Pujol y la herencia de mi padre

En España hay tantos ladrones como palmeros. Y no me refiero a los palmeros flamencos, sino a quienes siguen aplaudiendo -o votando, que es lo mismo- a los corruptos de una ideología u otra. Es verdad que según vimos en las pasadas elecciones europeas los ciudadanos han castigado al bipartidismo, pero también lo es que los dos grandes partidos siguen siendo los más votados y se supone que ocurrirá lo mismo en las municipales de mayo y en las generales del próximo año, a pesar de esos cientos de miles de ciudadanos que se están ilusionando con Pablemos. El bipartidismo, por cierto, era algo estupendo hasta hace unos pocos años. Le dio estabilidad política al país y los ciudadanos mejoramos en casi todos los sentidos con respecto a la etapa anterior a la democrática, aunque haya nostálgicos que sigan diciendo que con Franco estábamos más a gustito. En todo caso estarían mejor los que ahora también lo están, esos que se adaptan a todos los regímenes políticos y que sacan tajada tanto de las épocas de vacas gordas como de las flacas. Curiosamente esta crisis económica que no acaba de irse ha dado como resultado decenas de miles de nuevos ricos, algo que contrasta con los centenares de miles de nuevos pobres a los que les dieron toda la facilidad del mundo para comprar un piso que luego han perdido  por no poder pagar, aunque en muchos casos los sigan pagando sin ser ya sus dueños, sino los bancos, con tarjetas opacas o sin ellas. En los tiempos de mis padres, cuando eran jóvenes y se casaron -a mediados de los cincuenta-, era imposible que un jornalero del campo pudiera acceder a un préstamo. Por lo general se casaban y alquilaban una habitación, que fue el caso de mis padres. Daban un dinero y cuando se mudaban a otra casa recuperaban lo dado, que entregaban en la nueva accesoria. Precisamente nací en una habitación de alquiler de la calle Óleo, de Arahal, al lado de lo que hoy es el Bar La Tórtola, enfrente de la conocida Venta de Los Tres Gatos, donde paraban las compañías de cante cuando iban camino de Málaga o Granada a hacer bolos.

Aznar

Mis padres compraron un solar en el Camino de la Mata e hicieron poco a poco una casita, casi para pitufos. Tenía solo un saloncito y una habitación pequeña. Sin cocina, claro, solo el clásico anafe de ladrillos bastos en el salón. El suelo era terrizo y el techo de uralita. Y por detrás de la casa pasaba una cuneta que iba siempre llena de alpechín de un almacén cercano, en la que por cierto me caí una mañana y mi madre me salvó tres segundos antes de morir ahogado. Vio un flequillo encima del alpechín y al tirar de él descubrió que era yo, que seguramente me había metido a salvar alguna rana.

La casita del Camino de la Mata se vendió al morir mi padre, óbito que ocurrió cuando yo aún no había cumplido los 3 años. Cuando moría un pobre se ponía un pañuelo en una mesa y los que iban a dar el pésame y a velar su cadáver dejaban alguna moneda. Entre las monedas recogidas aquel mismo día y la apresurada venta de su destartalada bicicleta pudo ser enterrado dignamente. Naturalmente, en el suelo y en caja de pino sin tratar. Eso sí, con crucifijo. No dejó deudas, solo viuda y tres niños, el mayor con 4 años. Ningún banco pudo quedarse con la casita ni ninguna empresa eléctrica nos pudo cortar la luz que no teníamos. Tampoco vinieron a embargarnos el televisor con el que soñábamos. Ni siquiera el colchón de foñico y las sillas de eneas que había hecho mi abuelo. Los pobres de antes se diferenciaban de los de hoy en que no podían ser atracados por banqueros sin escrúpulos que se pagan los vicios con el jurdó de los ciudadanos.

El dinero de la casa de Arahal sirvió para comprar otro solar en Palomares del Río, donde mi abuelo construyó otra casita con el techo de canales y, ahora sí, el suelo de ladrillos bastos. Tampoco en esta construcción intervino ningún banco, luego jamás estuvo amenazada por parte del capitalismo organizado. Era una casa en la que en invierno te helabas y en verano te asabas, pero era nuestra casa, levantada con el sudor de todos, parte de la humilde herencia de aquel jornalero de Arahal que murió machacado a la edad de 33 años y al que si no llega a dejar una bicicleta hubieran enterrado como a un pobre animal.

Cada mañana, cuando leo la prensa, escucho la radio o me conecto a Internet para saber cómo va el país, este país tan singular, me acuerdo de mi padre, de sus fatigas. Y de mi abuelo Manuel, que  después de ochenta años de duro trabajo en el campo solo dejó de herencia unas tijeras de podar olivos, una navaja ya mohosa, una piedra de amolar y lo justo para que lo enterraran. Y me acuerdo de mi madre, que aún vive, de sus dolores de huesos, de sus viajes a los comedores sociales de Arahal para aliviar el hambre de sus niños, que no la suya. Me acuerdo de ellos, de los míos, y me pregunto hasta cuándo va durar esto, qué más hace falta para que el pueblo diga basta, hasta aquí hemos llegado, se acabó esta sangría contra los más débiles de la sociedad, que están siendo engañados miserablemente hasta por los suyos, por quienes les pidieron su confianza para darles una vida digna y luego les han pagado con el olvido. No solo con el olvido, sino con algo mucho más doloroso: con la traición.

¿Dónde estará el límite? ¿Qué tiene que salir todavía para que la gente tome conciencia de que esto solo puede cambiar si castigan en las urnas a los corruptos y no paran de castigarlos hasta que acaben en la cárcel o fuera de la política? ¿Qué tiene que pasar más si hasta algunos jueces dicen que la Justicia en España está para los robagallinas y no para los poderosos? Que a una pobre familia le quiten el piso por no poder pagar la hipoteca y Blesa o Pujol y sus hijos aún estén en la calle es para que todo reviente de una vez. Sin embargo, el pueblo es fácil de engañar y de ilusionar. Lo estamos viendo con quienes se están haciendo un hueco en la casta criticando a la propia casta. Con quienes para llegar al poder primero iban de radicales de izquierdas y ahora van de pobladores del centro. Y mañana, si hiciera falta inclinar la balanza, de derecha moderada. Lo que sea con tal de alcanzar el poder. Lo hablaré con mi padre a ver qué piensa de toda esta roña.

 

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedIn

2 Comments

  • Charo Posted 26 octubre, 2014 20:56

    Magnífico artículo.

  • JARORO Posted 26 octubre, 2014 21:41

    Cuanta razón tienes paisano. Donde esta el limite? no lo busques, ya no hay limite, vale todo……..sindicalistas participando en chanchullos contra los trabajadores…….el dinero, la codicia ha borrado la honradez.
    Hace años nos enseñaron a “financiarnos”, te prestaban dinero para todo……no es mas que un nuevo sistema de esclavitud.
    Ahora el trabajador tiene piso, coches, viajes, pero cual es el precio, toda una vida trabajano para pagarle a otros, un esclavo de la banca, lo mismo que los siervos lo eran de señor feudal.
    Nuestros padres decian con orgullo que lo que tenian, que era poco, lo habian ganado trabajando hoy en cambio, todo es con prestamos a unos plazos desorbitados, y con suerte sera para tu hijo. Es la banca, la dueña de todo, el nuevo señor feudal.
    Luego esta la otra casta, los del negocio de ls politica, dicen que van a trabajar por el pueblo, mejor que no lo hagan, que se queden en su casa.

Add Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *