Y se vuelven a encontrar…

Y se vuelven a encontrar…

Muchas veces se preguntó que por qué no podía llamarla una tarde para invitarla a tomar café donde antaño solían mirarse fijos a los ojos hasta que uno de los dos sonreía y apartaba la mirada. Sabía que los años habían pasado y que las cosas habrían cambiado. Que ella sería ahora una mujer enamorada de otra persona, como le ocurría a él mismo. Que ya nada sería igual que entonces. Después de treinta años sin verse, coincidieron por casualidad en la misma cafetería que ambos dejaron de frecuentar cuando acabaron la relación. El estaba sentado en un rincón del café, solo, pensativo, dándole vueltas a su mechero sobre la tapa de mármol blanco recién fregada, como esperando a alguien. Se cruzaron sus miradas, sus corazones aceleraron el pulso como locos y, empujados por una fuerza misteriosa, se dieron un abrazo que se les hizo eterno. Se miraron fijos a los ojos con cariño y el tiempo pareció detenerse en seco. Ella sonrió y provocó en él otra sonrisa, aunque más que una sonrisa parecía una mueca dolorosa. Hablaron solo unos minutos, lo justo para que ambos se dieran cuenta de que no habían dejado de amarse. El le confesó que aún lloraba cuando soñaba con ella. Ella, que le ocurría lo mismo cuando escuchaba su nombre en alguna parte. Pero tenían que despedirse. “¿Hasta cuándo?”, preguntó él mientras apretaba sus manos con ternura. “Hasta que el azar lo quiera de nuevo”, contestó ella poniéndose la bufanda en su delicado cuello, para perderse a continuación entre la muchedumbre mientras él se sentaba de nuevo en la mesa de mármol blanco recién fregada y volvía a darle vueltas a su mechero, pensativo, melancólico, misteriosamente rejuvenecido y con el pájaro de la felicidad posado en su rostro. Recordó una letra de fandango que, curiosamente, aquella mañana había escuchado en la radio del coche yendo para la citada cafetería, sin saber muy bien a lo que iba: 

Y se vuelven a encontrá.

Amores que se han querío

y se vuelven a encontrá.

O se mudan de coló

o se hacen un desaire,

por dentro sufren los dos.

Estupefacto y triste por tan fugaz reencuentro, se preguntó la razón de su presencia en aquella entrañable cafetería en la que llevaba treinta años sin entrar. Llegó a la conclusión de que aquella mañana era la elegida por el destino para reencontrarse con el gran amor de su vida, cuyo recuerdo le despertó el fandango que escuchó en el coche. A ella le ocurriría lo mismo. Algo la animó aquella mañana a entrar en la cafetería que tanto frecuentó en otra época. Algunos sabios muy sabios han dicho que nada en esta vida es fruto de la casualidad, sino obra del destino. No creo que haya que otorgarle tanto poder a la providencia, pero a veces es de una crueldad sumamente terrible. Dostoievski dijo que en nuestro planeta solo podemos amar sufriendo, y a través del dolor. No sabemos amar de otro modo ni conocemos otra clase de amor. Por eso escribió el poeta salmantino Gabriel y Galán esta hermosa quintilla: 

Me enseñaron a rezar,

enseñáronme a sentir

y me enseñaron a amar.

Y como amar es sufrir,

también aprendí a llorar.

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2 comentarios

  • jose rubio, 15 abril, 2017 16:39

    Manuel no has probado nunca a escribir una novela d lo que son las personas en la vida real?? Si la escribes cuanta con un fan tuyo, me da a mi que tienes que escribir novelas ,bien d verdad, animate Manuel!

    • Manuel Bohórquez 15 abril, 2017 18:07

      Escribí no hace mucho tiempo una novelita, que te daré cuando nos veamos la próxima vez. Me gusta escribir de todo, pero sobre todo contar historias. Un abrazo, amigo Pepe.

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