puchero hirviendo y aceite para echarle a medio bollo, cuando era un niño me gustaba meterme en los huertos a comerme alguna fruta prohibida que otra. Me daba un enorme placer coger un melón y zampármelo escondido en la chueca de un olivo, como una jineta. Siempre que íbamos a coger algodón tanteaba el terreno y cuando todos estaban metidos en faena escapaba del control del manigero y me iba a buscar lo que había visto. Aquel día encontré una mancha de habas en El Majano y, como me gustaban tanto estas legumbres crudas, decidí darme el atracón del mes. Las matas estaban crecidas, pero si me comía las habas de pie corría el riesgo de que me viera el dueño y acabara en el cuartelillo, que era donde nos leían la cartilla cuando hacíamos algo políticamente incorrecto. Decidí tenderme en un surco y ponerme a comer habas crudas como un desesperado, a dos manos, con idea de estar allí el menor tiempo posible y salir echando leches. Cómo me pondría de habas crudas que me quedé dormido y tuve una horrible pesadilla gastronómica, de la que salí vivo de puro milagro. Soñé que el dueño de la finca me despertó zamarreándome, con gran violencia, diciéndome que me iba a hartar de habas para lo que me quedara de vida. Me llevó a su casa y me metió en una especie de granero donde solo había habas verdes, cientos de kilos de habas crudas. “Empieza a comer”, me dijo. Me obligó a embucharlas a puñados y cada vez que le pedía agua entraba su mujer y me daba una especie de zumo de habas que me bebía sin chistar. No recuerdo haber probado algo tan malo en mi vida. “¿No te gustan las habas, niño del demonio? Pues toma habas”, decía aquella horrorosa mujer. Estuve varias horas comiendo habas crudas.  “Y ahora, el postre”, dijo el ogro. Sentí un gran alivio porque pensé que me darían una tajada de sandía fresquita, que me vendría bien para apagar el fuego que tenía en las tripas. Nada de eso. La mujer del latifundista se presentó con una hermosa tarta de habas y me obligó a comérmela toda de un tirón. Cuando ya estaba a punto de reventar, con las habas saliéndome por las orejas, la boca, los ojos y, sobre todo, el final del recto, sentí una bofetada y, al despertarme, descubrí que era mi madre, que me gritaba: “¡Mal rayo te parta! No te puedes ni imaginar el susto que nos has dado. Venga, que vamos a almorzar”, me dijo muy cabreada. Cuando llegamos al tajo y descubrí lo que había para comer se me aflojaron las tripas: habas guisadas con huevos cuajados. Como no quería decirle que me había dado un atracón de habas crudas, porque sabía lo que me esperaba, le metí mano a la fiambrera y la dejé como un jaspe. Salí corriendo hacia un barranco cercano y eché tantas habas que teñí de verde la rojiza tierra de El Majano. Tan mal lo pasé ese día con las dichosas habas que aún sueño con el terrateniente y su  mujer corriéndome por el campo con una espuerta de habas crudas y gritando a dúo: “¿No te gustan las jabitas? ¡Pues toma jabitas!

Mendigos

Cuando me ofrecieron la posibilidad de desvariar cada sábado en la sección de opinión de este diario nadie me dijo sobre qué tenía que escribir. Eso sí, alguien que no es de la dirección del periódico me aconsejó que no escribiera de política o sobre los políticos, que de eso ya escribían muchos columnistas y millones de ciudadanos, si hablamos de las redes sociales. Me gusta contar historias y me encanta narrar episodios que tienen que ver con mi propia vida, que es tan aburrida o tan divertida como la de cualquier persona de este país. No sé si esto encaja o no en la sección de opinión de un periódico o si sería mejor hacerlo en un suelto dominical. Lo cierto es que llevo ya casi año y medio desvariando, contando historias en las que he opinado sobre política, televisión, temas sociales muy diversos o cultura. Y seguiré haciéndolo hasta que me dejen y los lectores quieran que siga. Creo sinceramente que en España hay exceso de opinión sobre la política y los políticos. Todo el mundo opina no solo en los periódicos, las televisiones y las emisoras de radio. Desde hace unos años lo hacemos además en las redes sociales, que en España son un verdadero fenómeno quizás por nuestro carácter crítico. El pueblo se ha cansado de los politólogos oficiales y ha pasado a la acción. Hace unos días un vecino de Mairena del Alcor con el que me tomaba un mosto me dijo muy serio: “Te dejo, que aún no sé de qué voy a opinar esta noche en Facebook”. Algunos se lo toman ya como una obligación. Lo hacen seguramente como un desahogo, pero habrá quienes opinen en las redes sociales porque son columnistas frustrados. Y la verdad es que he encontrado a grandes genios de la comunicación tanto en Twitter como en Facebook. Una nueva forma de opinar sobre temas de interés social es, precisamente, contando historias, que es lo que quise poner en práctica desde mi primer artículo en esta sección con el que resucité al célebre Bizco Pardá para hablar de la nueva picaresca sevillana que nos había traído la crisis. Precisamente, el artículo más leído de esta serie fue en mayo del pasado año, Tienen miedo a que se repita la historia, donde conté la vida de mi querida madre para analizar la política de recortes sociales del Gobierno actual. El artículo tuvo, solo en La Gazapera, cerca de doce mil visitas en solo unas cuantas horas. Y aún no sé si tantas miles de visitas al blog en un solo día fue por la denuncia de esas artes políticas o por contar la historia de una mujer que luchó tanto en la vida para al final de sus días soportar este indigno atropello. O por las dos cosas. Y a todo esto, alguien se habrá preguntado a qué viene esta historia del niño pobre que se daba atracones de habas crudas en los matos de Palomares del Río para aliviar el hambre. La historia es a veces solo el pretexto para denunciar cosas de esta triste realidad que vivimos en la actualidad. La de un país supuestamente rico que ha vuelto a alcanzar unas cotas de pobreza increíbles, donde hay decenas de miles de niños que ni siquiera tienen la posibilidad de darse atracones de habas crudas. En mis tiempos era bastante más fácil.

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